martes, 22 de julio de 2014

Las vacaciones acordes

Últimamente los periódicos están exagerando. No es verdad que hayan pasado tantas cosas malas y hasta me atrevo a decir que todo sigue como antes. Salvo una cosa, y es que Adrián está de vacaciones. Para los que no conozcan a Adrián es urgente que sepan que Adrián ha trabajado, a sus veintidós años, lo que ha trabajado un peruano de treinta: ¡una barbaridad! Ha trabajado tanto de noche como de día; ha trabajado en doble turno; también ha trabajado y estudiado, y cuando no tuvo trabajo, no pudo librarse de la idea de que tenía que conseguir un trabajo. Pero ahora todo eso pertenece al pasado y Adrián por fin está de vacaciones.

Adrián me busca muy temprano para salir a correr. Vivimos a una cuadras. Tenemos que correr, esta vida sedentaria nos hace daño. Adrián viene a las seis y como es imposible esperarlo despierto, toca el timbre, y yo tengo que tranquilizar a todos en casa. Es Adrián, iré a correr con él y luego al trabajo. Mi madre confía mucho en Adrián. Confía más en Adrián que en mí. Esto es algo extraordinario, porque mi madre detesta a todos mis amigos. Esos borrachos. Seguro te vas de nuevo con esos borrachos. Así que cuando no estoy en casa, mi madre asume que estoy con mis amigos, los borrachos. No presume mal, pero es incómodo que siempre sepa donde estoy y con quien ando...

Creo que mi madre piensa así de Adrián porque él ha trabajado. A veces parece que el trabajo ennoblece a las personas lo mismo que la muerte. He visto desgraciados que pasaron a ser santos después de morir. Y he visto malnacidos que se volvieron medianamente buenos cuando empezaron a trabajar.

Corremos por un parque que queda a unas cuadras de la avenida Las Palmeras. Este parque de noche es peligrosísimo. De día no lo es tanto, mucha gente viene a correr, a sacar a sus perros, y los niños lo atraviesan para ir a la escuela. Yo corro unos minutos y vomito. Una cosa es vomitar estando borracho y otra es vomitar estando sobrio. Lo que debe ser símbolo y coronación de la autodestrucción y de la hombría, se convierte en una penosa señal del decaimiento físico y espiritual. Al regreso, pasamos por una juguería —yo casi no corro nada, y a veces pienso que solo me levanto temprano para permanecer tranquilo toda la mañana, así como por el jugo—, y volvemos a casa caminando.

Adrián está leyendo un libro. Un libro grueso y extraño. Tiene mil quinientas páginas y cuenta la historia de un payaso que aterroriza a varias generaciones de un pueblo. Yo me pregunto, entre admirado y consternado, cómo Adrián puede leer y disfrutar la lectura de ese modo. Amigos tengo que retrocederían frente a semejante bodrio. Y mientras yo escribo noticias, tomo fotografías y leo los libros del instituto donde trabajo, Adrián se pasa las mañanas leyendo ese extraño libro, que sin duda le dará, más tarde o más temprano, algún poder sobrenatural.

Por la noche, Adrián me escribe un mensaje: Tony, estoy donde Sandro, baja. O yo le escribo este otro: Estoy donde Jorge, baja. Y a eso de las ocho aparecemos donde Sandro o donde Jorge (aunque toda esta semana hemos terminado, de manera sorprendente, en la casa de Diego). Nosotros no lo decimos, pero llegamos con hambre. Este es un mal hábito que arrastramos desde el colegio, donde siempre, por alguna razón, estábamos con hambre. La paga en el instituto, y en general la de todos, es mala, así que solemos cocinar, aunque últimamente Adrián está comprando la comida.

Sin embargo, Adrián tiene una manía: a fin de ahorrar, conserva todo su dinero en la tarjeta. Por lo que cada vez que vamos a comer, a beber o al cine, Adrián nos arrastra a todos al cajero (que no es verdad que los haya en todos lados). Yo no entiendo la verdad cómo funcionan este mecanismo y si acaso Adrián logra ahorrar alguna vez, porque de todos modos vamos al cajero varias veces en un día.

