domingo, 8 de junio de 2014

Las casas

La casa está muy vieja. Ya casi nunca vamos a la casa. La vemos desde el auto achacosa, mohína. Presumimos que todo ha de seguir envejeciendo en su interior. El tiempo ha mermado los castillos, los palacios, las casonas; mermará también las casas. No viviremos más como hombres, cerca del suelo; sino en inconcebibles rascacielos, rodeados de comodidades. Quizás ya no tengamos que descender a las frías calles. La casa y las costumbres de las casas quedarán olvidadas, y al cabo de un tiempo, nosotros también seremos olvidados.

Las casas han influido en el sentir de las personas. No eran cómodas, es cierto; mucho que limpiar, rincones imposibles de barrer, incontables desplazamientos para ir de una habitación a otra. El recibidor, el porche, el patio, los bastidores, el garaje, la biblioteca, el jardín y la azotea. Hoy se prioriza la economía de los espacios, hoy se valora un poco más la libertad de las personas. 

Y aunque sea difícil encontrar un argumento mejor que este, ¡cómo se hacen extrañar las casas! 

Agoniza la vieja casa de dos o tres —¡y hasta cuatro!— pisos. ¿Agonizarán también sus habitantes? El hombre puede adaptarse casi a cualquier cosa: en algunos lugares ya ha prescindido totalmente de las casas y aparenta ser feliz de esa manera. Pero, ¿quién ha demostrado que el hombre haya descendido a la Tierra para ser feliz? (Quizás por eso nunca pueda ser feliz del todo.) 

Las nuevas casas buscan la felicidad, ¿qué buscaban las antiguas? Buscaban la dedicación, el compromiso, buscaban cultivar la responsabilidad, el buen gusto y el buen tino. Algo desencajados se han de sentir sus habitantes en el nuevo mundo, que todo lo hace rápido, que todo lo hace bien.

La vieja casa tiene grietas, polvo en todos lados, y una luz que no siempre alcanza los rincones más alejados (y es que en ocasiones se apuraba la construcción de las casas). La casa intuye que su destino es morirse. Así sin más, morirse: contemplar cómo crece la ciudad sabiendo que no tiene nada para darle. 

Sus vecinas, dos construcciones hacinadas de cuartos en alquiler, repletas de televisores que rugen todo el día, presionan a sus propietarios para que compren la casa. Esta contempla un árbol, igual de viejo que ella, observa la calle que se convirtió en asfalto, los niños tan distintos de los que albergó un día. Y la casa se llena de silencio sepulcral mientras los vecinos le van quitando las tapias, se apropian de sus cobertizos.

Solo un suceso alegra la casa. De vez en cuando, un visitante, un viejo amigo de la familia, arriba a la casa. Conocedor de las costumbres de sus propietarios, toca con los nudillos dos veces la puerta y espera. Se presenta antes los dueños: si lo invitan a pasar, entra discretamente; sino, consiente el ser atendido desde la puerta. 

Pero cada vez menos gente se interesa por los habitantes de esta antigua casa. Uno por uno, en días trágicos, en inevitables días, expiran, dejando mucho o sin dejar nada. Cuando fallezcan estos ancianos que habitan la casa desde hace mucho —¿sesenta, setenta años?— la casa correrá la misma suerte. Sabe que, aunque quisiera seguir viviendo, sus nuevos propietarios no podrían cuidar de ella, no sabrían que hacer con tanta casa.

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