lunes, 29 de septiembre de 2014

Debate municipal

—Tony, usted no sé qué hace con su tiempo.

Es verdad, y yo tampoco lo sé. Salí tarde del salón de clases, maltratando el mobiliario, azotando las sillas y torciendo las puertas, y porque ya escuchaba los reproches:

—Pero Tony, ¿qué cosa hace usted con su tiempo?

Pero al llegar el debate aun no había comenzado. Los candidatos ya se habían apoderado de sus asientos, así que pensé : ¿por qué yo no puedo hacer lo mismo?, y busqué el mío. No creía que hubieran tantos candidatos. A los extremos de la mesa estaban los de Acción Popular y Somos Perú. No parecían los mismos que en su propaganda. Un periodista no puede estar desinformado ni decir que no conoce a un candidato. Pero son tantos, que yo me digo que lo mejor será que vote por quien exponga las mejores propuestas y se muestre más sincero esta noche.

Ya sospechaba que no tiene sentido que hayan tantos candidatos. Apenas han tocado uno que otro punto, cuando un timbre sin educación, un timbre que no conoce las buenas costumbres, interrumpe la lectura del plan de gobierno, las arengas o la apelación a los sentimientos de la población. Y como a los candidatos les quitan el micrófono, no les queda más que farfullar de indignación, que sonrojarse o terminar su discurso dignamente, aunque ya nadie los esté escuchando. Lógicamente, es imposible enviar un mensaje a los ciudadanos en tres minutos. Los candidatos tendrían que ser sobresalientes, cultos, tendrían que estar preparados. Nuestros candidatos, claro está, no son ni lo uno ni lo otro. Y ya que parece imposible escuchar aquí soluciones para los sempiternos problemas de Lima —que acaso sean irremediables— yo me digo que acaso sea lo mejor votar por quien me inspire más confianza.

Yo creo; no, yo estoy convencido de que todos votamos por quien nos parece más fiable. Las promesas son hojas de hierba y los planes y proyectos casi nunca llegan a concretarse. Al menos, no como se concibieron inicialmente. Yo querría votar por el más preparado, por el más honesto, por el que haya demostrado mayor capacidad de gestión; pero siguiendo ese camino inevitablemente después me asaltará la duda y pensaría en el qué hubiese sido, porque todos los argumentos palidecen ante al don de inspirar fe, de mover a las personas únicamente con la confianza.

Volviendo a este triste salón, donde por tantas cámaras y equipos casi no se puede ver nada, el moderador ha declarado tiempo muerto. Y los asesores —¡que eran casi la mitad de la audiencia!— han subido a la palestra a guardar a sus candidatos. Los asesores piden agresividad y los candidatos aseguran que esta vez sí serán agresivos, piden claridad y los candidatos afirman que esta vez serán más claros, piden, por último, audacia, y los candidatos coinciden en que ha llegado el momento de ser audaces.

El moderador reinicia el debate. Ha de estar de un pésimo humor, ha de haber tenido un día horrible, porque ha declarado que ya no serán tres sino dos los minutos para los candidatos. El auditorio se subleva y un espectador, un hombre serio y corriente, eleva su voz y afirma que un modelo en una pasarela dispone de más tiempo. Y mientras los modelos salen una vez más yo caigo en la cuenta de que fue un error venir aquí. Y me arrellano en la silla para echar un sueñecito.

Más tarde, durante la cena familiar, hemos visto las noticias, y nos alegró la comida comprobar que nuestro candidato, según todos los especialistas, ha triunfado en el debate. Yo tengo mis dudas sobre lo qué significa triunfar en un debate. Yo pienso que nadie triunfa jamás en las discusiones, en los altercados, y sobre todo, en los debates. Pero claro está que esto no lo digo.

—Primo, ¿quién piensas tú que ganará las elecciones?

Yo no sé qué responder, así que yo le digo a mi prima que creo ganará el hombre que han pronosticado los especialistas.

—Primo, ¿por quién piensas votar?

