sábado, 25 de octubre de 2014

Con el canto de los pájaros

Al caer la noche mi familia comenzaba a llegar a la casa. Todos se sentían muy cansados, pero mis hermanos aun estaban llenos de energía. Tenían planes para después de la cena, juegos en los que todos participábamos y que nosotros escuchábamos llenos de alborozo; así de cansados estábamos.

Pero se habían acostumbrado a dormir después de la cena. Mi madre les llevaba la leche a su habitación y al rato se quedaban dormidos y todos respirábamos aliviados. Volvíamos al comedor o a la sala, encendíamos el televisor, recogíamos los platos y después cada uno se iba a su habitación porque no había nada más por hacer. 

La casa se hacía muy grande para nosotros. Yo entraba a mi cuarto y pensaba en lo que podría hacer a partir de ahora. Intentaba leer, pero incluso mi cuarto se hacía grande y pronto solo quería dormir.

Me costaba mucho dormir. No quería encender la televisión y me parecía en vano volver a leer. Así transcurrían muchas horas y se iba apagando el murmullo de la calle. Tenía miedo de que los pájaros comenzaran a cantar. Cuando lo hacían, ya era muy tarde para dormir y su canto también me diría que no tendría nada que hacer durante toda la mañana.

Entonces recordaba que tenía el roto el corazón.

Alcanzaba a oír el bramido de los carros corriendo por la Panamericana. Cerraba la ventana, pero el rumor persistía y yo buscaba el lado fresco de la cama pero ya no podía olvidarme del rumor, como no podía evitar que cantaran los pájaros y, de la misma manera, mi corazón tampoco podría evitarlo.

—Tienes roto el corazón, y te seguirá a donde vayas. Porque no tienes otro y no estás dispuesto a cambiarlo. Lo mejor será que te ocupes de tus cosas; así podrás olvidar que tienes roto el corazón, aunque realmente no seas capaz de olvidarlo.

Estaba en casa y era Navidad. Me sentía dichoso porque se acercaba la medianoche. En casa vivían muchas tías y sorprendí a una de ellas cenando solo un pedazo de pan con mantequilla. Se lo quité y lo boté a la basura, y cuando me inquirió le dije: "Es Navidad, ¿cómo vamos a estar comiendo pan con mantequilla?". Era un muchacho muy injusto. Al cabo de un rato salí y comencé a reventar silbadores contra las casas de los vecinos. Se acercaba la hora y el olor de la pólvora era cada vez más penetrante. Se adhería a mi camisa y a mi pantalón y se confundía con el ambiente de la casa. Recuerdo el sabor del chocolate y la alegría de ver la mesa servida, con todas las sillas apretujadas para que nadie se quedara fuera y luego de las doce aun podía volver a salir. Ya todos los chicos estarían afuera enseñando sus juguetes nuevos, que volveríamos a sacar mañana temprano y durante todo el verano, aunque al final los olvidaríamos como todo lo que nos regalaban cada año, a veces haciendo verdaderos esfuerzos.

Había olvidado el calor de la cama y el rumor de los autos. Había olvidado incluso el canto de los pájaros. Sabía que pronto me dormiría y no recordaría que tenía roto el corazón.


sábado, 18 de octubre de 2014

Deseos del corazón

Hoy voy a describirte mi casa. La casa donde vivo es grande. Tiene tres pisos y un balcón muy bonito sobre la terraza. Antes, yo tenía una habitación aquí en el tercer piso, una especie de cuarto de estudio, donde estaban la computadora, un escritorio que me envió mi tía y mis libros. Yo subía todas las noches para intentar escribir; escribía cosa que en ese momento me hacían sentir muy dichoso y que estaba camino a ser un escritor; pero cuando volvía a leerlas descubría que eran malas, que no expresaban lo que yo había querido decir. Y entonces volvía a escribir de nuevo, pero esta vez con más cuidado.

Cuando venían mis amigos encontraban este cuarto lleno de papeles garrapateados y exclamaban: "¡Pero qué tanto escribes!", y yo me sentía un poco orgulloso de haber escrito tanto. Luego comencé a escribir en cuadernos. Eran unos cuadernos azules de la marca Ray Perú. Me agradaban por su seriedad y discreción, como deben ser los cuadernos de un escritor. Recuerdo que compré varios de una vez, de diferentes tamaños, y me dije:

—Muy bien, estos cuadernos pequeños tienen que ser para escribir. No es bueno que yo escriba en cuadernos muy grandes porque podría desanimarme. Lo mejor será que los cuadernos grandes los use como cuadernos de citas.

