domingo, 3 de agosto de 2014

Dejemos dormir a Reina

La plaza es un discreto cuadrado cubierto de tierra con un monolito al centro. Hemos visto fotos de esta misma plaza, hace algunos años, cuando reverdecía y la copaban cientos de personas durante las fiestas patronales. Hace unos meses la tierra fue volteada para instalar el desagüe; dicen los pobladores que en unos meses, con las lluvias, la plaza volverá a florecer. Unas cuantas plantas se han refugiado en las puertas de las casas, antiguas y señoriales, con balcones y alfeizares crujientes y apolillados. Frente a la carretera, al otro lado del valle, se alzan las montañas de la cordillera, pardas, con la cosecha casi a punto. Las nubes son anchas y consistentes y se desplazan lentamente hacia el sur. Hasta ahora, solo hemos podido apreciar las estrellas un poco antes del amanecer. Los estudiantes de arqueología dicen que algunas de estas constelaciones únicamente son visibles desde el ecuador, y que existe una antigua leyenda, según la cual el Incario comenzó a desmoronarse cuando la panaca real de Huáscar se desplazó al norte del imperio y determinó, mediante cálculos astrales, que el Cuzco no era el centro del universo.

Viajamos por la ruta más usual, toda la costa hasta Chiclayo y luego por la sierra hacia Cajamarca. Debido a la oscuridad, apenas vemos la carretera y algunos pueblos estragados y una ciudad que suelta un profundo olor a pescado. Le damos a una cantimplora llena de pisco, que Mamapi nos llenó generosamente antes de partir. Ricardo está junto a la ventana, al lado de Karlo, que estira la mano a través del pasillo para cederme la cantimplora. La chica que está a mi izquierda nos mira y sonríe, como queriendo conversar o acaso un trago. Lo que traemos nos alcanza para llenar tres veces la cantimplora. 

Pronto Ricardo se adormita sobre la ventana, envuelto en su casaca. Toma un par de tragos más y se duerme profundamente. Apenas se siente el movimiento del bus. Karlo está más animado y nos entretenemos imaginando situaciones tortuosas, situaciones felices, situaciones imprevistas. No tarda en acabarse el pisco y Karlo extrae la botella de su mochila y llena cuidadosamente la cantimplora.

La chica que viaja conmigo se llama Reina. Vive sola en Lima y se lamenta de no haber viajado antes, pero no le querían dar el permiso en la Marina. Me pide cortésmente que deje de beber y yo le digo que eso es imposible. Le ofrezco un trago y lo rechaza y yo me lamento por ello. Reina se dirige a Jaén llevando un montón de cosas para sus hermanos, a quienes no ve desde hace mucho. Confía en que al menos uno se vaya a vivir con ella a su cuarto en la avenida Colonial, donde el frío es cada año más terrible y uno nunca se acostumbra. De rato en rato recibe un mensaje, y yo aprovecho para darle a la cantimplora, que Karlo me alcanza generosamente.

Reina dice que estoy borracho y se echa a dormir. Pero yo la despierto y le pido que por favor continúe hablando, que me hace mucho bien oírla. Me habla de su supuesto encuentro con Dios y de su renacimiento. Sabía que estaba resultado demasiado bien, y yo no quiero renacer, sino aprovechar lo que tengo y mi carácter. Vuelven a llamarla; Reina dice un par de palabras y cuelga. Decido dejarla dormir y me concentro en la cantimplora, que es menester volver a llenar. Karlo se pone a escuchar música y al rato también se duerme. Ya no hay nada que hacer, así que le doy a la cantimplora hasta terminarla e intento dormir, sin molestar a nadie. Antes de perder el conocimiento llego a la conclusión de que, tal como sospechaba, ese pisco tenía un sabor excelente. 

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