lunes, 14 de julio de 2014

Comunicación y Sociedad

Yo he hecho unos amigos en esta clase. Se llaman Antoñito y Esperanza. No pienses mal, ni que hago amigos en cada clase ni que en todas las clases se puede hacer amigos. Yo he tenido la suerte de conocer a unos compañeros y de hacerlos mis amigos fuera de clase, en los pasillos. Los pasillos sirven para conocer gente y para ir de un salón a otro. Esas pequeñas puertas sin visillos, que el conserje siempre se olvida de abrir, son los salones. En un salón del segundo piso, donde una vez me quedé leyendo hasta muy tarde, hasta que comencé a sentir pasos y a oír voces, conocí a Esperanza y a Antoñito.

Antoñito nunca va a los exámenes. Jamás lo he visto preocuparse por nada. Pero no vayas a pensar que es indolente este Antoñito. Cuando le dan una mala noticia, Antoñito se pone pálido, tartamudea y parece que va a desmayarse, hasta que se dice a sí mismo en voz alta: "Seguro el profesor me dejará volver a dar el examen", y nos tranquiliza a todos con una sonrisa. Es un hombre bastante sonriente este Antoñito.

La verdad es que el profesor deja muy poca tarea. No es muy exigente el profesor. El primer día de clases organizó las exposiciones para todo el ciclo, y eso es básicamente lo que hacemos: asistimos a las exposiciones. A la derecha se sientan los alumnos que oyen las exposiciones; a la izquierda se sientan los que aprovechan el tiempo en leer y avanzar con otros trabajos, al centro nos sentamos los que por momentos estamos atentos, por momentos avanzamos las tareas, y luego de media hora nos quedamos largamente dormidos.

Esperanza arriba al salón siempre cinco minutos antes de que el profesor tome la asistencia y se retire. Cuando hay examen llega media hora antes. Antoñito y yo sufrimos mucho si Esperanza se tarda, porque es ella quien nos presta las hojas, que arranca de su cuaderno. Es más divertida que nosotros y sabe hacer muchas cosas: canta, danza, pinta, escribe, toma fotografías y dicta un cursito de canto a unos niños. Una vez fuimos a oírla en la Casa Mariátegui. Antoñito y yo hemos jurado que ese día sentimos vibrar a las paredes...

No te pongas celosa, tú sabes que yo sería incapaz de hacer más que amigos. Me gusta, sí, una chica. No me preguntas cómo es esta chica. Yo no podría más que decir dos cosas sobre ella. Ignoro cómo se llama, pero se sienta a la derecha, es decir, con los que oyen las exposiciones. A veces se sienta junto a un chico. Tiene valor, porque anda haciendo preguntas, pero también es evidente que anda un poco perdida. Hay que estar un poco perdido para seguir las exposiciones. En esto Esperanza es muy perspicaz. Pero un hombre enamorado todo lo perdona, y mis amigos —los nuevos y los antiguos— me han hecho entender que es preciso que yo me halle enamorado si quiero escribir. Antoñito me aconsejó el otro día: "Recuerda que el Caballero de los Leones dijo alguna vez: yo estoy enamorado, porque es preciso que los caballeros andantes lo estén".


No me odies todavía. Yo aun no me atrevo a decirle nada a este chica. Hace tiempo, cuando expuse, ella me preguntó algo intrincado, que me puso muy nervioso, y luego aclaró que le había gustado mucho mi exposición. Últimamente he notado que Antoñito y Esperanza se sientan cada vez más cerca de ella, y yo tengo que seguirlos. Ellos piensan que no me doy cuenta.


El jueves tuvimos un examen: apenas dos preguntas, más una pregunta comodín, a pedido de todos. Antoñito no asistió arguyendo que todavía tendría tiempo para volver a dar el examen. Esperanza llegó faltando muy poco. Yo salí casi al final porque tuve que copiar las preguntas en la carpeta hasta que llegó Esperanza con las hojas. Cuando terminé casi no había nadie. Pero estaba la chica que quería. Entregó su examen unos minutos antes que yo y salió del salón. 


Pero al rato volvió y nos encontramos en la puerta. Nos miramos por un rato. No te pongas triste. Solo nos miramos. Y ella entró al salón raudamente porque se había olvidado de firmar su asistencia. Y aunque nos percatamos de que íbamos el uno contra el otro, yo no pude detenerme, y ella tampoco. Sonrió y yo intenté mostrarme serio. Antoñito y Esperanza me están animando a que la invite a salir. Ellos han notado que ella podría llegar a quererme.


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