Y en esos cuadernos escribía las partes más asombrosas de los libros que leía. Una vez transcribí una cita de tres páginas que trataba sobre la astucia de los animales y que los ordenaba de esta forma: caballo, perro, gato, rata y burro, siendo este el más astuto, ya que no tenía ninguna obligación reproductiva con su especie, y por consiguiente, hacía lo que venía en gana (el libro era The Reivers, de William Faulkner).

Los cuadernos pequeños los acababa en algunos meses. Me propuse terminarlos cada vez más rápido, porque un escritor debe tener multitud de cuadernos con cosas muy interesantes para mostrar a los curiosos. El primero me duró cuatro meses; el segundo, tres meses y medio, tres meses el tercero. ¿Y el cuarto? —tú te preguntarás—, pero no hubo un cuarto.

Cuando fui a la librería ya no los vendían. Pregunté a la dependiente y me dijo que habían dejado de trabajar con la empresa y no sabía dónde podía encontrarlos. Estuve buscándolos un tiempo, pero no los encontré y asumí que ya no los vendían en ninguna parte. Esto me puso muy triste, porque uno se acostumbra a sus instrumentos de trabajo, como se acostumbra a una manera de vestirse y no se siente igual en otros atuendos.

Entonces me dije:

—Bueno, no has encontrado tus cuadernos. Pero aun no has escrito lo suficiente para ser un escritor; es más: aun estás aprendiendo. Lo que debes hacer ahora es comprar cualquier cuadernos y ponerte a escribir. Entonces estarás un poco más cerca de ser un escritor y quizás hasta consigas olvidarte de lo mucho que te gustaría serlo.

Y eso fue lo que hice. Me puse a escribir en cualquier cuaderno o papel que tuviera a la mano. Y no creo que llegue el día en que los curiosos se interesen por unos papeles desperdigados.

Veo que pensaba hablarte de mi casa y he terminado por contarte sobre mis materiales de trabajo. Más tarde te contaré cómo es mi casa. Lo que tenga que ser será a su debido tiempo y seguro hay una razón, aunque ni tú ni yo la sepamos, para que tú supieras estas cosas en este momento.

Un fuerte abrazo y un cariñoso beso.

martes, 7 de octubre de 2014

Tu amigo

Amiga dame tu mano
vayamos por el jardín
y entre rosales y faunos
cuéntame ese desliz
y no me sueltes la mano
si viene tu amor por ti.

Entiende que yo te amo.
!Ejem! Yo lo que quise decir
entiende que soy tu hermano
y si estuvimos enamorados
el fuimos es para ti
porque yo sigo enamorado.

En la sombra de un árbol
reparemos este desastre.
Yo te perdono lo pasado
y tú perdóname el adorarte
si te ofendí, te contaré algo...
¡Yo me moría por abrazarte!

Y en el camino de los álamos
¡me daba pena mirarte!
Yo oía a los tristes pájaros
aletear de un árbol a otro
yo que sentía tu ardiente mano
¡no me atrevía a mirar tus ojos!

Pero dejemos mi sufrimiento
y cuéntame de aquel villano
buscado en el firmamento
¡Traidores y soberanos!
Confía en mí tu lamento
¡y no me sueltes la mano!

Considérame tu defensor,
así te condenen los hechos
tu viento guía, tu protector
y duérmete sobre mi pecho.
¡Es mi última petición!

tu buen amigo, tu hermano.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Debate municipal

—Tony, usted no sé qué hace con su tiempo.

Es verdad, y yo tampoco lo sé. Salí tarde del salón de clases, maltratando el mobiliario, azotando las sillas y torciendo las puertas, y porque ya escuchaba los reproches:

—Pero Tony, ¿qué cosa hace usted con su tiempo?

Pero al llegar el debate aun no había comenzado. Los candidatos ya se habían apoderado de sus asientos, así que pensé : ¿por qué yo no puedo hacer lo mismo?, y busqué el mío. No creía que hubieran tantos candidatos. A los extremos de la mesa estaban los de Acción Popular y Somos Perú. No parecían los mismos que en su propaganda. Un periodista no puede estar desinformado ni decir que no conoce a un candidato. Pero son tantos, que yo me digo que lo mejor será que vote por quien exponga las mejores propuestas y se muestre más sincero esta noche.

