domingo, 18 de noviembre de 2012

Saludos, cholo


Suelo llamar cholo a algunas personas. Cholas también, si fuera el caso. No le encuentro nada de malo. Es solo la forma más sencilla de referirse a ellos. Si hay un cholo en un grupo de cinco personas, todas parecidas, no hay manera de ser más específico que decir: «¿Ves ese cholo de allá?».

Es una elección personal, basada completamente en la economía. Es fastidioso tener que enumerar una serie de características para referirte a alguien, cuando hablar de la raza es más eficiente. A menudo eso basta. Si uno es blanco, negro, cholo o chino, ¿por qué no decirlo? O del otro bando, ¿por qué avergonzarse de ello?

Me pasa que se molestan conmigo al oírme estos sobrenombres. Cuando eso sucede, trato de explicar mi punto de vista mientras pienso cómo solucionarlo (porque no soy una persona conflictiva). Pero no puedo hallar otro modo de referirme, por ejemplo, a un cholo. Persona de rasgos étnicos es francamente chistoso. Hombre andino no se aplica porque ignoro si vive en la sierra o es un limeño. Trigueño no es exacto. De todas formas, sospecho que todas estas definiciones enfurecerían más a mi acompañante. Finalmente, y en vista de que tampoco entiende mis argumentos, prefiero saltar a otro tema. Es curioso que de haber llamado gringo a una persona, nadie se hubiera alterado.

Entiendo que no hay un culpable. Tantos años de racismo han vuelto a la gente paranoica y propensa a creer que los insultan. Como resultado, no se puede llamar cholo a nadie, a pesar de que lo sea. En mi opinión, es una gran tontería. Con tal de no hacerlo de manera despectiva, no le veo ningún problema. Recuerdo que las pocas ocasiones en que mi abuelo se encontraba de buen ánimo, llamaba chola a mi abuela. Me encantaba el brillo que emanaba de los ojos de ella al oír esta palabra.

sábado, 10 de noviembre de 2012

La casa de Julio


Estaba bien vestido. Nadie podía estar mejor vestido que yo. Cada prenda que llevaba era de color negro, obviamente en diferentes matices, y todo combinaba muy bien. En adelante, recordaría esta combinación. Puse la canción más motivadora que pude encontrar en mi computadora y me esforcé en ser motivado. No lo conseguí pero supuse que esto también estaba bien por lo que apagué la computadora, revisé el contenido de mis bolsillos y salí de la casa.

La casa de Julio quedaba en San Isidro. Yo solo conocía este distrito por ser la popular sede del canal cuatro. Julio me había asegurado que tomando en sentido contrario el carro que me llevaba el colegio, llegaría a su casa en una hora y media. Debía bajarme en un famoso cruce de avenidas y llamarlo para que me recogiera. Lo esperé en el lugar acordado, frente a una pollería que por su magnitud sobresalía en las avenidas. Nunca había visto un sitio tan limpio. Busqué una envoltura, un pedazo de comida y por último, un perro callejero, y no encontré nada. Eso, sumado al rostro blanco de Julio que ya había llegado y al impecable aspecto que mostraba, me intimidó y de pronto me vi ridículo todo de negro en un distrito tan diáfano.

Julio había dejado el colegio hace dos años y no nos habíamos visto durante todo ese tiempo. Estaba más alto y llevaba el pelo largo y ensortijado. En su nuevo colegio se lo permitían. Todavía conservaba muchos gestos de aquel pequeño, macizo y paticorto amigo que yo recordaba. Él ya me había hablado de su cambio. Decía que en su nuevo colegio había aprendido cosas.

El edificio en donde vivía Julio era inmenso. Tenía sistema de seguridad, ascensor, recepción y cochera. Estaba al frente de un circuito de parques. Era la tercera vez durante el recorrido en que le decía que no podía creer que alguien que dejó el colegio por no tener dinero estuviera viviendo en un lugar así. Y una vez más me contestó que la casa le pertenecía a un tío, que su papá taxeaba y que, por su trabajo, casi nunca veía a su mamá.

Llegué antes de la hora pactada y su enamorada aún se encontraba allí, pero eso no era problema. Ya la conocería, era bonita y mayor que él. Su hermano, que ahora tenía enamorada, también estaba en la casa junto con ella. No me sentí incómodo al escuchar nada de esto.

Su casa era igual de limpia que San Isidro. Había pocos muebles en la sala. Eso la hacía verse espaciosa. Recostada sobre uno de los sillones, se encontraba la enamorada de Julio. Era diferente a como Julio me la había descrito y aún así, era hermosa. Llevaba pantalón blanco y blusa, y destilaba una elegancia inusual. La saludé y me senté a su lado mientras Julio anunciaba que se iba un momento a su cuarto. Ella me preguntó algo mostrando una pronunciación sutil y perfecta y toda la impaciencia e incomodidad que antes no había sentido de repente se me vino encima. Respondí una barbaridad y esperé a que Julio volviera.