Adrián y Sandro me están enseñando a bailar. En ese momento tienes que llevarla, esperar y hacer este paso. Sandro baila mejor, pero Adrián disfruta más la música. Justo ahí le metes. Si tuviera esa capacidad, me gustaría bailar la mitad de bien de lo que bailan estos dos. De verdad disfruto viéndolos bailar, por puro placer, como si realmente tuvieran una chica entre sus brazos. Ahí la haces girar, la mueves así y luego le metes el quiebre. Se necesita valor para hacer ese quiebre.

Adrián quedó en salir el viernes con una chica. Estuvo el lunes, el martes y el miércoles farfullando sobre lo mucho que deseaba salir con esta chica. El jueves nadie supo de él. Pero Adrián, que está de vacaciones, no ha salido con ninguna chica. Y el sábado nos dio cuenta de lo que ahora pensaba de esa chica. 

Ese mismo día fue la fiesta de Sandro y bebimos hasta quedar inconscientes. Nos despertamos el domingo al mediodía y vimos los partidos metidos en la cama de Sandro, medio enfermos, vomitando y bebiendo las cervezas que sobraron.

Ni el domingo ni el lunes vimos a Adrián. Pero hemos quedado en salir a correr el martes. En la noche bajaremos donde Diego. Sandro ha dicho, medio en broma, que deberíamos alquilar una casa para vivir todos juntos.

lunes, 14 de julio de 2014

Comunicación y Sociedad

Yo he hecho unos amigos en esta clase. Se llaman Antoñito y Esperanza. No pienses mal, ni que hago amigos en cada clase ni que en todas las clases se puede hacer amigos. Yo he tenido la suerte de conocer a unos compañeros y de hacerlos mis amigos fuera de clase, en los pasillos. Los pasillos sirven para conocer gente y para ir de un salón a otro. Esas pequeñas puertas sin visillos, que el conserje siempre se olvida de abrir, son los salones. En un salón del segundo piso, donde una vez me quedé leyendo hasta muy tarde, hasta que comencé a sentir pasos y a oír voces, conocí a Esperanza y a Antoñito.

Antoñito nunca va a los exámenes. Jamás lo he visto preocuparse por nada. Pero no vayas a pensar que es indolente este Antoñito. Cuando le dan una mala noticia, Antoñito se pone pálido, tartamudea y parece que va a desmayarse, hasta que se dice a sí mismo en voz alta: "Seguro el profesor me dejará volver a dar el examen", y nos tranquiliza a todos con una sonrisa. Es un hombre bastante sonriente este Antoñito.

La verdad es que el profesor deja muy poca tarea. No es muy exigente el profesor. El primer día de clases organizó las exposiciones para todo el ciclo, y eso es básicamente lo que hacemos: asistimos a las exposiciones. A la derecha se sientan los alumnos que oyen las exposiciones; a la izquierda se sientan los que aprovechan el tiempo en leer y avanzar con otros trabajos, al centro nos sentamos los que por momentos estamos atentos, por momentos avanzamos las tareas, y luego de media hora nos quedamos largamente dormidos.

Esperanza arriba al salón siempre cinco minutos antes de que el profesor tome la asistencia y se retire. Cuando hay examen llega media hora antes. Antoñito y yo sufrimos mucho si Esperanza se tarda, porque es ella quien nos presta las hojas, que arranca de su cuaderno. Es más divertida que nosotros y sabe hacer muchas cosas: canta, danza, pinta, escribe, toma fotografías y dicta un cursito de canto a unos niños. Una vez fuimos a oírla en la Casa Mariátegui. Antoñito y yo hemos jurado que ese día sentimos vibrar a las paredes...