Ya sospechaba que no tiene sentido que hayan tantos candidatos. Apenas han tocado uno que otro punto, cuando un timbre sin educación, un timbre que no conoce las buenas costumbres, interrumpe la lectura del plan de gobierno, las arengas o la apelación a los sentimientos de la población. Y como a los candidatos les quitan el micrófono, no les queda más que farfullar de indignación, que sonrojarse o terminar su discurso dignamente, aunque ya nadie los esté escuchando. Lógicamente, es imposible enviar un mensaje a los ciudadanos en tres minutos. Los candidatos tendrían que ser sobresalientes, cultos, tendrían que estar preparados. Nuestros candidatos, claro está, no son ni lo uno ni lo otro. Y ya que parece imposible escuchar aquí soluciones para los sempiternos problemas de Lima —que acaso sean irremediables— yo me digo que acaso sea lo mejor votar por quien me inspire más confianza.

Yo creo; no, yo estoy convencido de que todos votamos por quien nos parece más fiable. Las promesas son hojas de hierba y los planes y proyectos casi nunca llegan a concretarse. Al menos, no como se concibieron inicialmente. Yo querría votar por el más preparado, por el más honesto, por el que haya demostrado mayor capacidad de gestión; pero siguiendo ese camino inevitablemente después me asaltará la duda y pensaría en el qué hubiese sido, porque todos los argumentos palidecen ante al don de inspirar fe, de mover a las personas únicamente con la confianza.

Volviendo a este triste salón, donde por tantas cámaras y equipos casi no se puede ver nada, el moderador ha declarado tiempo muerto. Y los asesores —¡que eran casi la mitad de la audiencia!— han subido a la palestra a guardar a sus candidatos. Los asesores piden agresividad y los candidatos aseguran que esta vez sí serán agresivos, piden claridad y los candidatos afirman que esta vez serán más claros, piden, por último, audacia, y los candidatos coinciden en que ha llegado el momento de ser audaces.

El moderador reinicia el debate. Ha de estar de un pésimo humor, ha de haber tenido un día horrible, porque ha declarado que ya no serán tres sino dos los minutos para los candidatos. El auditorio se subleva y un espectador, un hombre serio y corriente, eleva su voz y afirma que un modelo en una pasarela dispone de más tiempo. Y mientras los modelos salen una vez más yo caigo en la cuenta de que fue un error venir aquí. Y me arrellano en la silla para echar un sueñecito.

Más tarde, durante la cena familiar, hemos visto las noticias, y nos alegró la comida comprobar que nuestro candidato, según todos los especialistas, ha triunfado en el debate. Yo tengo mis dudas sobre lo qué significa triunfar en un debate. Yo pienso que nadie triunfa jamás en las discusiones, en los altercados, y sobre todo, en los debates. Pero claro está que esto no lo digo.

—Primo, ¿quién piensas tú que ganará las elecciones?

Yo no sé qué responder, así que yo le digo a mi prima que creo ganará el hombre que han pronosticado los especialistas.

—Primo, ¿por quién piensas votar?

Yo de ordinario no contestaría esta pregunta. Yo pienso que esta pregunta esconde siempre otras intenciones, y que la gente lo que menos quiere saber es por quién voy a votar. Pero como mi prima aun es una niña, y siempre debemos responder las dudas de los niños, yo le contesto:

—Votaré por el que me parece el más preparado, pero no por esta razón, sino porque confío en él.

Y mi prima se ve obligada a escuchar, por varios minutos, los argumentos que voy exponiendo y que imagino que ella ya ha escuchado otras veces.

—¡Pero primo! —responde mi prima—¿Acaso no has leído su plan de gobierno?

Yo le respondo que este periodista no ha tenido tiempo.

—¡Ay, primo! Yo no sé qué haces con tu tiempo.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Mi buena suerte

No siempre se tiene suerte y hay periodos en los que la suerte está, literalmente, al otro lado de la ciudad. Y uno es como aquellas casas derruidas y abandonadas en medio de la calle, ante las que solo queda preguntarse: ¿Qué ciego rayo de la fortuna vino a caer sobre los habitantes de esta casa?, y alejarse en seguida.

