sábado, 18 de octubre de 2014

Deseos del corazón

Hoy voy a describirte mi casa. La casa donde vivo es grande. Tiene tres pisos y un balcón muy bonito sobre la terraza. Antes, yo tenía una habitación aquí en el tercer piso, una especie de cuarto de estudio, donde estaban la computadora, un escritorio que me envió mi tía y mis libros. Yo subía todas las noches para intentar escribir; escribía cosa que en ese momento me hacían sentir muy dichoso y que estaba camino a ser un escritor; pero cuando volvía a leerlas descubría que eran malas, que no expresaban lo que yo había querido decir. Y entonces volvía a escribir de nuevo, pero esta vez con más cuidado.

Cuando venían mis amigos encontraban este cuarto lleno de papeles garrapateados y exclamaban: "¡Pero qué tanto escribes!", y yo me sentía un poco orgulloso de haber escrito tanto. Luego comencé a escribir en cuadernos. Eran unos cuadernos azules de la marca Ray Perú. Me agradaban por su seriedad y discreción, como deben ser los cuadernos de un escritor. Recuerdo que compré varios de una vez, de diferentes tamaños, y me dije:

—Muy bien, estos cuadernos pequeños tienen que ser para escribir. No es bueno que yo escriba en cuadernos muy grandes porque podría desanimarme. Lo mejor será que los cuadernos grandes los use como cuadernos de citas.

Y en esos cuadernos escribía las partes más asombrosas de los libros que leía. Una vez transcribí una cita de tres páginas que trataba sobre la astucia de los animales y que los ordenaba de esta forma: caballo, perro, gato, rata y burro, siendo este el más astuto, ya que no tenía ninguna obligación reproductiva con su especie, y por consiguiente, hacía lo que venía en gana (el libro era The Reivers, de William Faulkner).

Los cuadernos pequeños los acababa en algunos meses. Me propuse terminarlos cada vez más rápido, porque un escritor debe tener multitud de cuadernos con cosas muy interesantes para mostrar a los curiosos. El primero me duró cuatro meses; el segundo, tres meses y medio, tres meses el tercero. ¿Y el cuarto? —tú te preguntarás—, pero no hubo un cuarto.

Cuando fui a la librería ya no los vendían. Pregunté a la dependiente y me dijo que habían dejado de trabajar con la empresa y no sabía dónde podía encontrarlos. Estuve buscándolos un tiempo, pero no los encontré y asumí que ya no los vendían en ninguna parte. Esto me puso muy triste, porque uno se acostumbra a sus instrumentos de trabajo, como se acostumbra a una manera de vestirse y no se siente igual en otros atuendos.

Entonces me dije:

—Bueno, no has encontrado tus cuadernos. Pero aun no has escrito lo suficiente para ser un escritor; es más: aun estás aprendiendo. Lo que debes hacer ahora es comprar cualquier cuadernos y ponerte a escribir. Entonces estarás un poco más cerca de ser un escritor y quizás hasta consigas olvidarte de lo mucho que te gustaría serlo.

Y eso fue lo que hice. Me puse a escribir en cualquier cuaderno o papel que tuviera a la mano. Y no creo que llegue el día en que los curiosos se interesen por unos papeles desperdigados.

Veo que pensaba hablarte de mi casa y he terminado por contarte sobre mis materiales de trabajo. Más tarde te contaré cómo es mi casa. Lo que tenga que ser será a su debido tiempo y seguro hay una razón, aunque ni tú ni yo la sepamos, para que tú supieras estas cosas en este momento.

Un fuerte abrazo y un cariñoso beso.

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