jueves, 4 de octubre de 2012

Breve intermedio de un romance que continúa

Esta semana no creí que la vería. Y aún cuando la encontré detrás mío, sola y sentada en una carpeta para dos personas, estuve convencido de que nada saldría bien. Me puse a leer un libro y agrandé el ancho de mi espalda para que no me reconociera. La historia era buena y tenía muchas de esas frases que me gusta subrayar y transcribir en mi cuaderno de notas. Aún así, no podía meterme de lleno en la lectura; su presencia me ametrallaba la nuca. La imaginaba de pronto levantando la mirada y examinándome pero sin reconocerme debido a mi chullo. En ese momento me habló.

Mientras me decía sobrado y esas cosas y me miraba con ojos de verdadera sorpresa, yo luchaba por graduar la voz que estaba a punto de salir de mi boca: tampoco la había visto pero ella estaba genial, sobre todo por esos nuevos lentes que le quedaban muy bien. Saqué el celular para ver la hora y ella me lo quitó con suavidad. Se puso a hacer no sé qué cosa que yo no podía fijarme pero era relajante verla con algo mío entre sus manos. Comenzó a tomarme fotos y yo tenía que batallar ahora contra el rubor que amenazaba con invadir el rostro serio que había configurado. Ella tomaba las fotos y me las iba mostrando señalándome en cuales salía bien y en cuales no.

Llegaron dos amigos, uno mío y otro de ella, que se sentaron junto a nosotros y nos entretuvieron por separado. Ella siguió tomando fotos y luego de unos minutos me devolvió el aparato con unos lindos collages que había hecho. Quise saltar sobre ella y alzarla en peso y agradecerle por todo pero no podía abandonar la pose de chico huraño que tan bien venía funcionando. Además estaban nuestros amigos. Aunque eso no importó mucho porque al rato ambos se marcharon y llegó la profesora y nos quedamos escuchándola. La clase estuvo interesante y duró poco más de una hora. Luego ella me dio un beso en la mejilla y se marchó, y yo no pude seguirla porque los chicos de gesto adusto no hacen ese tipo de cosas.

lunes, 1 de octubre de 2012

Breve epílogo de un romance fugaz


Hoy la he vuelto a ver después de algunos días y todo ha estado bien. Hemos conversado y bromeado sobre lo frágil y delicado de su figura pero sin caer en ningún momento en discusiones. Lo más cercano fue cuando insinué que podría llevar su peso con todo ropa y accesorios como mochila. Afortunadamente, en ese instante apareció un señor que nos entregó un papel con algo de una conferencia que nos concernía a ambos y aquello nos distrajo. Luego ya no hubo más brusquedad en parte porque estuve muy pendiente de mi vocabulario.

Luego buscamos a una amiga suya por toda la universidad pero esta no ha aparecido. La llamó varias veces y la respuesta varió dentro del silencio, la contestadora y las inquietantes timbradas. Es justo decirlo, ya que de haber aparecido su amiga no habría sabido donde meter mi presencia para no parecer un inoportuno. Incluso fuimos a su facultad y seguimos sin obtener pista de su paradero. Yo ya estaba insoportable de puro contento y fue necesario que atribuyera mi alegría a un trabajo cuya entrega se había pospuesto repentinamente. Sonó falso y atroz y, sin embargo, ha bastado para disipar sus sospechas. De todos modos se suponía que no me importaba ya que me estaba tomando la molestia de acompañarla.

No habiendo aparecido la susodicha ella no tenía con quien ir en el carro y, siendo su viaje un poco peligroso, me ofrecí como voluntario sin mediar lo diferente de nuestros destinos. Noté que asentía con cierto desdén pero en ese momento estaba demasiado contento como para tomarle importancia. Pasamos unos minutos en el paradero y yo me encontraba en medio de una frase cuando llegó su carro y ella se subió presurosa y yo me quedé parado aún con mi frase y sin saber si debía de ir tras ella o intuir que nuestra manera de ver las cosas era bastante desigual.

sábado, 11 de agosto de 2012

De aromas y sensaciones



El aroma es el idioma de los sentidos. No hay nada como el olor para definir a las personas, nada como cerrar los ojos y aspirar esas partículas de vida para predecir si el suyo será un encuentro amable, un encuentro rudo o un encuentro sorpresivo, proveniente de un aroma desconocido.

Pero hay que tener cuidado con esto de los olores. Porque nada es más desagradable que estar olisqueando a alguien y por lo mismo, nada es tan perjudicial para nuestras operaciones. Nuestro intentos deben estar camuflados en forma de abrazos, saludos o apretones de mano. Tampoco se puede cometer la imprudencia de expandir y contraer las fosas nasales como un animal resoplando. La sensación llegará, tarde o temprano, sin presiones, sin exigencias, y tú solo deberás aguardar por ella. 