No te pongas celosa, tú sabes que yo sería incapaz de hacer más que amigos. Me gusta, sí, una chica. No me preguntas cómo es esta chica. Yo no podría más que decir dos cosas sobre ella. Ignoro cómo se llama, pero se sienta a la derecha, es decir, con los que oyen las exposiciones. A veces se sienta junto a un chico. Tiene valor, porque anda haciendo preguntas, pero también es evidente que anda un poco perdida. Hay que estar un poco perdido para seguir las exposiciones. En esto Esperanza es muy perspicaz. Pero un hombre enamorado todo lo perdona, y mis amigos —los nuevos y los antiguos— me han hecho entender que es preciso que yo me halle enamorado si quiero escribir. Antoñito me aconsejó el otro día: "Recuerda que el Caballero de los Leones dijo alguna vez: yo estoy enamorado, porque es preciso que los caballeros andantes lo estén".


No me odies todavía. Yo aun no me atrevo a decirle nada a este chica. Hace tiempo, cuando expuse, ella me preguntó algo intrincado, que me puso muy nervioso, y luego aclaró que le había gustado mucho mi exposición. Últimamente he notado que Antoñito y Esperanza se sientan cada vez más cerca de ella, y yo tengo que seguirlos. Ellos piensan que no me doy cuenta.


El jueves tuvimos un examen: apenas dos preguntas, más una pregunta comodín, a pedido de todos. Antoñito no asistió arguyendo que todavía tendría tiempo para volver a dar el examen. Esperanza llegó faltando muy poco. Yo salí casi al final porque tuve que copiar las preguntas en la carpeta hasta que llegó Esperanza con las hojas. Cuando terminé casi no había nadie. Pero estaba la chica que quería. Entregó su examen unos minutos antes que yo y salió del salón. 


Pero al rato volvió y nos encontramos en la puerta. Nos miramos por un rato. No te pongas triste. Solo nos miramos. Y ella entró al salón raudamente porque se había olvidado de firmar su asistencia. Y aunque nos percatamos de que íbamos el uno contra el otro, yo no pude detenerme, y ella tampoco. Sonrió y yo intenté mostrarme serio. Antoñito y Esperanza me están animando a que la invite a salir. Ellos han notado que ella podría llegar a quererme.


domingo, 6 de julio de 2014

Buscando una oficina

Advierten los periódicos que este año el invierno se ha retrasado hasta julio, y que los vientos y las lluvias arreciarán recién en agosto. Yo busco trabajo. Salgo temprano, para que no me gane la pereza; compro, uno, dos, tres periódicos, y me centro en aquellos recuadros que salen debajo de las grandes noticias, donde las empresas pagan sus anuncios. Yo viajo de carro en carro, por diversas avenidas, a extraños distritos, tocando puertas y leyendo las noticias de mis tres diarios.

¿Tres diarios? Yo creo que tres diarios, en nuestra ciudad, es una obligación. Yo compro, en primer lugar, el Trome, para solazarme un rato, para saber cómo está el fútbol y, más tarde en casa, recortar toda clase de tickets, vales y cupones de descuento (que tanta falta me hacen). Compro también Perú21, como un sistema de alertas: si un día me sorprendo de acuerdo con un artículo de Perú21, me pongo lívido, y pienso que algo debo estar haciendo mal o que hay algo que no he visto. Compro, por último, La República, para ver qué de nuevas se trae Carlín y aprender un poco de ajedrez.

Todo esto leo yo mientras estoy en los carros. No hago mucho caso de las noticias porque en nuestra ciudad es inhumano estar al tanto de las noticias, con tanta inmoralidad y con tanto crimen; además, porque recientemente extraños eventos me ha llevado a la conclusión de que en nuestro país todo se repite, solo que a escalas cada vez mayores.

Veamos un ejemplo. ¿Qué sucedió en nuestro país hace dos años? Así, de manera somera. ¿No es cierto que alguien robó, que se descubrió que alguien estuvo robando, que se cometieron muchas injusticias y que murió gente buena? Aquí los nombres son lo de menos. ¿Y qué hechos ocurrieron hace poco, el año pasado? ¿No es cierto que nuevamente algunos robaron, se descubrió que muchos venían robando, se cometieron incontables injusticias y murió casi toda la gente buena? Mientras recorro las avenidas de esta curiosa ciudad, con mis tres diarios a cuestas, yo pienso que lo más seguro es que vuelva a pasar lo mismo este año.

