martes, 15 de abril de 2014

Los tres misterios

Cuando las cosas hayan cambiado y las personas piensen diferente, ¿qué les diremos a aquellos que quieran saber de nuestra generación?, aquellos que, más generosos y tolerantes que nosotros, vengan a rescatar del olvido esas emociones, esos sentimientos que guardábamos y que motivaron tantas impulsivas acciones.

¡Qué difícil tarea nos espera! ¿Acaso combatiremos contra la nueva generación que se avecina? ¿Para qué? Es mejor aunar fuerzas con ellos, contarles lo que hicimos y lo que no pudimos hacer: si fueron agitados nuestros días o cayó la noche muy pronto, si fue desleal la mano amiga o nos perdimos cuando apenas comenzábamos a conocer el mundo.

Yo resumiría el espíritu de nuestra generación en tres frases que han sido tomadas —torpemente, irresponsablemente— de las crónicas de mis compañeros. Lo hice porque creo que ellas encierran tanto la felicidad como la desdicha que llevamos, y es en la felicidad y en la desdicha donde mejor se aprecia el espíritu de una época.

"Como es de mi costumbre luchar contra las cosas..."

Es inevitable que en ante esta frase nos duela el alma, nos abrumen los recuerdos, nos abandonen las fuerzas, quizás nos asalten las tristezas mientras vislumbramos con claridad todos los tráfagos, todas las vicisitudes, todas las prisas que hemos encontrado. Hasta que aceptamos que toda la felicidad que podíamos alcanzar era mundana; todo triunfo, pasajero, y que contra las cosas de este mundo solo cabía la resignación o la lucha imperecedera.

"Me serví una taza de té de naranja..."

Y es por las mujeres —¿cuándo no es(como dijo Byron) por las mujeres?— que la vida es confortable. Ya se terminó el tiempo de los grandes movimientos y de los hombres solitarios, de los ideales generosos y de los caminos repletos de dificultades. Hoy en día todo lo inesperado, lo valioso, lo real lo encontramos en las mujeres. ¿Lo encontrarán asimismo ellas en nosotros? Las mujeres siguen siendo inexpugnables, más misteriosas que nunca, y con su consentimiento o con su refutación siguen decidiendo el destino de los hombres. Porque el capricho de una mujer es capaz doblar la voluntad de mil ejércitos, y solo ella habría podido esculpir con semejante dulzura una frase como esta.

"Comimos siempre alegres..."

¡La alegría! Ya hemos explorado la tristeza: exploremos ahora la alegría. El autor de esta frase es un hombre especial, un hombre que quiere decirlo todo, pero lo calla, un hombre que a todas las luchas le añade la lucha consigo mismo. Este hombre no es mi amigo, posiblemente nunca lo sea, pero es conmovedor el modo en que halló la felicidad. Estas palabras no pudieron haber sido escritas por un hombre triste, pues el hombre triste se retuerce en su propia soledad, y este hombre imaginó la felicidad no como algo para sí, sino como algo entre dos, un estado que es más fácil de alcanzar en compañía, y qué mejor compañía que la buena mesa. Hay las comidas sobrias y frugales, hay las comidas generosas y abundantes; un alma noble se place en ambas mesas; no le exige más al cielo ni desprecia la bendición de un día: es hombre resignado y siempre alegre, y si algo he querido decir con todo esto es que nosotros también conocimos la alegría.


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