Yo de ordinario no contestaría esta pregunta. Yo pienso que esta pregunta esconde siempre otras intenciones, y que la gente lo que menos quiere saber es por quién voy a votar. Pero como mi prima aun es una niña, y siempre debemos responder las dudas de los niños, yo le contesto:

—Votaré por el que me parece el más preparado, pero no por esta razón, sino porque confío en él.

Y mi prima se ve obligada a escuchar, por varios minutos, los argumentos que voy exponiendo y que imagino que ella ya ha escuchado otras veces.

—¡Pero primo! —responde mi prima—¿Acaso no has leído su plan de gobierno?

Yo le respondo que este periodista no ha tenido tiempo.

—¡Ay, primo! Yo no sé qué haces con tu tiempo.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Mi buena suerte

No siempre se tiene suerte y hay periodos en los que la suerte está, literalmente, al otro lado de la ciudad. Y uno es como aquellas casas derruidas y abandonadas en medio de la calle, ante las que solo queda preguntarse: ¿Qué ciego rayo de la fortuna vino a caer sobre los habitantes de esta casa?, y alejarse en seguida.

Por eso es preferible, cuando se tiene buena suerte, perder un poco a propósito; pero más preferible todavía es depositar un poco en una persona para que nos socorra en momentos difíciles. Es lo que hizo Ricardo con su suerte. Y ahora tiene una buena mujer al lado, que cuida de él y que lo secunda en todo, y que cree firmemente en dos cosas: que Ricardo puede lograr cualquier cosa que se proponga, y que su destino es pasar su vida al lado de él. 

Yo ignoro si la suerte ande rondando la vida de Ricardo. Por lo que el viernes pasado fui a comprobar la situación. Ricardo estaba con esa buena mujer en su cuarto y evitaba emborracharse. Cada mañana yo tenía una resaca de pesadilla y me arrastraba hasta la cocina apenas oía que Mamapi salía con el carro. Pero el domingo, tras dejar mi plato en el microondas, me venció el sueño y volví al cuarto de Karlo. En eso escuché el carro de Mamapi, que seguro se había olvidado algo y di por perdido mi plato. Mamapi detesta que entren en su cocina, y más vale no molestarla. Pero tal como estaban las cosas, yo necesitaba comer, así que me arrastré a la cocina y casi se detuvo mi corazón cuando encontré a Mamapi sentada tranquilamente en el comedor, preparándose una taza de té. Regresé inmediatamente, muy avergonzado, hasta que escuché una dulce voz que decía:

—Tony, soy yo.

Y supe entonces que Ricardo había guardado una buena parte de su buena suerte para los malos tiempos, que siempre llegan, suerte que además estaba aprendiendo rápidamente las aptitudes que toda mujer necesita.

A mí me pasaba lo opuesto. Había malgastado toda la buena que se me presentó y no sabía cómo vivir sin ella. Me quedaba esperándola tardes enteras, en mi casa, en la biblioteca o con mis abuelos, cuando la suerte andaba al otro lado de la ciudad al servicio de otro. Y yo sentía temor de salir a buscarla, pensando que mi suerte podría venir durante mi ausencia y no encontrarme.

Comenzaba a calentar en Lima y ya estaba más despejado, el cielo se abría y ya habían parado las lluvias. Pero yo me sentía débil y blando como un animal doméstico y volví a enfermarme. Hacía un mes apenas que, en Pacopampa, mientras todos dormían o se lamentaban de los periplos del viaje, yo me sentía sano y fuerte, y me pasaba la noche despierto, anotando las cosas que nos habían ocurrido durante el día y cómo las había visto.

Una de esas claras mañanas, después del desayuno, Ricardo me preguntó si iría a visitar al chamán.

— ¡Que se joda el chamán! Vayan y cuando regresen, me cuentan cómo les fue. 

Y a las dos horas regresaron y me contaron las visiones del supuesto chamán, que decía, entre otras cosas, que Ricardo muy bien podría viajar o escribir o tomar cualquier iniciativa, porque tenía buena estrella y mejor suerte. Yo le respondí:

— Yo ahora mismo estoy escribiendo bien y tengo kilómetros de buena suerte. Coge un poco y se lo muestras al chamán más tarde, y me cuentas cómo te fue.

