lunes, 21 de octubre de 2013

Un mensaje para Eneas

Hoy, en esta noche húmeda tanto llover, estoy pensando en usted. Los chopos que diariamente me encuentro al salir de casa me han hablado de usted por la mañana. Pero al rato estos chopos han enmudecido porque es mejor hablar de usted en días cálidos. Y yo recuerdo que era bueno esconder el frío debajo las veinte capas de su abrigo. A veces nos figuramos importantes y emprendemos obras de gran revuelo: se piensan cosas como esta para no caer en la cuenta de que es usted lo que nos hace falta.

Ya durante la tarde, después de los terribles alimentos, un silencio nos viene a hablar de usted. Y nosotros dormíamos de lo más tranquilos en el parque. Es un silencio profundo y orondo, más terco que una mula, que se empeña en hacer doler la imagen suya. ¿Cómo la recuerdo yo? Yo no sé bien qué responder a estar pregunta. Hay carne por todo su cuerpo, es uted carnal, señora. Que la carne no se agota en su universo, que es todo creación, que la vida parte de usted, nace de usted, señora.

En un salón de clases donde todos se unifican y a veces hasta se confabulan me han dicho de usted cosas infames. ¡Con cuánto valor la defendí de una y otra arremetida! Y cuando estaba más rendido le sonsaqué fuerzas al diablo para poder hablar bien de usted y que no se malentienda. Porque déjeme decirle que la pienso en los salones y también fuera de ellos. Hay en el aire unas partículas diminutas que me recuerdan a usted, y usted viene y pregunta que cómo quiere que la recuerde si de usted cabe esperar cualquier cosa, si usted en unos meses ya me habrá olvidado.

Y así es como me doy cuenta que es muy tierna cuando se me enfrenta, es muy dulce cuando le molesta algo y me ordena, y es conmovedora cuando se equivoca y no sabe más que decir. Hay en el aire un polvillo que me impide pensar de momento en otra. Cuando se acabe dejaré de pensar en usted ya para siempre.

De seguro habrás oído la triste historia de Dido y Eneas. Nosotros desconfiamos de su final: nosotros pensamos que Dido prometió esperar a su marido hasta que su aroma abandonase su cuerpo. Y ella envejeció a tal punto que la muerte le cerró las puertas, pero siguió esperando la vuelta de Eneas. Dido no se retiró; si este polvo podría darle mil vueltas a la tierra antes de desvanecerse.

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