sábado, 7 de julio de 2012

De los descubrimientos que últimamente he tenido la suerte de presenciar




Siempre he escrito, desde que tengo memoria he escrito. Pero no fue sino hace dos años en que decidí tomarlo en serio. En ese entonces pensaba que escribir se trataba de musas, de conseguir la inspiración que sacara lo mejor de ti para verterlo sobre el papel. De conseguirla de cualquier modo, si era necesario. Pensaba, además, que todos los libros se escribían así. Al terminar el primer año de mi nuevo pasatiempos hice una revisión de todo lo que había escrito. Habían cosas muy buenas, cosas realmente buenas, pero en general, bastante escasas.

Era increíble la diferencia entre algunos textos que —sin ser espectaculares— sonaban sinceros, entrañabales, con otros que solo sobresalían por lo pedante e inapropiado de sus líneas. Ya lo sospechaba pero aún así fue una sorpresa descubrir que los mejores textos eran los que había escrito sumergido en una pena muy honda o en una alegría indescriptible. En ambos casos, las causas de mi excitación habían sido amorosas. Por un lado, aquello me reconfortó, al comprobar esa vieja sospecha de que mi alma estaba predispuesta al romanticismo. Pero por otro, fue deprimente reconocer que en ese momento me era imposible escribir bajo un estímulo distinto del amoroso, como el cómico, filosófico o intelectual.

En ese entonces ya me asaltaba la idea de dedicarme a alguna profesión relacionada con las letras, que me exigiera escribir cuentos, crónicas, reportajes y novelas. Lamentablemente, en el estado en que me encontraba —un ser cuyo desempeño literario estaba ligado a los vuelcos amorosos de su vida— eso era imposible. Fue así que, creyendo que por mi bien y yendo en contra de mis instintos, decidí cambiar de estrategia.

Me implanté un régimen en el que debía de leer de tres a cuatro libros al mes y dedicar una hora diaria como mínimo a escribir. No importaba si me sentía predispuesto o no, inspirado o desganado, la consigna era escribir. A veces era insoportable el tener que enfrentarse a la hoja en blanco, ansioso por poner algo bueno, molesto por las ideas que no llegaban. En esas ocasiones un sentimiento de frustración se apoderaba de mí, uno del que estoy seguro me hubiera derrotado de no ser por la influencia de un escritor que tuve la suerte de conocer por medio de sus libros.

Se trataba de Mario Vargas Llosa, al cual admiraba con cierto recelo. Sucedió que un día me topé con un testimonio suyo en el cual confesaba que a él le había ocurrido algo parecido. En sus inicios, solía sentirse invadido por el desgano, la flaqueza: por el miedo al fracaso. En esos momentos, decía, apelaba a su voluntad. Él sabía que no era un escritor talentoso, que no había nacido con ese maldito don de escribir que sí poseían otros autores; pero estaba convencido de que a base de esfuerzo, de sudor, de sacrificio, podía ser capaz de suplir sus carencias. Su refrán era la voluntad puede darle órdenes a la poesía. Inmeditamente me identiqué con él. Tenía razón, habían dos tipos de escritores: aquellos que nacen con el talento, que tienen en sus venas la literatura y la poesía, y aquellos que en base a su perseverancia, a su voluntad, logran hacerse escritores. Si era así, entonces yo pertenecía al segundo grupo.

Nuevamente pasó un año y era hora de revisar lo avanzado. Tengo que decir que estaba muy emocionado por ver mi progreso, y que eso, en parte, alimentó la profunda desazón que sentí luego de contemplar mi fracaso. La gran mayoría de mis textos eran impecables, tenían un ortografía perfecta y un orden estricto, pero a su vez, eran ajenos, fríos, no me podía reconocer en ellos. Parecían haber sido escritos por un robot, por un narrador de noticias, antes que por mí. El ángel que inundaba las páginas de mis primeros textos a pesar de ser estos desordenados e inconclusos, se había perdido. En el afán de querer escribir con propiedad, corrigiendo cada coma, cada punto, cada tilde, había perdido mi esencia, mi calidez y mi alma.

Fueron los peores momentos, he de admitirlo. La desesperación se transformó en furia, en deseos mandar todo al tacho y retomar el viejo romance con los fríos números. Fue en ese instante de terror, en el que llegué a estar a punto de abandonar la carrera de humanidades a la que me había cambiado por ser consecuente con mis aspiraciones, que tuve otro descubrimiento. El de los compañeros que, sin darme cuenta, habían comenzado a poblar mi biblioteca, contándome sus secretos, revelándome sus historias. Cada uno era diferente del otro en sus características, en su forma; pero a su vez, todos ellos eran especiales, únicos y ninguno le restaba protagonismo a sus vecinos. Estoy seguro que ellos me lo dijeron, que fueron ellos los que me hicieron digno del más importante secreto de los grandes narradores: que cada escritor debe encontrar su estilo. Eran importantes la ortografía, las técnicas, las correcciones, pero más importante aún era no perder la esencia en ese discurrir de recursos. Es eso lo que le da vida, fuerza y pasión a los personajes, ellos se alimentan de su creador, de sus vivencias, de sus éxitos y fracasos, y sin ellos, no son más que simples monigotes usados para contar una historia.

Había pues que encontrar un estilo, había pues que jamás descuidar la forma compuesta por otros elementos como la ortografía, el orden y los recursos. Ese era el camino correcto y había pues, que seguirlo. Es una tarea que vengo realizando y de la que me siento feliz de participar, esperando algún día encontrar la ruta que me lleve a ser ese escritor que deseo ser. Y que me tendrá a mí como modelo.

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