Porque, por un asunto de dinero, la sesión había quedado inconclusa. Así que cuando volvieron a visitar al chamán, esa misma noche, yo me quedé con mis libros y mis apuntes y mi salud que era toda la suerte que creía que podía necesitar un hombre, tanto en Pacopampa como en cualquier parte.

Al volver, Karlo me mostró una piedra llamada Lumbre, que tenía propiedades curativas y que le había entregado el chamán para que realizara un ritual de tres días. Yo le contesté:

— En este momento iré a comprar seis cervezas para que veas lo que un hombre necesita para arreglar cualquier asunto. Luego tú pondrás seis cervezas más, Ricardo seis más, nuevamente yo seis más, y al final de la noche tu único problema será devolver esos envases.

Lo cierto es que ya en el viaje de regreso pude comprobar que mi suerte se terminaba, al romperse el bastón que me había obsequiado T.S. y que me había acompañado en casi todo el viaje. Y aquí me tienes nuevamente, sin suerte y sin nadie que haya guardado un poco de suerte para mí, sin nadie que pueda socorrerme ahora que la fortaleza y el entusiasmo me han abandonado. Yo trato de encontrarle gracia al asunto, pero lo único capaz de reconfortarme sería encontrar al sujeto que se ha llevado mi buena suerte. Lo último que supe de ella fue que esperaba algún día volver a querer y cuidar de alguien como lo había hecho conmigo.


sábado, 30 de agosto de 2014

Scott Fitzgerald

Suponte que estás un poco atormentado porque es viernes, y todo el mundo sabe que las mayores tragedias comienzan los viernes. Suponte, además, que has encontrado un lugar cálido para leer y puedes oírte pensar. Suponte, sobre todo esto: estás atormentado y puedes oírte pensar. Ahora imagina que despliegas tu periódico sobre la mesa de roble y encuentras este titular: "Scott Fitzgerald le dirige una carta terrible a su hija". No olvides que puedes oír tus pensamientos y que te has venido sintiendo atormentado desde la mañana. Y estás a punto de leer una carta del hombre más atormentado que haya pisado esta buena tierra, del golden boy a quien arruinaron la vida la locura y la incomprensión y el egoísmo de su mujer, de un hombre que estuvo perdido desde el día en que comenzó a escribir con éxito. Hemingway confesó que estuvo dispuesto a ayudar en todo lo que estaba a su alcance a Fitzgerald y a ser uno más sus amigos, por más que los tuviera todos, porque si era capaz de escribir un libro como El gran Gatsby, solo Dios sabría lo que llevaba en el alma ese chico atormentado.

Veo una foto en la que Zelda aparece muy bella al lado de su hija, en una ropa de baño que le cubre el torso mas no los brazos y piernas. Ya no parece un gavilán que no comparte nada, sino una muchacha que ha pasado momentos rudos, pero que ha conversado su corazón en buen estado; con una mirada maliciosa y una sonrisa de quien ha pecado, pero ha conservado su corazón intacto.

Scott era el hombre del mañana que iba a realizar una obra que todos necesitábamos. Era el golden boy, el elegido. Hemingway y Faulkner por momentos parecen fermentados en el alcohol y en el sufrimiento; pero Scott Fitzgerald se mantuvo siempre lúcido en su amor. A mí me duele el corazón a ratos y siento una persecución dentro de mí, y mis actos son contradictorios. Por eso admiro tanto la ausencia de malicia en toda la obra de Fitzgerald. Hasta cuando quiere ser vengativo y huraño, parece un animal salvaje que es un criminal solamente ante nuestros ojos, y pasando tiempo a solas con él nos sentimos menos malos.

Pero Scott no fue el hombre de su época ni lo será después. El hombre de su generación fue Hemnigway y el hombre del mañana, qué duda cabe, será William Faulkner. Scottie murió como mueren los hombres incapaces de adaptarse a un mundo habitado por seres que no pertenecen a la misma raza, a los que sin embargo aman, aun cuando no se amen ellos mismos.

