viernes, 23 de mayo de 2014

El escritor de la mala suerte

Pero que seas como eres me parece muy bien

Estas palabras, tomadas de una carta de Luis Loayza, describen de la mejor manera a Ribeyro. ¿Quién no quiere, quién no ha buscado nunca ser respetado por las personas que ama, ser un modelo de buenas costumbres? Pero ese cigarro que nos daña, esa botella que nos seduce, ese dinero que se va más pronto que el amor... todo lo reprimimos, para estar aquí, para pagar nuestro derecho a formar una familia y vivir dignamente. Y sin embargo, sin ese cigarrillo, sin esa botella, sin esos amigos impresentables, ¿qué sería de nosotros? Por un lado los vicios; por otro, las virtudes; pero ¿acaso no somos todos una suma de vicios y virtudes? Ribeyro poseía vicios como ningún otro hombre, pero era transparente como un niño.

Ricardo, que es todo generosidad, nos prestó una vez los diarios de Ribeyro. No pudimos soportar la tentación de sacar ese inmenso libro en el carro, en las clases. Y estuvimos tan lejanos esos días que llamamos la atención de Yuste, que nos pidió el libro. ¿Cómo negarle algo a nuestro amigo Yuste? Y Yuste, que de seguro pasaba por un mal momento, que no estaba siendo tratado con amor, se enteró de que Ribeyro, sin saber qué hacer con su vida, comienza a trabajar como practicante de derecho. El primer sueldo le dura un par de borracheras; el segundo, una tranca de dos días después de la cual termina durmiendo, junto con sus amigos, en un cuarto de hotel; al tercero, un desconocido se ha alojado en su cuarto y él lo mantiene sin saber por qué.

En otro ocasión nos llegó a la tienda una caja sellada. Eran treinta tomos gigantes, hermosos, de La palabra del mudo de Ribeyro. Pero un aura marginal parece seguir a nuestro autor a todas partes: los libros no se vendieron y, semanas después, la tienda estaba a punto de cerrar. Antes de que eso sucediera, Carlos y yo, luchando contra nuestra integridad, decidimos salvar unos tomos llevándolos a nuestras casas, y deseando que Ribeyro, que fue todo bondad, sepa perdonarnos.

¿Por qué queremos tanto a Ribeyro? Porque es como un amigo que te brinda su casa en tiempos de dificultad, que comparte su vino, que te cuenta sus penurias como divertidísimas anécdotas para sacarte del mal rato, que te muestra sus miedos, sus pensamientos, sus sueños inalcanzables, a ver si te sirven de algo, si decides tomarlos en cuenta, o por último, sepas que puedes retornar a su casa cuando los aprietos vuelvan a encontrarte.

Solo para fumadores es el mejor cuento del mundo. David, cuando todavía venía a clases, hablaba todo el tiempo de él: ese cuento es genial, decía, y te sacaba a escondidas para fumar un cigarrillo. Claro que las cosas han cambiado. Ahora quizás estaríamos a la altura de todo lo que fumaba David. Lo que no ha cambiado es el valor de las palabras sobre Solo para fumadores que pronunciara, en incontables situaciones, nuestro amigo: qué genial ese cuento.

Acaso sea injusto decir que Ribeyro es el mejor cuentista, como acaso lo sea asegurar que Vallejo es el mejor poeta; pero en este incomprendido y extraño país no hay mejor contador de historias que Ribeyro. No buscó la belleza, desdeñó la perfección, poco le importó la armonía, fingió desconocer las nuevas técnicas narrativas del cuento; Ribeyro se limitó a contarnos las cosas entretenidas que le pasaron, que vió o escuchó decir a sus amigos. Sus libros están repletos de borrachos, ladrones, abogados, obreros, comerciantes, niños, abuelos, profesores, vagos, que tienen el don de equivocarse siempre, pero que son incapaces de albergar odio en sus corazones. 

Hubo un tiempo en que Andrew me acompañaba todas las tardes a la Casa de la Literatura. Ya nos conocían, pero procurábamos no incomodar a nadie ni que nos incomodaran. Llegábamos, nos sentábamos y leíamos tres o cuatro horas en silencio. Si pasaba algún conocido, agachábamos la cabeza. De vez en cuando compartíamos una frase ingeniosa que encontrábamos o algún pasaje que nos parecía memorable. Andrew leía, más que todo, poesía; yo revisaba una y otra vez las cartas de Ribeyro. Y así se pasaban nuestras tardes, en completa alegría. En una de esas cartas, Ribeyro le cuenta a su hermano que un muchacho ha ido a visitarlo y le ha caído muy bien, que piensa contratarlo para que lo ayude a ordenar tantos manuscritos y papeles desperdigados por toda la casa. Luego, en otra carta, le cuenta que el joven, llamado Javier Heraud, ha viajado repentinamente a Rusia y espera que vuelva pronto. Andrew y yo nos quedamos perplejos y salimos de la sala, pensando en cómo un pequeño cambio en las circunstancias de la vida de ambos vagabundos hubiera cambiado toda nuestra historia...

Fue Ribeyro quien dijo que cada escritor poseía el rostro de su obra, y también aquello de que llega una edad en la que cada quien es responsable de su propio rostro.

¿Qué decir finalmente de Ribeyro? Decir que fue, por sobre todo, el escritor de la mala suerte. Pero no hablamos del azar que te desencaja, que te envilece, sino de aquel azar ante el cual solo te queda reírte de tu suerte, preguntarte qué más falta y sentarte a esperar su llegada, porque el mundo es así y es mejor resignarse a tratar entender la vida. Ribeyro, desde París, lucha por publicar su primer libro, pero ninguna editorial lo acepta, argumentado que su prosa está demasiado imbuida de Faulkner; Ribeyro se extraña, medita un rato y llega a la conclusión de que para sacarse a Faulkner no le queda otra que empezar a leerlo. Colocan un busto suyo en una plaza de Miraflores y a los pocos días unos fumones se lo roban y lo venden. Pasa meses sin hablar con nadie en ciudades remotísimas de Europa, porque desconoce el idioma; lo confunden con Vargas Llosa; es invitado a conferencias donde no hay un solo asistente; es blanco de un sinfín de enfermedades; llega a ganar el premio Juan Rulfo, pero no puede viajar a recibirlo, porque recae de una antigua enfermedad, la misma que acabará matándolo tan solo semanas después.

Tiene una divertidísima anécdota, de cuando, pesando cuarenta kilos, con un cáncer muy avanzado, escapa milagrosamente de la muerte valiéndose de un montón de cucharitas para el té. Pero esta historia la cuenta mejor Ribeyro, y en fin, solo nos queda decir que, de cualquier manera, nos contentamos con que Ribeyro haya sido el hombre que fue, y solo así nos haya dejado tanto.




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