sábado, 21 de julio de 2012

Miríada de opiniones


¿Te parece que he cambiado?
¿Te parezco diferente?
¿Te parece inadecuado
el reunirnos nuevamente?

¿Te parece que estoy flaco?
¿Te parezco más silente?
¿Te parece que este banco (y este parque, esa garita, aquel arbusto, tanta gente)
se ha roído, ya no siente?

¿Te parezco desaseado?
¿Te parezco un indecente?
¿Te parece demasiado
tiempo lejos?, ¿no es prudente?

¿Te parezco del pasado?
¿Te parezco inexistente?
¿Te parece que alejado
no he sufrido suficiente?


martes, 17 de julio de 2012

No existe amor puro ni perfecta oración

No escupas olor
ni veas aroma
no llores sudor
no vueles paloma.

No lamentes saludo
ni celebres adiós
no mires futuro
no rujas león.

No duermas belleza
ni levantes terror
no recojas cereza
no siembres amor.

No sé si soy uno
ni sabes ser dos
no vive Neptuno
no existe Plutón.

No existe amor puro
ni perfecta oración.

sábado, 7 de julio de 2012

De los descubrimientos que últimamente he tenido la suerte de presenciar




Siempre he escrito, desde que tengo memoria he escrito. Pero no fue sino hace dos años en que decidí tomarlo en serio. En ese entonces pensaba que escribir se trataba de musas, de conseguir la inspiración que sacara lo mejor de ti para verterlo sobre el papel. De conseguirla de cualquier modo, si era necesario. Pensaba, además, que todos los libros se escribían así. Al terminar el primer año de mi nuevo pasatiempos hice una revisión de todo lo que había escrito. Habían cosas muy buenas, cosas realmente buenas, pero en general, bastante escasas.

Era increíble la diferencia entre algunos textos que —sin ser espectaculares— sonaban sinceros, entrañabales, con otros que solo sobresalían por lo pedante e inapropiado de sus líneas. Ya lo sospechaba pero aún así fue una sorpresa descubrir que los mejores textos eran los que había escrito sumergido en una pena muy honda o en una alegría indescriptible. En ambos casos, las causas de mi excitación habían sido amorosas. Por un lado, aquello me reconfortó, al comprobar esa vieja sospecha de que mi alma estaba predispuesta al romanticismo. Pero por otro, fue deprimente reconocer que en ese momento me era imposible escribir bajo un estímulo distinto del amoroso, como el cómico, filosófico o intelectual.

En ese entonces ya me asaltaba la idea de dedicarme a alguna profesión relacionada con las letras, que me exigiera escribir cuentos, crónicas, reportajes y novelas. Lamentablemente, en el estado en que me encontraba —un ser cuyo desempeño literario estaba ligado a los vuelcos amorosos de su vida— eso era imposible. Fue así que, creyendo que por mi bien y yendo en contra de mis instintos, decidí cambiar de estrategia.

Me implanté un régimen en el que debía de leer de tres a cuatro libros al mes y dedicar una hora diaria como mínimo a escribir. No importaba si me sentía predispuesto o no, inspirado o desganado, la consigna era escribir. A veces era insoportable el tener que enfrentarse a la hoja en blanco, ansioso por poner algo bueno, molesto por las ideas que no llegaban. En esas ocasiones un sentimiento de frustración se apoderaba de mí, uno del que estoy seguro me hubiera derrotado de no ser por la influencia de un escritor que tuve la suerte de conocer por medio de sus libros.

Se trataba de Mario Vargas Llosa, al cual admiraba con cierto recelo. Sucedió que un día me topé con un testimonio suyo en el cual confesaba que a él le había ocurrido algo parecido. En sus inicios, solía sentirse invadido por el desgano, la flaqueza: por el miedo al fracaso. En esos momentos, decía, apelaba a su voluntad. Él sabía que no era un escritor talentoso, que no había nacido con ese maldito don de escribir que sí poseían otros autores; pero estaba convencido de que a base de esfuerzo, de sudor, de sacrificio, podía ser capaz de suplir sus carencias. Su refrán era la voluntad puede darle órdenes a la poesía. Inmeditamente me identiqué con él. Tenía razón, habían dos tipos de escritores: aquellos que nacen con el talento, que tienen en sus venas la literatura y la poesía, y aquellos que en base a su perseverancia, a su voluntad, logran hacerse escritores. Si era así, entonces yo pertenecía al segundo grupo.