Me recuerda a Leonidas Yerovi, que debió ser el mejor poeta de su generación, y cuyo recuerdo quedó tan aplastado después de su asesinato que hoy su imagen no evoca ni a Mariátegui, que se arrepentía de no haber sido su amigo, ni a Valdelomar, a quien todos los trabajadores de La Prensa miraban con desprecio por haber ocupado, tras su muerte, su oficina en el diario. A Yerovi le dice Valdelomar:

«Oye hermano Leonidas, yo te quiero contar lo que ha pasado. Yo vivo allá, en el Barranco, junto al mar. Yo estaba soñando, a la aurora, cuando entró mi madre sollozante, y me dijo: "¡Corre, corre! ¡Un hombre malo ha matado a tu amigo! ¡Corre!"».

«Yo venía jadeando, pero no podía llorar. Subí a La Prensa. En el gran salón, sobre la mesa de caoba, había una camilla y en ella estaba un cuerpo cubierto por un lienzo blanco. Yo preguntaba por ti. ¿Dónde está? ¿Dónde está mi hermano? ¿Quién se ha llevado a mi hermano? ¿Le han hecho daño? Pero no podía llorar. Y todos lloraban, lloraban».

Es el fondo de tristeza donde se escribe la historia de todos los muchachos dorados. Me imagino esos momentos supremos de alegría en la vida de Scott Fitzgerald, caminando de la mano de su hija por el prado, o sabiendo muy dentro de sí que había hecho feliz a Zelda por una noche, aunque ella se esforzara en negarlo. Me imagino su alegría como un rayo de luz cuando ilumina en la mañana, más pleno y más fuerte sin la luz artificial.

Hay otras fotos, pero en todas ellas sendas sombras oscurecen los ojos de Scott, de Zelda, de su niña. No es como un artificio de la cámara; es como esas fotografías de linajes antiguos, donde se reconoce la Tragedia. Esta es una generación sin Tragedia. Porque donde hay tragedia diariamente, en todas partes, y la gente la soporta sin quejarse, deja de haber tragedia, y deja de haber posibilidades para el individuo. Acaso hoy en día la familia Fitzgerald habría sido salvada, y la mariposa hubiera tenido una vida larga, pero, seguramente, imposibilitada para el vuelo. Suponte mi desazón y di junto conmigo una breve oración por la sana muerte de estos hombres, libres al fin de todo tormento por el amor de Dios.



domingo, 3 de agosto de 2014

Dejemos dormir a Reina

La plaza es un discreto cuadrado cubierto de tierra con un monolito al centro. Hemos visto fotos de esta misma plaza, hace algunos años, cuando reverdecía y la copaban cientos de personas durante las fiestas patronales. Hace unos meses la tierra fue volteada para instalar el desagüe; dicen los pobladores que en unos meses, con las lluvias, la plaza volverá a florecer. Unas cuantas plantas se han refugiado en las puertas de las casas, antiguas y señoriales, con balcones y alfeizares crujientes y apolillados. Frente a la carretera, al otro lado del valle, se alzan las montañas de la cordillera, pardas, con la cosecha casi a punto. Las nubes son anchas y consistentes y se desplazan lentamente hacia el sur. Hasta ahora, solo hemos podido apreciar las estrellas un poco antes del amanecer. Los estudiantes de arqueología dicen que algunas de estas constelaciones únicamente son visibles desde el ecuador, y que existe una antigua leyenda, según la cual el Incario comenzó a desmoronarse cuando la panaca real de Huáscar se desplazó al norte del imperio y determinó, mediante cálculos astrales, que el Cuzco no era el centro del universo.

Viajamos por la ruta más usual, toda la costa hasta Chiclayo y luego por la sierra hacia Cajamarca. Debido a la oscuridad, apenas vemos la carretera y algunos pueblos estragados y una ciudad que suelta un profundo olor a pescado. Le damos a una cantimplora llena de pisco, que Mamapi nos llenó generosamente antes de partir. Ricardo está junto a la ventana, al lado de Karlo, que estira la mano a través del pasillo para cederme la cantimplora. La chica que está a mi izquierda nos mira y sonríe, como queriendo conversar o acaso un trago. Lo que traemos nos alcanza para llenar tres veces la cantimplora. 