Por eso es preferible, cuando se tiene buena suerte, perder un poco a propósito; pero más preferible todavía es depositar un poco en una persona para que nos socorra en momentos difíciles. Es lo que hizo Ricardo con su suerte. Y ahora tiene una buena mujer al lado, que cuida de él y que lo secunda en todo, y que cree firmemente en dos cosas: que Ricardo puede lograr cualquier cosa que se proponga, y que su destino es pasar su vida al lado de él. 

Yo ignoro si la suerte ande rondando la vida de Ricardo. Por lo que el viernes pasado fui a comprobar la situación. Ricardo estaba con esa buena mujer en su cuarto y evitaba emborracharse. Cada mañana yo tenía una resaca de pesadilla y me arrastraba hasta la cocina apenas oía que Mamapi salía con el carro. Pero el domingo, tras dejar mi plato en el microondas, me venció el sueño y volví al cuarto de Karlo. En eso escuché el carro de Mamapi, que seguro se había olvidado algo y di por perdido mi plato. Mamapi detesta que entren en su cocina, y más vale no molestarla. Pero tal como estaban las cosas, yo necesitaba comer, así que me arrastré a la cocina y casi se detuvo mi corazón cuando encontré a Mamapi sentada tranquilamente en el comedor, preparándose una taza de té. Regresé inmediatamente, muy avergonzado, hasta que escuché una dulce voz que decía:

—Tony, soy yo.

Y supe entonces que Ricardo había guardado una buena parte de su buena suerte para los malos tiempos, que siempre llegan, suerte que además estaba aprendiendo rápidamente las aptitudes que toda mujer necesita.

A mí me pasaba lo opuesto. Había malgastado toda la buena que se me presentó y no sabía cómo vivir sin ella. Me quedaba esperándola tardes enteras, en mi casa, en la biblioteca o con mis abuelos, cuando la suerte andaba al otro lado de la ciudad al servicio de otro. Y yo sentía temor de salir a buscarla, pensando que mi suerte podría venir durante mi ausencia y no encontrarme.

Comenzaba a calentar en Lima y ya estaba más despejado, el cielo se abría y ya habían parado las lluvias. Pero yo me sentía débil y blando como un animal doméstico y volví a enfermarme. Hacía un mes apenas que, en Pacopampa, mientras todos dormían o se lamentaban de los periplos del viaje, yo me sentía sano y fuerte, y me pasaba la noche despierto, anotando las cosas que nos habían ocurrido durante el día y cómo las había visto.

Una de esas claras mañanas, después del desayuno, Ricardo me preguntó si iría a visitar al chamán.

— ¡Que se joda el chamán! Vayan y cuando regresen, me cuentan cómo les fue. 

Y a las dos horas regresaron y me contaron las visiones del supuesto chamán, que decía, entre otras cosas, que Ricardo muy bien podría viajar o escribir o tomar cualquier iniciativa, porque tenía buena estrella y mejor suerte. Yo le respondí:

— Yo ahora mismo estoy escribiendo bien y tengo kilómetros de buena suerte. Coge un poco y se lo muestras al chamán más tarde, y me cuentas cómo te fue.

Porque, por un asunto de dinero, la sesión había quedado inconclusa. Así que cuando volvieron a visitar al chamán, esa misma noche, yo me quedé con mis libros y mis apuntes y mi salud que era toda la suerte que creía que podía necesitar un hombre, tanto en Pacopampa como en cualquier parte.

Al volver, Karlo me mostró una piedra llamada Lumbre, que tenía propiedades curativas y que le había entregado el chamán para que realizara un ritual de tres días. Yo le contesté:

— En este momento iré a comprar seis cervezas para que veas lo que un hombre necesita para arreglar cualquier asunto. Luego tú pondrás seis cervezas más, Ricardo seis más, nuevamente yo seis más, y al final de la noche tu único problema será devolver esos envases.

