viernes, 10 de mayo de 2013

Conversaciones sobre la castidad de Javier Heraud*


—Heraud murió virgen —digo yo, segurísimo.
—No mates la imagen que tengo de Heraud —dice Elizher, ofendida.

Estamos recorriendo la facultad con los afiches del homenaje que Elizher le está organizando al poeta. Agazapados, avizoramos el panorama, elegimos el lugar más estratégico y colocamos el afiche. Optamos por la cinta o por los chinches, dependiendo del caso.

—No creo que Heraud haya muerto virgen —dice Luis, que nos acompaña.
—Al territorio que pertenece su poesía no pueden aspirar personas sucias, impuras —no digo, pero rumio, ensimismado.
—Pensándolo bien, yo tampoco creo que haya muerto virgen —dice Elizher mirando la fotografía de Heraud en los afiches.
—Esa foto se la tomaron cuando era profesor de inglés —digo yo, altanero—. Sale bien guapo, ¿no?

Todos apreciamos el rostro aguerrido de Heraud. Se encuentra ladeado, con la mirada fija, clavada en una especie de fantasma. Es un rostro decidido y golpeado, que despide más virtudes de las que puede poseer una persona. Solo la imperfección de su nariz lo devuelve al territorio de los hombres. Sus manos cruzadas y suspendidas en el aire son las de un eterno cavilador. Un reloj brilla en su muñeca. Sus anchas espaldas son cubiertas por un terno elegantísimo. Yo no puedo contener más mi admiración por el gigante.

—Es demasiado bien parecido este hombre; si fuera mujer, me enamoraría de él en el acto, ¿tu también, Elizher? —digo yo, liberado.
—Sí, hasta lo perseguiría. Es el hombre perfecto —dice Elizher, enamorada.
—Byron fue más atractivo —dice Luis, desafiándonos.
—Byron fue guapísimo —coincidimos, Elizher y yo.

En esta pequeña conversación cada uno nombra a un ostentoso poeta. Al final, se impone un argumento de Luis bajo el cual el poeta más bello fue César Vallejo.

—Heraud, como todos los poetas, seguro dispuso de muchas mujeres. No creo que muriera virgen —dice Luis, apenado.
—Se trataba de un monstruo, un ser demencial, una bestia implacable con las mujeres —digo yo, divertido.
—Ahora ya no sé, puede que no muriera virgen. ¿A qué edad murió? ¿a los veintiuno, verdad? Tenía mi misma edad —dice Elizher, amorosa.

Sobran algunos afiches, pero la mayor parte ya está repartida por toda la facultad. Elizher se despide por este día. Luis y yo nos quedamos pensativos, dudando entre ir a comer, a clases o al bar. (Yo, sin querer, he realizado un asombroso descubrimiento. Esta es una buena forma de tratar a los poetas: hablar de ellos como si fueran nuestros amigos, humanizarlos. Quizás así vuelvan a ser leídos. El día de hoy, yo estoy más agradecido que nunca con Javier Heraud, ese joven que a mí y a muchos de mi generación nos enseñó a leer poesía.)

*Cambio de una palabra en el título, de virgen a casto, por recomendación de mi amigo Andrew.

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