Pronto Ricardo se adormita sobre la ventana, envuelto en su casaca. Toma un par de tragos más y se duerme profundamente. Apenas se siente el movimiento del bus. Karlo está más animado y nos entretenemos imaginando situaciones tortuosas, situaciones felices, situaciones imprevistas. No tarda en acabarse el pisco y Karlo extrae la botella de su mochila y llena cuidadosamente la cantimplora.

La chica que viaja conmigo se llama Reina. Vive sola en Lima y se lamenta de no haber viajado antes, pero no le querían dar el permiso en la Marina. Me pide cortésmente que deje de beber y yo le digo que eso es imposible. Le ofrezco un trago y lo rechaza y yo me lamento por ello. Reina se dirige a Jaén llevando un montón de cosas para sus hermanos, a quienes no ve desde hace mucho. Confía en que al menos uno se vaya a vivir con ella a su cuarto en la avenida Colonial, donde el frío es cada año más terrible y uno nunca se acostumbra. De rato en rato recibe un mensaje, y yo aprovecho para darle a la cantimplora, que Karlo me alcanza generosamente.

Reina dice que estoy borracho y se echa a dormir. Pero yo la despierto y le pido que por favor continúe hablando, que me hace mucho bien oírla. Me habla de su supuesto encuentro con Dios y de su renacimiento. Sabía que estaba resultado demasiado bien, y yo no quiero renacer, sino aprovechar lo que tengo y mi carácter. Vuelven a llamarla; Reina dice un par de palabras y cuelga. Decido dejarla dormir y me concentro en la cantimplora, que es menester volver a llenar. Karlo se pone a escuchar música y al rato también se duerme. Ya no hay nada que hacer, así que le doy a la cantimplora hasta terminarla e intento dormir, sin molestar a nadie. Antes de perder el conocimiento llego a la conclusión de que, tal como sospechaba, ese pisco tenía un sabor excelente. 

martes, 22 de julio de 2014

Las vacaciones acordes

Últimamente los periódicos están exagerando. No es verdad que hayan pasado tantas cosas malas y hasta me atrevo a decir que todo sigue como antes. Salvo una cosa, y es que Adrián está de vacaciones. Para los que no conozcan a Adrián es urgente que sepan que Adrián ha trabajado, a sus veintidós años, lo que ha trabajado un peruano de treinta: ¡una barbaridad! Ha trabajado tanto de noche como de día; ha trabajado en doble turno; también ha trabajado y estudiado, y cuando no tuvo trabajo, no pudo librarse de la idea de que tenía que conseguir un trabajo. Pero ahora todo eso pertenece al pasado y Adrián por fin está de vacaciones.

Adrián me busca muy temprano para salir a correr. Vivimos a una cuadras. Tenemos que correr, esta vida sedentaria nos hace daño. Adrián viene a las seis y como es imposible esperarlo despierto, toca el timbre, y yo tengo que tranquilizar a todos en casa. Es Adrián, iré a correr con él y luego al trabajo. Mi madre confía mucho en Adrián. Confía más en Adrián que en mí. Esto es algo extraordinario, porque mi madre detesta a todos mis amigos. Esos borrachos. Seguro te vas de nuevo con esos borrachos. Así que cuando no estoy en casa, mi madre asume que estoy con mis amigos, los borrachos. No presume mal, pero es incómodo que siempre sepa donde estoy y con quien ando...

Creo que mi madre piensa así de Adrián porque él ha trabajado. A veces parece que el trabajo ennoblece a las personas lo mismo que la muerte. He visto desgraciados que pasaron a ser santos después de morir. Y he visto malnacidos que se volvieron medianamente buenos cuando empezaron a trabajar.