Lo cierto es que ya en el viaje de regreso pude comprobar que mi suerte se terminaba, al romperse el bastón que me había obsequiado T.S. y que me había acompañado en casi todo el viaje. Y aquí me tienes nuevamente, sin suerte y sin nadie que haya guardado un poco de suerte para mí, sin nadie que pueda socorrerme ahora que la fortaleza y el entusiasmo me han abandonado. Yo trato de encontrarle gracia al asunto, pero lo único capaz de reconfortarme sería encontrar al sujeto que se ha llevado mi buena suerte. Lo último que supe de ella fue que esperaba algún día volver a querer y cuidar de alguien como lo había hecho conmigo.


sábado, 30 de agosto de 2014

Scott Fitzgerald

Suponte que estás un poco atormentado porque es viernes, y todo el mundo sabe que las mayores tragedias comienzan los viernes. Suponte, además, que has encontrado un lugar cálido para leer y puedes oírte pensar. Suponte, sobre todo esto: estás atormentado y puedes oírte pensar. Ahora imagina que despliegas tu periódico sobre la mesa de roble y encuentras este titular: "Scott Fitzgerald le dirige una carta terrible a su hija". No olvides que puedes oír tus pensamientos y que te has venido sintiendo atormentado desde la mañana. Y estás a punto de leer una carta del hombre más atormentado que haya pisado esta buena tierra, del golden boy a quien arruinaron la vida la locura y la incomprensión y el egoísmo de su mujer, de un hombre que estuvo perdido desde el día en que comenzó a escribir con éxito. Hemingway confesó que estuvo dispuesto a ayudar en todo lo que estaba a su alcance a Fitzgerald y a ser uno más sus amigos, por más que los tuviera todos, porque si era capaz de escribir un libro como El gran Gatsby, solo Dios sabría lo que llevaba en el alma ese chico atormentado.

Veo una foto en la que Zelda aparece muy bella al lado de su hija, en una ropa de baño que le cubre el torso mas no los brazos y piernas. Ya no parece un gavilán que no comparte nada, sino una muchacha que ha pasado momentos rudos, pero que ha conversado su corazón en buen estado; con una mirada maliciosa y una sonrisa de quien ha pecado, pero ha conservado su corazón intacto.

Scott era el hombre del mañana que iba a realizar una obra que todos necesitábamos. Era el golden boy, el elegido. Hemingway y Faulkner por momentos parecen fermentados en el alcohol y en el sufrimiento; pero Scott Fitzgerald se mantuvo siempre lúcido en su amor. A mí me duele el corazón a ratos y siento una persecución dentro de mí, y mis actos son contradictorios. Por eso admiro tanto la ausencia de malicia en toda la obra de Fitzgerald. Hasta cuando quiere ser vengativo y huraño, parece un animal salvaje que es un criminal solamente ante nuestros ojos, y pasando tiempo a solas con él nos sentimos menos malos.

Pero Scott no fue el hombre de su época ni lo será después. El hombre de su generación fue Hemnigway y el hombre del mañana, qué duda cabe, será William Faulkner. Scottie murió como mueren los hombres incapaces de adaptarse a un mundo habitado por seres que no pertenecen a la misma raza, a los que sin embargo aman, aun cuando no se amen ellos mismos.

Me recuerda a Leonidas Yerovi, que debió ser el mejor poeta de su generación, y cuyo recuerdo quedó tan aplastado después de su asesinato que hoy su imagen no evoca ni a Mariátegui, que se arrepentía de no haber sido su amigo, ni a Valdelomar, a quien todos los trabajadores de La Prensa miraban con desprecio por haber ocupado, tras su muerte, su oficina en el diario. A Yerovi le dice Valdelomar:

«Oye hermano Leonidas, yo te quiero contar lo que ha pasado. Yo vivo allá, en el Barranco, junto al mar. Yo estaba soñando, a la aurora, cuando entró mi madre sollozante, y me dijo: "¡Corre, corre! ¡Un hombre malo ha matado a tu amigo! ¡Corre!"».

«Yo venía jadeando, pero no podía llorar. Subí a La Prensa. En el gran salón, sobre la mesa de caoba, había una camilla y en ella estaba un cuerpo cubierto por un lienzo blanco. Yo preguntaba por ti. ¿Dónde está? ¿Dónde está mi hermano? ¿Quién se ha llevado a mi hermano? ¿Le han hecho daño? Pero no podía llorar. Y todos lloraban, lloraban».

Es el fondo de tristeza donde se escribe la historia de todos los muchachos dorados. Me imagino esos momentos supremos de alegría en la vida de Scott Fitzgerald, caminando de la mano de su hija por el prado, o sabiendo muy dentro de sí que había hecho feliz a Zelda por una noche, aunque ella se esforzara en negarlo. Me imagino su alegría como un rayo de luz cuando ilumina en la mañana, más pleno y más fuerte sin la luz artificial.