Al rato regresó y me llevó por un pasadizo hacia su cuarto. Su casa era diferente a cualquier otra. Los cuartos se interconectaban mediante corredores, pasillos y más cuartos. Habían muchas curvas y muebles en casi todas las esquinas. Las puertas que Julio me anunciaba daban a habitaciones tan inusuales en una casa normal como la lavandería, el cuarto de ropa y el de espera. En ese momento, pensé que era posible perderse en ese departamento. Más tarde recalé en lo tonto de ese pensamiento.

...

martes, 6 de noviembre de 2012

Una vida solitaria


La vida para todos siguió. Yo me quedé atrás. Al final eso era, un charco que se apartó del río, un viento que entre cuatro paredes se quedó encerrado. No me interesa el futuro porque estoy cómodo en el pasado. A veces extraño a los que se fueron, a los que continuaron. Me duele el vacío que dejaron. Quisiera tenerlos a todos reunidos a lo largo de una gran mesa. Que el vino discurra y la comida sea buena. A veces ellos se apiadan de mí y vienen a verme. Soy el fantasma que los visita cuando duermen. No tardan mucho en bostezar de mí y de mis costumbres anticuadas, y de nuevo se marchan. Y ya no me extrañan. Me gustaría plasmar estos sentimientos en un libro. Sería algo único y original. Pero el papel también avanza y la tinta se me escapa. No hay triunfo en esta soledad. No hay enseñanza, ni moraleja, ni nada. Y sin embargo, a estas tierras pertenezco. Es duro reconocer que en el país de todos, uno es un extranjero. Soy la estrella que alguna vez les sirvió de guía y a la que nunca más verán.

viernes, 2 de noviembre de 2012

La muerte del Viejo


El que muere este año se libera el próximo.
Le debemos una muerte a Dios”



Aquella era una mentira más. Solo servía para volver estúpidos a los hombres. Dios da la vida pero no puede arrebatarla. No tiene esa capacidad. Nosotros decidimos cómo vivimos y cómo vamos a morir. La muerte es esencial, es un ingrediente de nuestra composición. En ella, el hombre encuentra su realización. No hay que escapar a la muerte, sino observarla, estudiarla y finalmente, desafiarla. Dejar todo antes de la muerte para que no se lleve lo mejor.

El Viejo murió pocos días antes de cumplir 62 años. Su cuerpo ya lo había traicionado. Parecía un gigante encorvado. La muerte no pudo llevarse mucho de él. Al contrario, fue el Viejo quien le arrebató mucha vida a la muerte. En historias, en viajes, en amigos, en amores. Fue para arrebatarle esas experiencias que el Viejo desafió una y otra vez a la muerte. Y ella se terminó ensañando con él. Para derrotarlo, utilizó el método más terrible de todos, uno que versa según la siguiente máxima: “al que los Dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”.

Terminó muy mal el Viejo. Loco, enfermo, iracundo, incapaz de escribir dos palabras seguidas. Eso quiso lo muerte. Cocinarlo antes de devorarlo. En compensación por los trozos de vida que él le fue arrebatando, lo privó de sus facultades. Pero fracasó, porque al Viejo aun le quedaba un arma para luchar, aun disponía de su alma. Estaba dispuesto a inmolarse y a usar el fuego de su alma como una espada, aunque ello significara quebrar el valor más sagrado para él: el coraje. Y con eso, aceptar que fue un cobarde.

Incluso el hombre más valiente de su generación fue un cobarde. Sus hazañas mundialmente conocidas no eran pruebas de su valor, sino esfuerzos de un cobarde que quería dejar de serlo.

En literatura existen pistas, pequeños indicios que nos permiten apreciar la condición humana del escritor. Son imperfecciones en la construcción de los escritos, y ya que toda construcción es imperfecta, hasta el más cuidadoso escritor deja constancia de ellas. Los personajes de Hemingway son hombres que se enfrentan a un destino desfavorable en condiciones adversas, las cuales aprovechan para mostrar su valor. Inevitablemente pierden y muchos de ellos, lo pierden todo pero han encontrado una victoria en la derrota, un triunfo en su coraje, una manera de superar a la muerte. Incluso estos impresionantes hombres muestran deficiencias, cualidades que los humanizan y los vuelven más cercanos a nosotros. De este modo, tenemos a un seductor, aventurero y bebedor que, a su vez, ha sido emasculado de su miembro viril; a un guerrillero idealista que durante una misión encuentra al amor de su vida y ya no desea pelear más, y a un joven profundamente enamorado que odia a su hijo por las complicaciones que su nacimiento significó para su mujer.

Creo con firmeza que el Viejo trató de acabar con ese miedo que lo azolaba como lo hicieron los personajes de sus ficciones. No hay nada espectacular allí. Pero Hemingway llevó su convicción hasta volverla obsesión. No pudo ver sus límites o no quiso prestarles atención. Muchas veces los sobrepasó y obtuvo consecuencias. De paso, aprovechó aquellas situaciones para nutrir sus relatos de experiencias originales. Se adueñó de ellas, las usó para crear un estilo único mientras esperaba que un día le llegara la cuenta.