Nuevamente pasó un año y era hora de revisar lo avanzado. Tengo que decir que estaba muy emocionado por ver mi progreso, y que eso, en parte, alimentó la profunda desazón que sentí luego de contemplar mi fracaso. La gran mayoría de mis textos eran impecables, tenían un ortografía perfecta y un orden estricto, pero a su vez, eran ajenos, fríos, no me podía reconocer en ellos. Parecían haber sido escritos por un robot, por un narrador de noticias, antes que por mí. El ángel que inundaba las páginas de mis primeros textos a pesar de ser estos desordenados e inconclusos, se había perdido. En el afán de querer escribir con propiedad, corrigiendo cada coma, cada punto, cada tilde, había perdido mi esencia, mi calidez y mi alma.

Fueron los peores momentos, he de admitirlo. La desesperación se transformó en furia, en deseos mandar todo al tacho y retomar el viejo romance con los fríos números. Fue en ese instante de terror, en el que llegué a estar a punto de abandonar la carrera de humanidades a la que me había cambiado por ser consecuente con mis aspiraciones, que tuve otro descubrimiento. El de los compañeros que, sin darme cuenta, habían comenzado a poblar mi biblioteca, contándome sus secretos, revelándome sus historias. Cada uno era diferente del otro en sus características, en su forma; pero a su vez, todos ellos eran especiales, únicos y ninguno le restaba protagonismo a sus vecinos. Estoy seguro que ellos me lo dijeron, que fueron ellos los que me hicieron digno del más importante secreto de los grandes narradores: que cada escritor debe encontrar su estilo. Eran importantes la ortografía, las técnicas, las correcciones, pero más importante aún era no perder la esencia en ese discurrir de recursos. Es eso lo que le da vida, fuerza y pasión a los personajes, ellos se alimentan de su creador, de sus vivencias, de sus éxitos y fracasos, y sin ellos, no son más que simples monigotes usados para contar una historia.

Había pues que encontrar un estilo, había pues que jamás descuidar la forma compuesta por otros elementos como la ortografía, el orden y los recursos. Ese era el camino correcto y había pues, que seguirlo. Es una tarea que vengo realizando y de la que me siento feliz de participar, esperando algún día encontrar la ruta que me lleve a ser ese escritor que deseo ser. Y que me tendrá a mí como modelo.

miércoles, 20 de junio de 2012

Lo que hiciste conmigo


Últimamente estoy queriendo menos
y me estoy quedando sordo.
Tus palabras son relleno
de un viento poco sonoro.

Débiles y sin efecto,
en mi oído se hacen polvo.

Últimamente estoy amando menos
y por ti, ciego me vuelvo.
La rabia de saberte lejos
come el iris, es un cuervo.

Con sus dientes, aguileños,
hace añicos los recuerdos.

Últimamente, tengo menos,
olfato que mi perro,
me dirás que ya es un hecho
que deliro, caigo en yerros.

Te felicito, haz descubierto
que últimamente, poco pienso.

domingo, 17 de junio de 2012

A Antonio, siempre ausente...

Supongo que todo comenzó por ahí. Al fin me empiezo a dar cuenta. Y no es que hasta hoy mi vida se haya organizado perfectamente bien sin este conocimiento. No ha sido así. En realidad, siempre lo había tenido pero en forma de intuición, de sospecha. Creía que algo estaba mal pero no tenía la capacidad de entenderlo. Gracias a los años y a la perspectiva, hoy puedo verlo. No fuiste el culpable mas si el que dio inicio a todo, papá.

