martes, 2 de julio de 2013

Hoy voy a hablar desde la ira

Voy a contarles de mi amigo Yuste. Yuste es, desde luego, un seudónimo. Yuste es un amigo de la universidad. Cuando solo éramos compañeros yo llevaba un diario y Yuste otro, y solíamos enfrascarnos en terribles batallas por los periódicos que debían leerse en la capital. Hombre inteligente y de buen discurso es Yuste. Es tan terco que sus opiniones parecían llegarle desde sus antepasados, y claro que él no debía traicionarlos. Pero si pactábamos una tregua para derrotar a un enemigo en común nos hacíamos invencibles. Después del periodo de adaptación, que en nuestro caso fue muy largo, ya renunciamos a todo intento por convencernos y se volvió una cortesía aceptar que el otro podía estar en lo correcto. Íbamos al último piso de la facultad, nos sentábamos en el suelo y atacábamos al mundo.

Las últimas semanas he tratado al amigo Yuste de muy mala manera. Yo no sabía la razón, y no podía soportarlo. Pero hoy he dedicado un momento a pensar en nuestra situación y me ha dolido la respuesta. Y me he llenado de ira hacia Yuste.

Hace unas semanas, Yuste estaba a punto de reprobar un curso. Su situación provenía en gran medida de no contar con el material requerido por el profesor. Yuste lo tendría recién las últimas semanas, y lógicamente no había aprendido demasiado. Podía aprobar, desde luego, Yuste es un tipo muy valioso, pero justo y honorable también es, así que decidió reprobar el curso y ya el próximo año llevarlo de la mejor manera. Yo estaba muy orgulloso de ser amigo de un hombre como Yuste.

Luego fue que sin razón Yuste comenzó a visitar al profesor en horas extracurriculares. Yo creí que algo grave ocurría con mi amigo y fui a verlo. Me dijo que no podía perder el curso, que el próximo año tenía planeadas muchas cosas, y que trataría, por todos los medios, de salvarlo. Yo en ese momento no reaccioné, apenas si me conmoví, pero una profunda decepción se había asentado en mi pecho.

El amigo Yuste aprobará el curso; siempre tuvo grandes aptitudes para el estudio.

Pero yo estoy muy enfadado. Cuando Yuste me dijo que prefería reprobarlo antes de pasar así, sin saber nada, noté que estaba convencido de sus palabras, que era un hombre íntegro y jamás se traicionaría a sí mismo. Pero después salió con que debía aprobar como fuera, que tenía planeadas cosas importantes. En fin, el amigo Yuste era como todos: siempre tenía cosas planeadas. Y por esas cosas de seguro importantísimas sería capaz de negar sus palabras, de luchar contra sus principios, de retar a su corazón. Eso algo tan difícil de entender.


Yo deseo profundamente que el amigo Yuste vuelva a ser el de antes. Yo deseo verlo bien y sereno. Siempre hay esperanza para todos y uno aprende a ser bueno. La verdad, Yuste, qué no daría por evitarte los dolores de conciencia que esto te traerá.

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