Ella lo intervino el 2 de Julio de 1961. Hemingway se encontraba luchando contra sí mismo para no parecer un enfermo y que el doctor lo dejara volver a casa. Su mujer, consciente del conflicto, trataba de delatar el estado de su marido. Su fama lo precedió y Hemingway pudo volver a su residencia de invierno en Ketchum, Idaho. Invirtió sus últimas fuerzas en mostrarse saludable, devolver la confianza a su mujer y así poder acercarse al cuarto de armas. Cogió su escopeta de doble cañón, la cargó cuidadosamente y se apuntó la sien. Antes de enfrentarse a la muerte, había que rendir cuentas con la figura paterna, aquel que le había enseñado a ser un cazador y un valiente. En sus manos tenía la misma arma con la que su padre se había suicidado. Cuando murió, Hemingway estalló en ira por considerar patético ese tipo de muerte. Lo maldijo y lo llamó cobarde. Ahora él se encontraba en la misma situación. Para vencer a la muerte, debía apretar el gatillo y aceptar que era un cobarde. Y sin embargo, con todo y eso iba a hacerle frente y a salir victorioso. Sí, él era un cobarde, al igual que su padre, al igual que la humanidad y al igual que cada persona que había pisado este mundo. Y estaba bien. No había ningún problema en serlo. Entonces fue que apretó el gatillo y el Viejo eligió su tipo de muerte.

martes, 30 de octubre de 2012

Las aventuras de Paquita

A Du


Paquita coge su vaca
y arrea el gran bayo,
al buey enano lo rasca
y hasta le quita los callos.

Paquita se pone de pie,
deja a la bebe en el coche.
Paquita sirve café
en su mesita de noche.

Paquita vuelve a la granja
y posa su mano indecisa
en los patos, pollos, gallinas
y al fin se rasca la panza.

Paquita se queda dormida
con la muñeca Susana.
Paquita sueña, rendida,
entre fresas y manzanas.

Tu, yo y el inexplicable


De manera que era eso
una fuerte tormenta
un viaje en el tiempo
un botón descubierto
un globo que vuela.

Aún así, tú eres más,
un dulce de harina
una amable vecina
una isla en el mar
una princesa saturnina.

Frente a eso, yo soy
un animal encerrado
un frío nevado
una nota sin son
un bebé resfriado.

De manera que eso era
el amor que te tengo,
un rey duradero
un verde cometa
un lago sereno.

jueves, 18 de octubre de 2012

Brevísima introducción a una vida mejor para todos


No volví a verla después de eso. Una vez apareció en la puerta del salón, entró de súbito y ascendió por las escaleras con la cabeza gacha. No parecía la misma. La llamé usando el sobrenombre con el que solía dirigirme a ella, tardó dos segundos en levantar la mirada; luego vino hacia mí y me dio un beso triste sin mirarme en ningún momento. Me quedé quieto mientras ella volvía a las escaleras y se sentaba en su mismo lugar de siempre, pegada a la pared y sola en una carpeta para dos.

Nunca la sentí contenta. Hasta cuando se probó por primera vez esos lentes que fuimos a buscar hasta los confines del mundo y por los que tanto había esperado, siempre encontré una presencia sobre sus hombros que le impedía ser feliz. La admiraba por eso, porque aún en ese estado era capaz de desplegar simpatía y garbo para con todos y en cada uno de sus actos. Fue así como la conocí. Mi mutismo y mis palabras cortantes no la ahuyentaron, ella se acercó a mí como la enfermera al herido, y me atendió cual esposa que ve a su esposo llegar cansado del trabajo. Corregía mis excesos al hablar y fingía que aquello era muy importante para ella. Si repetía la falta me castigaba negándome el habla hasta que no saliera de mi boca un propósito de enmienda.

Pero su pena era inmensa, se me escapaba de las manos. A veces la derrotaba y ella se iba de la clase a limpiar sus lágrimas en algún pozo del alma.

Al día siguiente regresaba radiante, con una ropa impecable que le ceñía perfectamente el cuerpo. Fue lo que mis amigos que llegaron a conocerla siempre le criticaron: su esbeltez. A mí también me sorprendía que una chica así llamara mi atención. Y sin embargo, en ella la delicadeza era elegancia, una caricia de la naturaleza. Se asemejaba a un plumero. Pero no a esos trapos mugrosos con los que se limpian los muebles a los que no se les toma mucha importancia. Hablo de plumeros reales, con los se supone que reinas y princesas limpian sus objetos más preciados. Aquellos plumeros hechos de las plumas más finas, arrancadas de las aves con delicadeza y nunca en un asesinato. Eso era ella, un plumero suave y hermoso, con el encargo de remover el polvo y la basura que nunca deja de producir este mundo.