De hecho que toda la culpa es mía, que de los infinitos errores que he cometido infinita es mi responsabilidad. A lo que me refiero es que si en algún punto toda esta maraña de errores tuvo que comenzar, seguramente fue contigo. Y que quede claro que con esto, no te estoy reclamando nada; simplemente escarbo en la historia, analizo los hechos.

Porque tampoco es que haya vivido atormentado por tu ausencia, de ningún modo. Por el contrario, me animaría a decir que he intentado ser feliz y que lo he conseguido, a veces. Pero aún en esos instantes nada estuvo completo.

Eso es algo que ni un solo segundo dejó de inquietarme. Encontrar la respuesta, resolver el enigma. Y la busqué en todas partes, papá. En el reconocimiento familiar que brindaban los estudios, en la adrenalina proveniente del fútbol, en el amor extraído a ellas.

Nunca encontré aquello que faltaba y que ahora sé debía provenir de ti. Pero eso no me importa, porque podría buscarte ahora mismo con la esperanza de recuperar lo perdido. ¿Sabes lo que en verdad me molesta? ¿Sabes lo que no puedo soportar? Que nunca sabré lo que es.

Si tan solo lo supiera, si tan solo descubriera que fue lo que me faltó todos estos años y que causó tanta infelicidad. Si tuviera la respuesta, sería fácil arreglar las cosas. Soy inteligente, papá. No me costaría mucho hallar el modo de reemplazar ese ingrediente por algo más accesible, por algo existente. Pero no lo sé, jamás lo sabré, siempre faltará algo, nunca seré un hombre completo.

¿Sabes por qué estoy tan seguro? Porque cuando te volví a ver, después de tantos años, no sentí nada. Y de nada valió que tratara con hidalguía de soportar el silencio que después de cada frase nos acribillaba, de nada sirvió escuchar tus interminables monólogos sobre el gran futuro que nos esperaba, no tuvo sentido abrazarte ni besarte porque por mucho que lo intentara, no lograba sentir nada.

Eso me demostró que ya estaba todo perdido. Soy un hombre incompleto que sabe que algo le falta sin saber lo que es. No sé que tantos errores hubiera evitado contigo a mi lado, ni que tan rápido me habría levantado. Nunca lo sabré y eso hace que me hierva la sangre. Ser un ser incompleto, tener un alma lisiada, una voluntad resquebrajada.

Como te decía, no digo que tu seas el culpable. Nada mas la causa papá, y si te preguntas por el daño que tu ausencia pudo acarrear, respóndete esto. ¿Qué tanto mal le hace experimentar una pesadilla, a un hombre que no para de soñar? 


jueves, 31 de mayo de 2012

Un loco, dos


Segunda parte

Lo recuerdo sentado en la avenida, el cuerpo completamente inmovilazado a excepción de los ojos, que se movían rápido como una pelota en un buen equipo de fútbol. Se apoyaba en el único poste que por las noches iluminaba la pista y así, las piernas recogidas, los brazos abrazando esas piernas, el mentón sobre las rodillas, permanecía durante toda la mañana. Lo sé porque para irme a entrenar tenía que cruzar esa avenida. Los primeros rayos de sol ya lo revelaban allí, con la mirada sosegada al no tener que seguir tantos carros a la vez. Y el mediodía lo seguía mostrando pero ya con los ojos incontrolables, rojos de no pestañear, aunque esbozando una leve sonrisa que podía ser de estupidez o felicidad.

Un día un pequeño gorrito apareció a su lado. Era, si mal no recuerdo, azul, muy gastado y poseía un mensaje ilegible sobre la visera. Jamás lo llevaba en la cabeza; daba a entender, que era demasiado angosto para sus gruesos cabellos. Nunca lo lucía durante la tarde, cuando nos visitaba, y sin embargo, al día siguiente, el gorrito volvía a aparecer en su mismo sitio. Su lugar era la vereda, delante de las aprisionadas piernas del loco. Al loco parecía importarle muy poco su presencia y rara vez lo miraba. El único contacto que ambos tenían se daba a través de la saliva del loco, que se escapaba de su boca en los días de mucho viento, para viajar parabólicamente y luego aterrizar sobre el gorrito.