Mi hoja de vida, o como le decimos aquí: currículum vítae (la única locución latina que manejamos), es una cosa muy curiosa. Está mi nombre, mi dirección, mi número, mi experiencia ultraterrena y mis expectativas salariales. Yo tengo un problema con mis expectativas salariales. Aquí los empresarios esperan que los estudiantes coloquen trescientos setenta y cinco soles en sus expectativas salariales, que viene a ser la mitad del salario mínimo (cuando no lo redondean, como es justicia para ellos, a trescientos cincuenta). Mi problema con las expectativas salariales, que es de paso mi problema con los empresarios, es que en Lima nadie puede sobrevivir con trescientos setenta y cinco soles. ¿No se gastan doscientos soles mensualmente solo en el almuerzo? ¿Acaso el pasaje baja de cien soles cada treinta días? ¿No tiene además uno que estudiar, que cenar, que sacar copias y separatas, que pagarse algún curso o al menos tener cincuenta soles en el bolsillo para gastarlos en lo que le venga en gana?

Este es mi problema con las expectativas salariales. Porque en ese caso sin duda es mucho más digno quedarse todo el día en casa, abrigado, seguro, sin gastar mucho dinero ni tener que mostrar proactividad y buen ánimo a las gentes. Claro que con sus empleados, secretarias y asistentes; porque nadie conoce donde operan los verdaderos empresarios. Por este pequeño desarreglo discutimos los representantes de los empresarios y yo continuamente.

Pero no todo son malas noticias. En mis recorridos he comprobado que cada día hay más celulares en la ciudad, y cada día entran nuevas marcas con increíbles innovaciones al mercado. También he notado que la instalación del servicio de gas avanza a paso firme, que los eventos musicales y deportivos están a la orden del día, que proliferan los restaurantes y las marcas de ropa. Y en camisas por fin estamos avanzando.

Yo no puedo evitar fijarme en esto cuando ando por las calles, con mi hoja de vida, mis periódicos, con mis sueños y mis expectativas salariales. ¿Dijimos sueños? ¿Todavía hay sitio en nuestra ciudad para los sueños? Oh, queridos amigos, queridos lectores, siempre habrá lugar para los sueños.

domingo, 29 de junio de 2014

Una amiga

Entonces yo tenía una amiga a la que apreciaba realmente, como no he vuelto a querer a nadie. Nos gustaban las mismas cosas y detestábamos a la misma gente, que era la manera de ser amigos en la escuela. Yo la quería sobre todo porque era absolutamente honesta y absolutamente orgullosa, decía las cosas sin medir las consecuencias y nadie se atrevía a enfrentarla, aunque no creo que llegara a odiar a nadie.

Fuimos amigos toda la secundaria. Ella no cambió ni cuando se enamoró ni cuando comenzó a rodearse de otra gente, como suele ocurrirle a la gente de la escuela. Gala, por ejemplo. Gala había sido mi mejor amiga mucho tiempo, pero después de enamorarse se echó a perder. Me disgustaba que alguien que había sido tan valiosa se echara a perder sin ninguna razón, simplemente por haberse enamorado. Pero las mujeres tienen estas cosas.

Por eso apreciaba realmente a esta amiga. Era algo así como un recodo cálido al que siempre podías regresar cuando las cosas se ponían duras. Porque en ese tiempo tenías la obligación de aprender de los chicos y cómo funcionan las cosas aquí abajo. A veces salías mal parado. Como cuando tenías que decir que no. Decir que no era muy complicado; luego te sentías vencido y con frecuencia eso te quedaba por mucho tiempo. Pero era bueno volver a ese recodo y contarle esas cosas y oír con cuánta amabilidad ella le restaba importancia.

A ella le dolían las cosas funestas de la vida, como la deshonestidad y la traición. La vida no sería tan perra si las personas sufrieran más por estas cosas. 