Supongamos que hasta aquí, todo ha marchado bien. Y de repente, como si de magia se tratase, el aroma comienza a colarse por tus fosas nasales, despertando tus sentidos, avivándolo todo. Eso significa que está llegando, eres capaz de sentirlo, la vida hecha olor, el cuerpo hecho aroma, y que ahora esa sensación está siendo cotejada con tus otros sentidos para obtener un resultado.

El secreto reside en que nada puede engañar al olfato. Por algo es el último de nuestros sentidos ancestrales; un vestigio antes usado para detectar la comida distancia y para encontrar con quién aparearse. No importa cómo alguien se vista, la forma en qué actúe, lo bien que diccione, lo fuerte que sea; porque todo se puede modificar, todo se puede fingir, mas no el aroma.

Una profunda inhalación del perfume de aquella persona que amamos bastará para llenarnos de confianza. Por el contrario, un olor que nos parezca desagradable querrá decir que nos encontramos frente a un enemigo, un rival o alguien que nos odia en secreto. Ciertos matices determinan estas pautas.

Pero servirse del olor también tiene sus desventajas. Un aroma desagradable no impregna una sustancia, como no impregna una persona, por siempre. Con el tiempo, esas sensaciones desaparecen para dar paso a la aparición de nuevos olores. Por eso es tan importante el aspecto y la apariencia en los reencuentros. Y más aún, por eso existen los reencuentros.

También existen los aromas especiales, aquellos que fueron decisivos en otro tiempo y que no pudimos borrar de nuestra mente. El olor de nuestra madre, del primer amor, de nuestra casa. Son ellos los que siempre, aún después de mil años, serán agradables, y los que nos hacen voltear cuando alguien que posee un olor parecido al de un ser amado se nos cruza por la calle.

martes, 7 de agosto de 2012

Un loco, tres


«Condenáis al borracho y detestáis al loco con la frialdad del sacerdote que sacrifica, y dais gracias a Dios porque no sois locos ni borrachos. Más de una vez he estado ebrio, más de una vez me han puesto mis pasiones al borde de la locura, y no lo siento porque he aprendido que siempre se ha dado el nombre de insensato a todos los hombres extraordinarios que hicieron algo, algo que parecía imposible».

Johann W. Goethe, Penas del joven Werther




Tercera parte

Lo recuerdo quieto como una pintura clásica, de esas que te siguen con los ojos a donde quiera que vayas. Porque él jamás te miraba directamente, pero una vez que le dabas la espalda sentías que te vigilaba, que con su estupidez se burlaba de ti. No lo puedo asegurar y a veces hasta me entraban dudas. Después de todo, ¿qué sentirá un loco al ver a alguien?, ¿lo reconocería?, ¿sabría en primer lugar lo que es un amigo, o sería como el perro que solo conoce el instinto? Incluso daba la impresión de que confundía los autos con personas. A esos si los miraba y con qué ímpetu. Su ojos no solo los seguían sino que bailaban, correteaban y hasta brincaban por seguirlos.

No me miraba cuando nos encontrábamos en la calle pero sí cuando iba con el auto. Clavaba su ojos en mí y no me los quitaba por nada del mundo. Yo aceleraba y desaceleraba, me cuadraba, daba vueltas, iba en reversa, todo para confundirlo, para que dejara de acosarme con la mirada. Pero aún así me seguía, mostrando una concentración increíble para tratarse de un loco, de la que únicamente podía zafarme si doblaba en la avenida.

La señora Linda lo mantenía limpio y bien alimentado. No dependía más de las donaciones de las demás señoras del barrio. Ella le preparaba la comida y hasta había logrado que engordara. Y el loco ya no se mostraba reticente ni se ponía malcriado. Aceptaba las moneditas que recibía de los peatones y con una tierna sonrisa —obligada desde el carrito de en frente, por un dedo y una señal de amenaza— balbuceaba algo semejante a unas gracias.

Pero a ella no le gustaba que el loco se ganara la vida de esa manera. Siempre lo repetía. Incluso nos pidió que le avisáramos sobre cualquier trabajo que encontráramos, que ella personalmente lo llevaría, explicaría su situación y se aseguraría de que trabajara como una persona normal. Un par de veces lo hizo probarse como ayudante en los puestos del mercado y en ambas no tuvo éxito. La primera vez al menos logró que lo probaran e instruyeran durante una semana, pero el loco ni a golpes que tampoco faltaron aprendía nada. Pero la segunda ni siquiera lo miraron, y tampoco se molestaron en dar explicaciones porque pensaron que se trataba de una broma.