Una tarde encontramos una monedita de cinco céntimos dentro del dichoso gorrito. Debió provenir de algún visitante que confundiera al loco con un mendigo. No le tomamos importancia y seguimos de frente, directo a la cancha donde entrenaba por las mañanas, esta vez, para jugar un partido amistoso con los chicos del barrio. Al regresar, ya no había una sino dos moneditas. Y al día siguiente ya no eran dos sino varias moneditas de cinco, diez y hasta veinte céntimos. Y a las pocas semanas el loco ya se había convertido en el primer indigente del barrio.

Pero este no parecía darse cuenta de sus ganancias. A veces lo sorprendíamos arrojando sobre los carros las pocas moneditas que ganaba, celebrando cada acierto (que para el loco era introducir la monedita por la ranura de la ventana) incorporándose y saltando como mono. No tardaron en aparecer personas que se le acercaban con el único objetivo de arrebatarle sus moneditas. A estos, el loco los pateaba y los escupía, pero solo a veces lograba espantarlos porque casi siempre iban en grupo. Pronto, apelando a su instinto, el loco empezó a arrojarlas apenas las conseguía, con el único inconveniente en que ya nunca lograba poseer más de unas cuantas.

Terminado el verano mi papá me obligó a retirarme del equipo de fútbol, por lo que dejé de pasar por la avenida y por consiguiente, de prestarle atención al loco. Este continuaba regresando todas las tardes al barrio, a pesar de que lo molíamos a patadas cuando anochecía para evitar que fuera él quien comenzara con los golpes. Aunque, siendo sinceros, sus golpes nunca nos caían, pues sus largas piernas lo hacían demasiado torpe. Luego, un día, el loco dejó de venir. No nos dimos cuenta sino hasta que se cumplió una semana entera y no venía, cosa que nos parecía sumamente extraña.

Al día siguiente decidimos, más por curiosidad que por preocupación, ir hasta la avenida en busca del loco. Lo encontramos en el poste donde acostumbraba reclinarse, en la misma posición de siempre y con el gorrito donde toda la vida. Pero había algo, un pequeño detalle que sobraba. El loco ya no arrojaba sus moneditas, ahora las conservaba, y, en lugar de estas, lanzaba pequeñas piedritas sobre los vehículos. La avenida era, en su mayor parte, de tierra, por lo que el loco disponía de un número ilimitado de nuevas municiones. Se trataba de piedritas minúsculas, inofensivas, así que no encontramos nada de malo en el nuevo pasatiempo del loco.

Ya cuando nos íbamos a ir, a Junior se le ocurrió la idea de contar la cantidad de monedas acumuladas por el loco. Nadie quería robarle, solo quedar impresionados y encontrar una nueva joda para los que se atrevieran a apostar sin dinero. Algo así como que debían de hacerle compañía al loco.

Ya íbamos a levantar la gorra cuando una señora se colocó entre nosotros y el loco. Decías cosas que no se entendían, de mala manera, pero la tranquilizamos y al final ya solo nos preguntaba una y otra vez que por qué estábamos fastidiando al loco. Anthony le explicó que eramos todos amigos del loquito y que solo queríamos conocer el motivo de que ya no fuera a visitarnos. Todos pusimos una cara de tristeza que la señora se conmovió al instante y se presentó como doña Celinda, aclarando que por tratarse de amigos de su engreído solo la llamáramos Linda. Dijo que desde hace un par de meses trabajaba vendiendo golosinas en ese lugar, nos señaló su carrito y nos llevó allí a conversar.