En una ocasión discutimos por una tontería y dejamos de hablar durante meses, solo por conocer hasta donde podía llegar nuestro orgullo, y quién cedería primero.

Luego me enamoré de una de sus mejores amigas, y después de mucho sufrimiento, conseguí que esa muchacha me amara. No era tan difícil en ese entonces. Ella se puso feliz cuando se lo contamos a la vez que nos inquiría sobre cómo había podido ocurrir algo así a sus espaldas.

Más tarde yo ingresé demasiado pronto a la universidad. Y me perdí cosas que ahora no puedo disfrutar tanto, pero que disfruto de todas maneras. Allí me di cuenta de que en serio la apreciaba. La buscaba para salir a comer o dar unas vueltas por la alameda mientras fumábamos y ambos intentábamos pasarlo bien poniendo todo de nuestra parte y a veces hasta lo conseguíamos. Pero siempre se terminaba demasiado pronto.

En uno de sus cumpleaños conocí a su novio. Cuando llegué, su numerosa familia ya llenaba la pequeña salita de su casa. Ahí estaba el chico de su universidad. Era alto, pelucón y se dejaba la barba. Tenía además un no sé qué de misterio. Fue el último hombre que conocí que me agradó desde el inicio. Ese algo misterioso no era más que una fuente de bondad y buenas maneras que divertían a todos. Después de comer, nos fuimos a la vuelta de su casa a beber unas cervezas mientras hablábamos de cuánto queríamos a esa mujer y él no dejaba de repetir que tenía las mejores intenciones y que estaba muy enamorado de ella.

Hasta que tuve que confesarle lo que de verdad quería hacer con mi vida. Ella me escuchó, me tanteó y me dijo lo que más temía: que yo sería un completo imbécil si decidía hacer eso. Pero esos eran unos momentos difíciles y decidí no hacerle caso. Antes de despedirnos, me dijo: Si quieres escribir, enamórate.

Yo era demasiado orgulloso para aceptar que solo podría escribir estando enamorado y lo negué muchas veces y hasta que creo que me puse irrespetuoso. Luego ya no volvimos a hablar, y yo la perdí definitivamente, de esa manera en que solo se pierden a las personas que uno ha apreciado verdaderamente: sin terminar de creerlo hasta que alguien te cuenta lo mucho que ha pasado en la vida de esa persona.

No he vuelto a tener otra amiga así ni a apreciar a alguien con tanta seguridad. Cuando cumplió quince años le hicieron una fiesta. Un bus inmenso vino a recogernos al colegio y nos llevó a mí y a Toshio a la fiesta, que era en la casa de algún pariente, al otro lado de Lima. Estaba la familia que yo conocía, pero también habían bastantes personas que nunca había visto, como sus primas. Era un grupo de jóvenes muchachitas que sonreían mucho y se decían cosas de manera confidencial, a las que nosotros mirábamos con avidez. Aquella noche bailamos bastante, hasta que las chicas se sacaron los zapatos. La casa era angosta y amena, y cuando dejamos de bailar todavía nos divertimos un rato comiendo, bebiendo y viendo a las chicas descalzas, con el maquillaje bastante corrido por el sudor pero aun con ganas de bailar, porque al fin y al cabo esa era una fiesta por los quince años de mi amiga y un momento así no volvería a repetirse.

domingo, 8 de junio de 2014

Las casas

La casa está muy vieja. Ya casi nunca vamos a la casa. La vemos desde el auto achacosa, mohína. Presumimos que todo ha de seguir envejeciendo en su interior. El tiempo ha mermado los castillos, los palacios, las casonas; mermará también las casas. No viviremos más como hombres, cerca del suelo; sino en inconcebibles rascacielos, rodeados de comodidades. Quizás ya no tengamos que descender a las frías calles. La casa y las costumbres de las casas quedarán olvidadas, y al cabo de un tiempo, nosotros también seremos olvidados.