Hay otras fotos, pero en todas ellas sendas sombras oscurecen los ojos de Scott, de Zelda, de su niña. No es como un artificio de la cámara; es como esas fotografías de linajes antiguos, donde se reconoce la Tragedia. Esta es una generación sin Tragedia. Porque donde hay tragedia diariamente, en todas partes, y la gente la soporta sin quejarse, deja de haber tragedia, y deja de haber posibilidades para el individuo. Acaso hoy en día la familia Fitzgerald habría sido salvada, y la mariposa hubiera tenido una vida larga, pero, seguramente, imposibilitada para el vuelo. Suponte mi desazón y di junto conmigo una breve oración por la sana muerte de estos hombres, libres al fin de todo tormento por el amor de Dios.



domingo, 3 de agosto de 2014

Dejemos dormir a Reina

La plaza es un discreto cuadrado cubierto de tierra con un monolito al centro. Hemos visto fotos de esta misma plaza, hace algunos años, cuando reverdecía y la copaban cientos de personas durante las fiestas patronales. Hace unos meses la tierra fue volteada para instalar el desagüe; dicen los pobladores que en unos meses, con las lluvias, la plaza volverá a florecer. Unas cuantas plantas se han refugiado en las puertas de las casas, antiguas y señoriales, con balcones y alfeizares crujientes y apolillados. Frente a la carretera, al otro lado del valle, se alzan las montañas de la cordillera, pardas, con la cosecha casi a punto. Las nubes son anchas y consistentes y se desplazan lentamente hacia el sur. Hasta ahora, solo hemos podido apreciar las estrellas un poco antes del amanecer. Los estudiantes de arqueología dicen que algunas de estas constelaciones únicamente son visibles desde el ecuador, y que existe una antigua leyenda, según la cual el Incario comenzó a desmoronarse cuando la panaca real de Huáscar se desplazó al norte del imperio y determinó, mediante cálculos astrales, que el Cuzco no era el centro del universo.

Viajamos por la ruta más usual, toda la costa hasta Chiclayo y luego por la sierra hacia Cajamarca. Debido a la oscuridad, apenas vemos la carretera y algunos pueblos estragados y una ciudad que suelta un profundo olor a pescado. Le damos a una cantimplora llena de pisco, que Mamapi nos llenó generosamente antes de partir. Ricardo está junto a la ventana, al lado de Karlo, que estira la mano a través del pasillo para cederme la cantimplora. La chica que está a mi izquierda nos mira y sonríe, como queriendo conversar o acaso un trago. Lo que traemos nos alcanza para llenar tres veces la cantimplora. 

Pronto Ricardo se adormita sobre la ventana, envuelto en su casaca. Toma un par de tragos más y se duerme profundamente. Apenas se siente el movimiento del bus. Karlo está más animado y nos entretenemos imaginando situaciones tortuosas, situaciones felices, situaciones imprevistas. No tarda en acabarse el pisco y Karlo extrae la botella de su mochila y llena cuidadosamente la cantimplora.

La chica que viaja conmigo se llama Reina. Vive sola en Lima y se lamenta de no haber viajado antes, pero no le querían dar el permiso en la Marina. Me pide cortésmente que deje de beber y yo le digo que eso es imposible. Le ofrezco un trago y lo rechaza y yo me lamento por ello. Reina se dirige a Jaén llevando un montón de cosas para sus hermanos, a quienes no ve desde hace mucho. Confía en que al menos uno se vaya a vivir con ella a su cuarto en la avenida Colonial, donde el frío es cada año más terrible y uno nunca se acostumbra. De rato en rato recibe un mensaje, y yo aprovecho para darle a la cantimplora, que Karlo me alcanza generosamente.

Reina dice que estoy borracho y se echa a dormir. Pero yo la despierto y le pido que por favor continúe hablando, que me hace mucho bien oírla. Me habla de su supuesto encuentro con Dios y de su renacimiento. Sabía que estaba resultado demasiado bien, y yo no quiero renacer, sino aprovechar lo que tengo y mi carácter. Vuelven a llamarla; Reina dice un par de palabras y cuelga. Decido dejarla dormir y me concentro en la cantimplora, que es menester volver a llenar. Karlo se pone a escuchar música y al rato también se duerme. Ya no hay nada que hacer, así que le doy a la cantimplora hasta terminarla e intento dormir, sin molestar a nadie. Antes de perder el conocimiento llego a la conclusión de que, tal como sospechaba, ese pisco tenía un sabor excelente.