Creíamos que ya se había rendido y solo nos dimos cuenta de lo contrario el día en que vimos al loco en la avenida, con uno de los uniformes de su hijo y con un trapo rojo en la mano, persiguiendo un vehículo. Ella corría detrás de él y cuando alcanzaba se colocaba entre los vehículos y el loco para que no lo mataran. Había un desorden y un sonido de bocinas tan grandes que casi no se notaban los insultos de los choferes. Y en realidad parecía que en cualquier momento estos se iban a bajar para agarrar a golpes al loco. Estaban furiosos, tanto que tuvimos que saltar a la pista para ayudar a doña Linda a calmarlos y de paso agarrar al loco. Todos juntos logramos sujetarlo y llevarlo al carrito de dulces pero aún así el loco no se quedaba quieto e insistía en ir tras los autos. Se le veía empecinado y era fácil adivinar que apenas nos fuéramos volvería a intentarlo. Desde ese momento supimos que el loco al fin había encontrado un pasatiempo a su altura, digno de volverse una ocupación con el tiempo.

En los meses siguiente pude comprobarlo. Y eso que al principio era muy torpe. No puedo asegurar si era así porque se trataba de mí o era lo mismo con todos los autos. Lo cierto es que nada más bastaba que me asomara a la pista con el carro para que el loco se me echara encima y empezara a llenarme las ventanas de un detergente que luego removía con su trapo rojo. No miento cuando digo que era realmente torpe porque casi siempre dejaba alguna ventana llena de espuma y cuando no se trataba de eso era su baba cayendo sobre el parabrisas de manera inexplicable. Incluso habían veces en las que dejaba el carro más sucio de lo que lo había encontrado.

Sin embargo, mejoró, seguro debido una vez más a los esfuerzos de doña linda. Al final aprendió a lavar los carros correctamente. No era un genio pero al menos le alcanzaba para ganarse unos centavos de manera honrada. Además, durante el tiempo en que restregaba y enjuagaba lunas, ventanas y puertas, casi lograba disimular su locura. Era un verdadero milagro: aquel loco sucio, violento, desnutrido, se convertía —al menos por unos segundos— en una persona útil para la sociedad. Y ya solo cuando recibía las moneditas a cambio de sus servicios el brillo de su mirada dejaba entrever un recinto de caos, la entrada a un abismo.


sábado, 21 de julio de 2012

Miríada de opiniones


¿Te parece que he cambiado?
¿Te parezco diferente?
¿Te parece inadecuado
el reunirnos nuevamente?

¿Te parece que estoy flaco?
¿Te parezco más silente?
¿Te parece que este banco (y este parque, esa garita, aquel arbusto, tanta gente)
se ha roído, ya no siente?

¿Te parezco desaseado?
¿Te parezco un indecente?
¿Te parece demasiado
tiempo lejos?, ¿no es prudente?

¿Te parezco del pasado?
¿Te parezco inexistente?
¿Te parece que alejado
no he sufrido suficiente?


martes, 17 de julio de 2012

No existe amor puro ni perfecta oración

No escupas olor
ni veas aroma
no llores sudor
no vueles paloma.

No lamentes saludo
ni celebres adiós
no mires futuro
no rujas león.

No duermas belleza
ni levantes terror
no recojas cereza
no siembres amor.

No sé si soy uno
ni sabes ser dos
no vive Neptuno
no existe Plutón.

No existe amor puro
ni perfecta oración.

sábado, 7 de julio de 2012

De los descubrimientos que últimamente he tenido la suerte de presenciar




Siempre he escrito, desde que tengo memoria he escrito. Pero no fue sino hace dos años en que decidí tomarlo en serio. En ese entonces pensaba que escribir se trataba de musas, de conseguir la inspiración que sacara lo mejor de ti para verterlo sobre el papel. De conseguirla de cualquier modo, si era necesario. Pensaba, además, que todos los libros se escribían así. Al terminar el primer año de mi nuevo pasatiempos hice una revisión de todo lo que había escrito. Habían cosas muy buenas, cosas realmente buenas, pero en general, bastante escasas.

Era increíble la diferencia entre algunos textos que —sin ser espectaculares— sonaban sinceros, entrañabales, con otros que solo sobresalían por lo pedante e inapropiado de sus líneas. Ya lo sospechaba pero aún así fue una sorpresa descubrir que los mejores textos eran los que había escrito sumergido en una pena muy honda o en una alegría indescriptible. En ambos casos, las causas de mi excitación habían sido amorosas. Por un lado, aquello me reconfortó, al comprobar esa vieja sospecha de que mi alma estaba predispuesta al romanticismo. Pero por otro, fue deprimente reconocer que en ese momento me era imposible escribir bajo un estímulo distinto del amoroso, como el cómico, filosófico o intelectual.