Las casas han influido en el sentir de las personas. No eran cómodas, es cierto; mucho que limpiar, rincones imposibles de barrer, incontables desplazamientos para ir de una habitación a otra. El recibidor, el porche, el patio, los bastidores, el garaje, la biblioteca, el jardín y la azotea. Hoy se prioriza la economía de los espacios, hoy se valora un poco más la libertad de las personas. 

Y aunque sea difícil encontrar un argumento mejor que este, ¡cómo se hacen extrañar las casas! 

Agoniza la vieja casa de dos o tres —¡y hasta cuatro!— pisos. ¿Agonizarán también sus habitantes? El hombre puede adaptarse casi a cualquier cosa: en algunos lugares ya ha prescindido totalmente de las casas y aparenta ser feliz de esa manera. Pero, ¿quién ha demostrado que el hombre haya descendido a la Tierra para ser feliz? (Quizás por eso nunca pueda ser feliz del todo.) 

Las nuevas casas buscan la felicidad, ¿qué buscaban las antiguas? Buscaban la dedicación, el compromiso, buscaban cultivar la responsabilidad, el buen gusto y el buen tino. Algo desencajados se han de sentir sus habitantes en el nuevo mundo, que todo lo hace rápido, que todo lo hace bien.

La vieja casa tiene grietas, polvo en todos lados, y una luz que no siempre alcanza los rincones más alejados (y es que en ocasiones se apuraba la construcción de las casas). La casa intuye que su destino es morirse. Así sin más, morirse: contemplar cómo crece la ciudad sabiendo que no tiene nada para darle. 

Sus vecinas, dos construcciones hacinadas de cuartos en alquiler, repletas de televisores que rugen todo el día, presionan a sus propietarios para que compren la casa. Esta contempla un árbol, igual de viejo que ella, observa la calle que se convirtió en asfalto, los niños tan distintos de los que albergó un día. Y la casa se llena de silencio sepulcral mientras los vecinos le van quitando las tapias, se apropian de sus cobertizos.

Solo un suceso alegra la casa. De vez en cuando, un visitante, un viejo amigo de la familia, arriba a la casa. Conocedor de las costumbres de sus propietarios, toca con los nudillos dos veces la puerta y espera. Se presenta antes los dueños: si lo invitan a pasar, entra discretamente; sino, consiente el ser atendido desde la puerta. 

Pero cada vez menos gente se interesa por los habitantes de esta antigua casa. Uno por uno, en días trágicos, en inevitables días, expiran, dejando mucho o sin dejar nada. Cuando fallezcan estos ancianos que habitan la casa desde hace mucho —¿sesenta, setenta años?— la casa correrá la misma suerte. Sabe que, aunque quisiera seguir viviendo, sus nuevos propietarios no podrían cuidar de ella, no sabrían que hacer con tanta casa.

jueves, 29 de mayo de 2014

El Roedor

El Roedor, que ahora se encuentra perdido —nos gusta pensar que ha encontrado la paz en la repetición de sus días, sin sobresaltos, sin imprevistos—, se preguntó un día: ¿Cuánto nos queda de todo lo que leemos? Y como en ese entonces solo tratábamos de vivir lo más rápido posible, su pregunta quedó sin respuesta. Yo quise, todavía quiero, pensar que es mucho lo que nos queda, pero consideremos —aunque nos parte el alma el figurárnoslo— que no sea así.

Y que de los recuerdos de los libros, que suponíamos tan vivos, inamovibles ya de nuestro espíritu, apenas sobreviva un vago recuerdo, rodeado de las tinieblas del olvido. También consideremos —todo ha de ser dicho— que nuestras lecturas hayan sido malas, a causa del pudor, de los malos hábitos, o de alguna pena que en ese momento nos roía el alma.

¿Y cuánto nos queda? Acaso no nos quede nada. Solo la confusa, vaga impresión que nos dejó ese libro. Solo recuerdo la emoción de las cosas, como dijo alguna vez Antonio Machado.