No sé qué tanto conversábamos pero es que la señora era muy divertida y también nos entretenía regalándonos caramelos. Nos contó que la habían botado del colegio en donde antes trabajaba y no le quedó de otra que refugiarse en la avenida. Durante los primeros días, vio que venían chicos de otros barrios y le robaban y hasta le pegaban al pobre loquito. Este intentaba defenderse pero solo atinaba a patalear hasta que los otros lo reducían y se iban con las monedas. No resistió ver semejante abuso y tuvo que llamar a su hijo, que era militar. Ambos se encargaron de defender al loco hasta que todos aprendieron que no tenían que meterse con él porque ahora tenía gente dispuesta a defenderlo siempre. Sin querer, se fue encariñando con él, y ahora hasta le daba comida y se cobraba con la plata que tenía en su gorrito pero nunca robando nada, solo sacando lo necesario. Lo demás lo estaba guardando para comprarle una chompa al loco cuando llegara el invierno o lo que él necesitara, ya que le daba pena verlo siempre con esos harapos que no abrigaban nada.

Ese día nos hicimos amigos de doña Linda. Después de jugar íbamos a comprarle cosas y nos quedábamos largo rato conversando con ella. Así, al igual que doña Linda, sin querer, nos fuimos encariñando con el loquito. Ya no esperábamos a que se apareciera por el barrio, ahora eramos nosotros los que corríamos a buscarlo a la avenida. Él se comportaba cada día mejor y ya no tenía esos ataques que antes nos obligaban a correrlo a patadas. Esa era una buena noticia y más para mí, que ya estaba cansado de tener que botarlo cada vez que se ponía agresivo con los chicos.

lunes, 28 de mayo de 2012

Un loco



Primera parte

Lo recuerdo con sus ojos movedizos, incapaces de fijarse en un solo objetivo, recorriendo en un segundo todos los ángulos, todas las distancias, como si aquellos cristales hubieran hecho la promesa de nunca tomarse un descanso. Lo recuerdo también por su ropa, que era un conjunto de harapos siempre sucios y desgarrados. ¿Dónde dormiría este pobre hombre? ¿Podría invocar la tranquilidad para conciliar el sueño este espíritu excitado, este animal desfasado? En el intento se movería, rodaría de un lado a otro, ensayaría extrañas posiciones, se daría muy fuerte en la cabeza confundiendo el sueño con el desmayo. Pero sobre todo lo recuerdo por su sinceridad. Porque él no sabía mentir, él nunca ocultaba nada y cualquiera que se lo topaba comprendía inmediatamente que se trataba de un loco.

Habían señoras que a veces le alcanzaban un poco de comida en platos descartables. Caminaban atemorizadas hasta donde se encontraba el loco, que las esperaba con los ojos extrañamente inmovilizados en ellas. A medida que avanzaban, las señoras se llenaban de temor frente a una posible arremetida del loco. Esto raras veces ocurría pero por precaución las señoras soltaban el plato de comida a unos metros del loco que, inmediatamente, se avalanzaba sobre el suelo para terminar comiendo desesperado y en cuclillas. Contemplando la felicidad e impaciencia con que el loco se alimentaba, las señoras se llenaban de emoción y comprendían la razón que una y otra vez las llevaba a acercarse a un sujeto tan peligroso como creían que era el loco.

Nosotros representábamos la otra cara porque solíamos aprovecharnos del loco. Por citar un ejemplo, bastaba que nadie se animara a sacar la pelota del jardín del vecino para llamarlo. Y este venía muy contento, feliz de que quisieran pasar tiempo con él. Con gestos y señas le indicábamos lo que tenía que hacer y el loco tenía miedo pero a empujones lo convencíamos de que entrara y una vez allí, ¡qué le quedaba sino coger la pelota y mandarla hacia acá!. Después volvíamos a jugar y solo era cuestión de tiempo para que el loco rompiera algo en su intento por salir y luego el vecino lo espantara a correazos. Y el volvía solamente para que nosotros también lo botáramos disparándole piedritas no muy grandes porque tampoco había que ser desconsiderados.

