martes, 13 de mayo de 2014

Reencuentro


Y mientras miserablemente se están los otros abrasando...
tendido yo a la sombra esté cantando.
Fray Luis de León


Aquí, en Condevilla, todo sigue como si nada. Las personas están acostumbradas a esa extraña manera de vivir. Cuando su vida se torna un poco más próspera, se alegran por ello; cuando esta vida se vuelve más dolorosa, intentan resignarse. Todo está como paralizado. Los noviazgos, así como las soledades, duran años. Es como si dijeran Aquella ventura que nos llevó por este camino, bien pudo habernos llevado por otro, demostrando que la incertidumbre del mañana puede combatirse con la seguridad de una casa, con el celo de una familia, con la gratitud de unos vecinos. Es todo lo que necesitamos para vivir y nos sentimos inmortales.

Pero de vez en cuando alguien se marcha. Físicamente, como cuando los jóvenes anhelan conocer el mundo; espiritualmente, como cuando estos mismos jóvenes deciden contradecir las costumbres de sus padres; física y espiritualmente, cuando alguien muere. Aquí todas las partidas se sienten más: viejos que durante veinte años se sentaron a la sombra de los tilos a ver caer la tarde; señoras acostumbradas a maldormir la siesta vespertina por los gritos de los niños en la calle; amigos de toda la vida que vamos sintiendo más lejanos, inalcanzables.

Tiene su encanto venir aquí. Pero además, viniendo aquí uno se pregunta qué está buscando allá afuera, en qué incomprensible ajetreo está desperdiciando su juventud y su vida. ¿Por qué seguir allá, donde las personas son competitivas y recelosas, donde los gestos son intercambiables, donde jamás se perdona (o todo se perdona)? 

Quizás sea cierto que haya gente más divertida, más alegre, más interesante. Personas únicas hay en todas partes y entrañables costumbres todo el mundo tiene. Y sin embargo, en unos años, todo esto apenas nos parecerá curioso. Visto desde la distancia y en presencia del gran amor y de los niños y de la vida retirada el mundo que antes nos seducía se torna insignificante. Después de tanto bregar contra las cosas, nos encontraremos en una casa parecida a donde crecimos, con unas paredes y unos muebles similares a los que una vez amamos, y de los que, por una extraña razón, decidimos marcharnos.

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