Lo horrible —esto tenemos que comprenderlo bien— no son los conocimientos perdidos. Los conocimientos son un arma que hace tanto daño al que los usa como a quienes se encuentran a su alrededor cuando los usa. Lo horrible es que de la alegría, del entusiasmo, de la emoción, no quede nada, que no se pueda volver a revivir la alegría, el entusiasmo y la emoción. Y una vez que estos sentimientos han sido alcanzados, es más difícil volver a alcanzarlos. 

Oír por ejemplo: Mis sentimientos por ti están muriendo y comprobar que todo ha de morir algún día. Hoy, en este mundo, en esta piedra, ¿quedará algo del dolor de César Vallejo?; en cada verso cincelado, en cada noble prosa fuerte, ¿algo de Abraham Valdelomar?, y en cada balsa, ¿un poquito de Chocano?

Qué desdichada vida proseguir para olvidar y llegar al punto en que creyendo que somos nosotros mismos estamos tan cambiados, tan lejos de lo que una vez fuimos. El Roedor sabe a lo que me refiero.Vuelve, amigo, y cuéntame el final de esta increíble historia, confiesa la respuesta a tu pregunta, señálame el camino, porque yo no lo veo. Y ríete, de ti, de mí, ¿por qué no de las cosas que nos pasan? Enséñame qué poco daño es capaz de hacer el tiempo y muéstrame todo lo que queda al fin de la jornada.







viernes, 23 de mayo de 2014

El escritor de la mala suerte

Pero que seas como eres me parece muy bien

Estas palabras, tomadas de una carta de Luis Loayza, describen de la mejor manera a Ribeyro. ¿Quién no quiere, quién no ha buscado nunca ser respetado por las personas que ama, ser un modelo de buenas costumbres? Pero ese cigarro que nos daña, esa botella que nos seduce, ese dinero que se va más pronto que el amor... todo lo reprimimos, para estar aquí, para pagar nuestro derecho a formar una familia y vivir dignamente. Y sin embargo, sin ese cigarrillo, sin esa botella, sin esos amigos impresentables, ¿qué sería de nosotros? Por un lado los vicios; por otro, las virtudes; pero ¿acaso no somos todos una suma de vicios y virtudes? Ribeyro poseía vicios como ningún otro hombre, pero era transparente como un niño.

Ricardo, que es todo generosidad, nos prestó una vez los diarios de Ribeyro. No pudimos soportar la tentación de sacar ese inmenso libro en el carro, en las clases. Y estuvimos tan lejanos esos días que llamamos la atención de Yuste, que nos pidió el libro. ¿Cómo negarle algo a nuestro amigo Yuste? Y Yuste, que de seguro pasaba por un mal momento, que no estaba siendo tratado con amor, se enteró de que Ribeyro, sin saber qué hacer con su vida, comienza a trabajar como practicante de derecho. El primer sueldo le dura un par de borracheras; el segundo, una tranca de dos días después de la cual termina durmiendo, junto con sus amigos, en un cuarto de hotel; al tercero, un desconocido se ha alojado en su cuarto y él lo mantiene sin saber por qué.

En otro ocasión nos llegó a la tienda una caja sellada. Eran treinta tomos gigantes, hermosos, de La palabra del mudo de Ribeyro. Pero un aura marginal parece seguir a nuestro autor a todas partes: los libros no se vendieron y, semanas después, la tienda estaba a punto de cerrar. Antes de que eso sucediera, Carlos y yo, luchando contra nuestra integridad, decidimos salvar unos tomos llevándolos a nuestras casas, y deseando que Ribeyro, que fue todo bondad, sepa perdonarnos.

¿Por qué queremos tanto a Ribeyro? Porque es como un amigo que te brinda su casa en tiempos de dificultad, que comparte su vino, que te cuenta sus penurias como divertidísimas anécdotas para sacarte del mal rato, que te muestra sus miedos, sus pensamientos, sus sueños inalcanzables, a ver si te sirven de algo, si decides tomarlos en cuenta, o por último, sepas que puedes retornar a su casa cuando los aprietos vuelvan a encontrarte.