Corremos por un parque que queda a unas cuadras de la avenida Las Palmeras. Este parque de noche es peligrosísimo. De día no lo es tanto, mucha gente viene a correr, a sacar a sus perros, y los niños lo atraviesan para ir a la escuela. Yo corro unos minutos y vomito. Una cosa es vomitar estando borracho y otra es vomitar estando sobrio. Lo que debe ser símbolo y coronación de la autodestrucción y de la hombría, se convierte en una penosa señal del decaimiento físico y espiritual. Al regreso, pasamos por una juguería —yo casi no corro nada, y a veces pienso que solo me levanto temprano para permanecer tranquilo toda la mañana, así como por el jugo—, y volvemos a casa caminando.

Adrián está leyendo un libro. Un libro grueso y extraño. Tiene mil quinientas páginas y cuenta la historia de un payaso que aterroriza a varias generaciones de un pueblo. Yo me pregunto, entre admirado y consternado, cómo Adrián puede leer y disfrutar la lectura de ese modo. Amigos tengo que retrocederían frente a semejante bodrio. Y mientras yo escribo noticias, tomo fotografías y leo los libros del instituto donde trabajo, Adrián se pasa las mañanas leyendo ese extraño libro, que sin duda le dará, más tarde o más temprano, algún poder sobrenatural.

Por la noche, Adrián me escribe un mensaje: Tony, estoy donde Sandro, baja. O yo le escribo este otro: Estoy donde Jorge, baja. Y a eso de las ocho aparecemos donde Sandro o donde Jorge (aunque toda esta semana hemos terminado, de manera sorprendente, en la casa de Diego). Nosotros no lo decimos, pero llegamos con hambre. Este es un mal hábito que arrastramos desde el colegio, donde siempre, por alguna razón, estábamos con hambre. La paga en el instituto, y en general la de todos, es mala, así que solemos cocinar, aunque últimamente Adrián está comprando la comida.

Sin embargo, Adrián tiene una manía: a fin de ahorrar, conserva todo su dinero en la tarjeta. Por lo que cada vez que vamos a comer, a beber o al cine, Adrián nos arrastra a todos al cajero (que no es verdad que los haya en todos lados). Yo no entiendo la verdad cómo funcionan este mecanismo y si acaso Adrián logra ahorrar alguna vez, porque de todos modos vamos al cajero varias veces en un día.

Adrián y Sandro me están enseñando a bailar. En ese momento tienes que llevarla, esperar y hacer este paso. Sandro baila mejor, pero Adrián disfruta más la música. Justo ahí le metes. Si tuviera esa capacidad, me gustaría bailar la mitad de bien de lo que bailan estos dos. De verdad disfruto viéndolos bailar, por puro placer, como si realmente tuvieran una chica entre sus brazos. Ahí la haces girar, la mueves así y luego le metes el quiebre. Se necesita valor para hacer ese quiebre.

Adrián quedó en salir el viernes con una chica. Estuvo el lunes, el martes y el miércoles farfullando sobre lo mucho que deseaba salir con esta chica. El jueves nadie supo de él. Pero Adrián, que está de vacaciones, no ha salido con ninguna chica. Y el sábado nos dio cuenta de lo que ahora pensaba de esa chica. 

Ese mismo día fue la fiesta de Sandro y bebimos hasta quedar inconscientes. Nos despertamos el domingo al mediodía y vimos los partidos metidos en la cama de Sandro, medio enfermos, vomitando y bebiendo las cervezas que sobraron.

Ni el domingo ni el lunes vimos a Adrián. Pero hemos quedado en salir a correr el martes. En la noche bajaremos donde Diego. Sandro ha dicho, medio en broma, que deberíamos alquilar una casa para vivir todos juntos.

lunes, 14 de julio de 2014

Comunicación y Sociedad

Yo he hecho unos amigos en esta clase. Se llaman Antoñito y Esperanza. No pienses mal, ni que hago amigos en cada clase ni que en todas las clases se puede hacer amigos. Yo he tenido la suerte de conocer a unos compañeros y de hacerlos mis amigos fuera de clase, en los pasillos. Los pasillos sirven para conocer gente y para ir de un salón a otro. Esas pequeñas puertas sin visillos, que el conserje siempre se olvida de abrir, son los salones. En un salón del segundo piso, donde una vez me quedé leyendo hasta muy tarde, hasta que comencé a sentir pasos y a oír voces, conocí a Esperanza y a Antoñito.