Sin embargo, lo peor para el loco llegaba con el verano. Después del almuerzo recogíamos el betún, el talco, la pintura, los tubos y los baldes que se encontraban guardados desde el verano pasado en la casa de Junior. Recorríamos varias calles pero rara vez divisábamos chicas solas: por esos días, casi todas se hacían acompañar por alguien mayor. No era culpa nuestra que al final del día tan solo hubiéramos atrapado un par de chicas y nos sobraran tantas cosas. Eso no podía desperdiciarse, de ninguna forma, así que no había otra que ir donde el loco y sacrificar nuestras municiones en ese cuerpo mugroso. No era nada fácil ya que el loco era muy rápido y sobre todo vivísimo a la hora de correrse. Movía de tal forma las piernas que parecía que en cualquier momento se le iban a enredar y se iría de bruces contra el suelo. Pero esto no ocurría y la única forma de atraparlo era que uno le diera la vuelta a la manzana y lo sorprendiera por el otro lado. Ahí si que el loco se asustaba y gritaba tanto que los vecinos creían que le estábamos dando una golpisa. Había pues que explicarles, y mientras tanto el loco se movía y sufría que daba pena, por lo que terminábamos  dejándolo ir un poco arrepentidos pero riéndonos de cómo lo habíamos dejado y eso no sale fácilmente.

Después de haber cometido una maldad contra el loco siempre venía el arrepentimiento. Nos poníamos a recordar lo que le habíamos hecho y luego pobre loquito, no hay que ser malos con el loquito, hay que ser sus amigos y finalmente, loquito: ¿no quieres venir a jugar con nosotros? El loco todo lo malograba debido a su torpeza pero hay que ver cómo se divertía dándole a la pelota, escondiéndose en lugares llenos de mugre, intentando darle a las latas de leche Gloria, quedándose inmóvil en espera de que uno de nosotros lo desencantara. Hacía lo que se le decía y siempre contento, siempre servil, como si nosotros fuésemos sus verdaderos amigos y no los malditos que a veces se aprovechaban de él.

Con las primeras horas de la noche comenzaban los problemas. Desconozco que le haría exactamente la noche al loco pero era claro que lo volvía más violento y más miedoso. Apenas le decíamos algo enterraba su rostro debajo de sus brazos y comenzaba a dar patadas a todo lo que se movía. Se mantenía así por un rato hasta que poco a poco se iba calmando y parecía que ya otra vez nos reconocía porque adquiría esa actitud feliz y sumisa que lo caracterizaba. Soportábamos sus escenas una o dos veces pero había días en que el loco estaba insufrible y por todo se agazapaba detrás de sus largos brazos con forma de pinzas. A mí me daba igual y sugería que lo dejaran en paz pero el Chato no aguantaba pulgas. Lo llenaba de insultos que solo conseguían asustarlo más y hacer que se pusiera a patear hasta el aire. Si alguna de esas patadas le llegaba a caer al Chato ¡madre mía! porque ahí mismo cogía una piedra de buen tamaño y se la ensartaba en la cabeza y el loco se defendía pera ya todos nos habíamos puesto del lado del Chato y decíamos ¡sí! hay que pegarle, ¡sí! hay que sacarle la mierda, y al pobre loco no le quedaba otra que irse del barrio.

No era una vida envidiable pero todos coincidíamos, durante el juego de cartas de la noche, que para un loco estaba bien. Pasaba las tardes con nosotros y comía lo que nuestras mamás generosamente le llevaban. Junior decía que en las mañanas lo había visto sentado entre las pistas de la avenida, observando el ir y venir de los carros hacia la ciudad. Un día, ganados por la curiosidad, fuimos a comprobarlo y era verdad. El loco permanecía ahí desde temprano, el cuerpo completamente inmovilizado a excepción de los ojos, que iban de un lado a otro como dos moscas revoloteando.

Ese mismo día nos pusimos a pensar y coincidimos en que el único misterio que rondaba la vida del loco era respecto al lugar en donde dormía. No era en la avenida porque jamás me había topado con él en los viajes a los que me llevaba mi papá una vez cada dos o tres meses, y que siempre eran de madrugada. Además, nadie le conocía una casa y sin embargo siempre volvía a aparecer temprano en la avenida y más tarde en el barrio. Aquel día dijimos también que algún día lo seguiríamos y lo descubriríamos durmiendo en un terreno abandonado, junto a una familia llena de locos. Fue una más de las promesas que hicimos de niños y que nunca cumplimos.