Solo para fumadores es el mejor cuento del mundo. David, cuando todavía venía a clases, hablaba todo el tiempo de él: ese cuento es genial, decía, y te sacaba a escondidas para fumar un cigarrillo. Claro que las cosas han cambiado. Ahora quizás estaríamos a la altura de todo lo que fumaba David. Lo que no ha cambiado es el valor de las palabras sobre Solo para fumadores que pronunciara, en incontables situaciones, nuestro amigo: qué genial ese cuento.

Acaso sea injusto decir que Ribeyro es el mejor cuentista, como acaso lo sea asegurar que Vallejo es el mejor poeta; pero en este incomprendido y extraño país no hay mejor contador de historias que Ribeyro. No buscó la belleza, desdeñó la perfección, poco le importó la armonía, fingió desconocer las nuevas técnicas narrativas del cuento; Ribeyro se limitó a contarnos las cosas entretenidas que le pasaron, que vió o escuchó decir a sus amigos. Sus libros están repletos de borrachos, ladrones, abogados, obreros, comerciantes, niños, abuelos, profesores, vagos, que tienen el don de equivocarse siempre, pero que son incapaces de albergar odio en sus corazones. 

Hubo un tiempo en que Andrew me acompañaba todas las tardes a la Casa de la Literatura. Ya nos conocían, pero procurábamos no incomodar a nadie ni que nos incomodaran. Llegábamos, nos sentábamos y leíamos tres o cuatro horas en silencio. Si pasaba algún conocido, agachábamos la cabeza. De vez en cuando compartíamos una frase ingeniosa que encontrábamos o algún pasaje que nos parecía memorable. Andrew leía, más que todo, poesía; yo revisaba una y otra vez las cartas de Ribeyro. Y así se pasaban nuestras tardes, en completa alegría. En una de esas cartas, Ribeyro le cuenta a su hermano que un muchacho ha ido a visitarlo y le ha caído muy bien, que piensa contratarlo para que lo ayude a ordenar tantos manuscritos y papeles desperdigados por toda la casa. Luego, en otra carta, le cuenta que el joven, llamado Javier Heraud, ha viajado repentinamente a Rusia y espera que vuelva pronto. Andrew y yo nos quedamos perplejos y salimos de la sala, pensando en cómo un pequeño cambio en las circunstancias de la vida de ambos vagabundos hubiera cambiado toda nuestra historia...

Fue Ribeyro quien dijo que cada escritor poseía el rostro de su obra, y también aquello de que llega una edad en la que cada quien es responsable de su propio rostro.

¿Qué decir finalmente de Ribeyro? Decir que fue, por sobre todo, el escritor de la mala suerte. Pero no hablamos del azar que te desencaja, que te envilece, sino de aquel azar ante el cual solo te queda reírte de tu suerte, preguntarte qué más falta y sentarte a esperar su llegada, porque el mundo es así y es mejor resignarse a tratar entender la vida. Ribeyro, desde París, lucha por publicar su primer libro, pero ninguna editorial lo acepta, argumentado que su prosa está demasiado imbuida de Faulkner; Ribeyro se extraña, medita un rato y llega a la conclusión de que para sacarse a Faulkner no le queda otra que empezar a leerlo. Colocan un busto suyo en una plaza de Miraflores y a los pocos días unos fumones se lo roban y lo venden. Pasa meses sin hablar con nadie en ciudades remotísimas de Europa, porque desconoce el idioma; lo confunden con Vargas Llosa; es invitado a conferencias donde no hay un solo asistente; es blanco de un sinfín de enfermedades; llega a ganar el premio Juan Rulfo, pero no puede viajar a recibirlo, porque recae de una antigua enfermedad, la misma que acabará matándolo tan solo semanas después.

Tiene una divertidísima anécdota, de cuando, pesando cuarenta kilos, con un cáncer muy avanzado, escapa milagrosamente de la muerte valiéndose de un montón de cucharitas para el té. Pero esta historia la cuenta mejor Ribeyro, y en fin, solo nos queda decir que, de cualquier manera, nos contentamos con que Ribeyro haya sido el hombre que fue, y solo así nos haya dejado tanto.