Antoñito nunca va a los exámenes. Jamás lo he visto preocuparse por nada. Pero no vayas a pensar que es indolente este Antoñito. Cuando le dan una mala noticia, Antoñito se pone pálido, tartamudea y parece que va a desmayarse, hasta que se dice a sí mismo en voz alta: "Seguro el profesor me dejará volver a dar el examen", y nos tranquiliza a todos con una sonrisa. Es un hombre bastante sonriente este Antoñito.

La verdad es que el profesor deja muy poca tarea. No es muy exigente el profesor. El primer día de clases organizó las exposiciones para todo el ciclo, y eso es básicamente lo que hacemos: asistimos a las exposiciones. A la derecha se sientan los alumnos que oyen las exposiciones; a la izquierda se sientan los que aprovechan el tiempo en leer y avanzar con otros trabajos, al centro nos sentamos los que por momentos estamos atentos, por momentos avanzamos las tareas, y luego de media hora nos quedamos largamente dormidos.

Esperanza arriba al salón siempre cinco minutos antes de que el profesor tome la asistencia y se retire. Cuando hay examen llega media hora antes. Antoñito y yo sufrimos mucho si Esperanza se tarda, porque es ella quien nos presta las hojas, que arranca de su cuaderno. Es más divertida que nosotros y sabe hacer muchas cosas: canta, danza, pinta, escribe, toma fotografías y dicta un cursito de canto a unos niños. Una vez fuimos a oírla en la Casa Mariátegui. Antoñito y yo hemos jurado que ese día sentimos vibrar a las paredes...

No te pongas celosa, tú sabes que yo sería incapaz de hacer más que amigos. Me gusta, sí, una chica. No me preguntas cómo es esta chica. Yo no podría más que decir dos cosas sobre ella. Ignoro cómo se llama, pero se sienta a la derecha, es decir, con los que oyen las exposiciones. A veces se sienta junto a un chico. Tiene valor, porque anda haciendo preguntas, pero también es evidente que anda un poco perdida. Hay que estar un poco perdido para seguir las exposiciones. En esto Esperanza es muy perspicaz. Pero un hombre enamorado todo lo perdona, y mis amigos —los nuevos y los antiguos— me han hecho entender que es preciso que yo me halle enamorado si quiero escribir. Antoñito me aconsejó el otro día: "Recuerda que el Caballero de los Leones dijo alguna vez: yo estoy enamorado, porque es preciso que los caballeros andantes lo estén".


No me odies todavía. Yo aun no me atrevo a decirle nada a este chica. Hace tiempo, cuando expuse, ella me preguntó algo intrincado, que me puso muy nervioso, y luego aclaró que le había gustado mucho mi exposición. Últimamente he notado que Antoñito y Esperanza se sientan cada vez más cerca de ella, y yo tengo que seguirlos. Ellos piensan que no me doy cuenta.


El jueves tuvimos un examen: apenas dos preguntas, más una pregunta comodín, a pedido de todos. Antoñito no asistió arguyendo que todavía tendría tiempo para volver a dar el examen. Esperanza llegó faltando muy poco. Yo salí casi al final porque tuve que copiar las preguntas en la carpeta hasta que llegó Esperanza con las hojas. Cuando terminé casi no había nadie. Pero estaba la chica que quería. Entregó su examen unos minutos antes que yo y salió del salón. 


Pero al rato volvió y nos encontramos en la puerta. Nos miramos por un rato. No te pongas triste. Solo nos miramos. Y ella entró al salón raudamente porque se había olvidado de firmar su asistencia. Y aunque nos percatamos de que íbamos el uno contra el otro, yo no pude detenerme, y ella tampoco. Sonrió y yo intenté mostrarme serio. Antoñito y Esperanza me están animando a que la invite a salir. Ellos han notado que ella podría llegar a quererme.


domingo, 6 de julio de 2014

Buscando una oficina

Advierten los periódicos que este año el invierno se ha retrasado hasta julio, y que los vientos y las lluvias arreciarán recién en agosto. Yo busco trabajo. Salgo temprano, para que no me gane la pereza; compro, uno, dos, tres periódicos, y me centro en aquellos recuadros que salen debajo de las grandes noticias, donde las empresas pagan sus anuncios. Yo viajo de carro en carro, por diversas avenidas, a extraños distritos, tocando puertas y leyendo las noticias de mis tres diarios.