En ese entonces ya me asaltaba la idea de dedicarme a alguna profesión relacionada con las letras, que me exigiera escribir cuentos, crónicas, reportajes y novelas. Lamentablemente, en el estado en que me encontraba —un ser cuyo desempeño literario estaba ligado a los vuelcos amorosos de su vida— eso era imposible. Fue así que, creyendo que por mi bien y yendo en contra de mis instintos, decidí cambiar de estrategia.

Me implanté un régimen en el que debía de leer de tres a cuatro libros al mes y dedicar una hora diaria como mínimo a escribir. No importaba si me sentía predispuesto o no, inspirado o desganado, la consigna era escribir. A veces era insoportable el tener que enfrentarse a la hoja en blanco, ansioso por poner algo bueno, molesto por las ideas que no llegaban. En esas ocasiones un sentimiento de frustración se apoderaba de mí, uno del que estoy seguro me hubiera derrotado de no ser por la influencia de un escritor que tuve la suerte de conocer por medio de sus libros.

Se trataba de Mario Vargas Llosa, al cual admiraba con cierto recelo. Sucedió que un día me topé con un testimonio suyo en el cual confesaba que a él le había ocurrido algo parecido. En sus inicios, solía sentirse invadido por el desgano, la flaqueza: por el miedo al fracaso. En esos momentos, decía, apelaba a su voluntad. Él sabía que no era un escritor talentoso, que no había nacido con ese maldito don de escribir que sí poseían otros autores; pero estaba convencido de que a base de esfuerzo, de sudor, de sacrificio, podía ser capaz de suplir sus carencias. Su refrán era la voluntad puede darle órdenes a la poesía. Inmeditamente me identiqué con él. Tenía razón, habían dos tipos de escritores: aquellos que nacen con el talento, que tienen en sus venas la literatura y la poesía, y aquellos que en base a su perseverancia, a su voluntad, logran hacerse escritores. Si era así, entonces yo pertenecía al segundo grupo.

Nuevamente pasó un año y era hora de revisar lo avanzado. Tengo que decir que estaba muy emocionado por ver mi progreso, y que eso, en parte, alimentó la profunda desazón que sentí luego de contemplar mi fracaso. La gran mayoría de mis textos eran impecables, tenían un ortografía perfecta y un orden estricto, pero a su vez, eran ajenos, fríos, no me podía reconocer en ellos. Parecían haber sido escritos por un robot, por un narrador de noticias, antes que por mí. El ángel que inundaba las páginas de mis primeros textos a pesar de ser estos desordenados e inconclusos, se había perdido. En el afán de querer escribir con propiedad, corrigiendo cada coma, cada punto, cada tilde, había perdido mi esencia, mi calidez y mi alma.

Fueron los peores momentos, he de admitirlo. La desesperación se transformó en furia, en deseos mandar todo al tacho y retomar el viejo romance con los fríos números. Fue en ese instante de terror, en el que llegué a estar a punto de abandonar la carrera de humanidades a la que me había cambiado por ser consecuente con mis aspiraciones, que tuve otro descubrimiento. El de los compañeros que, sin darme cuenta, habían comenzado a poblar mi biblioteca, contándome sus secretos, revelándome sus historias. Cada uno era diferente del otro en sus características, en su forma; pero a su vez, todos ellos eran especiales, únicos y ninguno le restaba protagonismo a sus vecinos. Estoy seguro que ellos me lo dijeron, que fueron ellos los que me hicieron digno del más importante secreto de los grandes narradores: que cada escritor debe encontrar su estilo. Eran importantes la ortografía, las técnicas, las correcciones, pero más importante aún era no perder la esencia en ese discurrir de recursos. Es eso lo que le da vida, fuerza y pasión a los personajes, ellos se alimentan de su creador, de sus vivencias, de sus éxitos y fracasos, y sin ellos, no son más que simples monigotes usados para contar una historia.

Había pues que encontrar un estilo, había pues que jamás descuidar la forma compuesta por otros elementos como la ortografía, el orden y los recursos. Ese era el camino correcto y había pues, que seguirlo. Es una tarea que vengo realizando y de la que me siento feliz de participar, esperando algún día encontrar la ruta que me lleve a ser ese escritor que deseo ser. Y que me tendrá a mí como modelo.