lunes, 1 de octubre de 2012

Breve epílogo de un romance fugaz


Hoy la he vuelto a ver después de algunos días y todo ha estado bien. Hemos conversado y bromeado sobre lo frágil y delicado de su figura pero sin caer en ningún momento en discusiones. Lo más cercano fue cuando insinué que podría llevar su peso con todo ropa y accesorios como mochila. Afortunadamente, en ese instante apareció un señor que nos entregó un papel con algo de una conferencia que nos concernía a ambos y aquello nos distrajo. Luego ya no hubo más brusquedad en parte porque estuve muy pendiente de mi vocabulario.

Luego buscamos a una amiga suya por toda la universidad pero esta no ha aparecido. La llamó varias veces y la respuesta varió dentro del silencio, la contestadora y las inquietantes timbradas. Es justo decirlo, ya que de haber aparecido su amiga no habría sabido donde meter mi presencia para no parecer un inoportuno. Incluso fuimos a su facultad y seguimos sin obtener pista de su paradero. Yo ya estaba insoportable de puro contento y fue necesario que atribuyera mi alegría a un trabajo cuya entrega se había pospuesto repentinamente. Sonó falso y atroz y, sin embargo, ha bastado para disipar sus sospechas. De todos modos se suponía que no me importaba ya que me estaba tomando la molestia de acompañarla.

No habiendo aparecido la susodicha ella no tenía con quien ir en el carro y, siendo su viaje un poco peligroso, me ofrecí como voluntario sin mediar lo diferente de nuestros destinos. Noté que asentía con cierto desdén pero en ese momento estaba demasiado contento como para tomarle importancia. Pasamos unos minutos en el paradero y yo me encontraba en medio de una frase cuando llegó su carro y ella se subió presurosa y yo me quedé parado aún con mi frase y sin saber si debía de ir tras ella o intuir que nuestra manera de ver las cosas era bastante desigual.

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