¿Tres diarios? Yo creo que tres diarios, en nuestra ciudad, es una obligación. Yo compro, en primer lugar, el Trome, para solazarme un rato, para saber cómo está el fútbol y, más tarde en casa, recortar toda clase de tickets, vales y cupones de descuento (que tanta falta me hacen). Compro también Perú21, como un sistema de alertas: si un día me sorprendo de acuerdo con un artículo de Perú21, me pongo lívido, y pienso que algo debo estar haciendo mal o que hay algo que no he visto. Compro, por último, La República, para ver qué de nuevas se trae Carlín y aprender un poco de ajedrez.

Todo esto leo yo mientras estoy en los carros. No hago mucho caso de las noticias porque en nuestra ciudad es inhumano estar al tanto de las noticias, con tanta inmoralidad y con tanto crimen; además, porque recientemente extraños eventos me ha llevado a la conclusión de que en nuestro país todo se repite, solo que a escalas cada vez mayores.

Veamos un ejemplo. ¿Qué sucedió en nuestro país hace dos años? Así, de manera somera. ¿No es cierto que alguien robó, que se descubrió que alguien estuvo robando, que se cometieron muchas injusticias y que murió gente buena? Aquí los nombres son lo de menos. ¿Y qué hechos ocurrieron hace poco, el año pasado? ¿No es cierto que nuevamente algunos robaron, se descubrió que muchos venían robando, se cometieron incontables injusticias y murió casi toda la gente buena? Mientras recorro las avenidas de esta curiosa ciudad, con mis tres diarios a cuestas, yo pienso que lo más seguro es que vuelva a pasar lo mismo este año.

Mi hoja de vida, o como le decimos aquí: currículum vítae (la única locución latina que manejamos), es una cosa muy curiosa. Está mi nombre, mi dirección, mi número, mi experiencia ultraterrena y mis expectativas salariales. Yo tengo un problema con mis expectativas salariales. Aquí los empresarios esperan que los estudiantes coloquen trescientos setenta y cinco soles en sus expectativas salariales, que viene a ser la mitad del salario mínimo (cuando no lo redondean, como es justicia para ellos, a trescientos cincuenta). Mi problema con las expectativas salariales, que es de paso mi problema con los empresarios, es que en Lima nadie puede sobrevivir con trescientos setenta y cinco soles. ¿No se gastan doscientos soles mensualmente solo en el almuerzo? ¿Acaso el pasaje baja de cien soles cada treinta días? ¿No tiene además uno que estudiar, que cenar, que sacar copias y separatas, que pagarse algún curso o al menos tener cincuenta soles en el bolsillo para gastarlos en lo que le venga en gana?

Este es mi problema con las expectativas salariales. Porque en ese caso sin duda es mucho más digno quedarse todo el día en casa, abrigado, seguro, sin gastar mucho dinero ni tener que mostrar proactividad y buen ánimo a las gentes. Claro que con sus empleados, secretarias y asistentes; porque nadie conoce donde operan los verdaderos empresarios. Por este pequeño desarreglo discutimos los representantes de los empresarios y yo continuamente.

Pero no todo son malas noticias. En mis recorridos he comprobado que cada día hay más celulares en la ciudad, y cada día entran nuevas marcas con increíbles innovaciones al mercado. También he notado que la instalación del servicio de gas avanza a paso firme, que los eventos musicales y deportivos están a la orden del día, que proliferan los restaurantes y las marcas de ropa. Y en camisas por fin estamos avanzando.

Yo no puedo evitar fijarme en esto cuando ando por las calles, con mi hoja de vida, mis periódicos, con mis sueños y mis expectativas salariales. ¿Dijimos sueños? ¿Todavía hay sitio en nuestra ciudad para los sueños? Oh, queridos amigos, queridos lectores, siempre habrá lugar para los sueños.