viernes, 5 de septiembre de 2014

Mi buena suerte

No siempre se tiene suerte y hay periodos en los que la suerte está, literalmente, al otro lado de la ciudad. Y uno es como aquellas casas derruidas y abandonadas en medio de la calle, ante las que solo queda preguntarse: ¿Qué ciego rayo de la fortuna vino a caer sobre los habitantes de esta casa?, y alejarse en seguida.

Por eso es preferible, cuando se tiene buena suerte, perder un poco a propósito; pero más preferible todavía es depositar un poco en una persona para que nos socorra en momentos difíciles. Es lo que hizo Ricardo con su suerte. Y ahora tiene una buena mujer al lado, que cuida de él y que lo secunda en todo, y que cree firmemente en dos cosas: que Ricardo puede lograr cualquier cosa que se proponga, y que su destino es pasar su vida al lado de él. 

Yo ignoro si la suerte ande rondando la vida de Ricardo. Por lo que el viernes pasado fui a comprobar la situación. Ricardo estaba con esa buena mujer en su cuarto y evitaba emborracharse. Cada mañana yo tenía una resaca de pesadilla y me arrastraba hasta la cocina apenas oía que Mamapi salía con el carro. Pero el domingo, tras dejar mi plato en el microondas, me venció el sueño y volví al cuarto de Karlo. En eso escuché el carro de Mamapi, que seguro se había olvidado algo y di por perdido mi plato. Mamapi detesta que entren en su cocina, y más vale no molestarla. Pero tal como estaban las cosas, yo necesitaba comer, así que me arrastré a la cocina y casi se detuvo mi corazón cuando encontré a Mamapi sentada tranquilamente en el comedor, preparándose una taza de té. Regresé inmediatamente, muy avergonzado, hasta que escuché una dulce voz que decía:

—Tony, soy yo.

Y supe entonces que Ricardo había guardado una buena parte de su buena suerte para los malos tiempos, que siempre llegan, suerte que además estaba aprendiendo rápidamente las aptitudes que toda mujer necesita.

A mí me pasaba lo opuesto. Había malgastado toda la buena que se me presentó y no sabía cómo vivir sin ella. Me quedaba esperándola tardes enteras, en mi casa, en la biblioteca o con mis abuelos, cuando la suerte andaba al otro lado de la ciudad al servicio de otro. Y yo sentía temor de salir a buscarla, pensando que mi suerte podría venir durante mi ausencia y no encontrarme.

Comenzaba a calentar en Lima y ya estaba más despejado, el cielo se abría y ya habían parado las lluvias. Pero yo me sentía débil y blando como un animal doméstico y volví a enfermarme. Hacía un mes apenas que, en Pacopampa, mientras todos dormían o se lamentaban de los periplos del viaje, yo me sentía sano y fuerte, y me pasaba la noche despierto, anotando las cosas que nos habían ocurrido durante el día y cómo las había visto.

Una de esas claras mañanas, después del desayuno, Ricardo me preguntó si iría a visitar al chamán.

— ¡Que se joda el chamán! Vayan y cuando regresen, me cuentan cómo les fue. 

Y a las dos horas regresaron y me contaron las visiones del supuesto chamán, que decía, entre otras cosas, que Ricardo muy bien podría viajar o escribir o tomar cualquier iniciativa, porque tenía buena estrella y mejor suerte. Yo le respondí:

— Yo ahora mismo estoy escribiendo bien y tengo kilómetros de buena suerte. Coge un poco y se lo muestras al chamán más tarde, y me cuentas cómo te fue.

Porque, por un asunto de dinero, la sesión había quedado inconclusa. Así que cuando volvieron a visitar al chamán, esa misma noche, yo me quedé con mis libros y mis apuntes y mi salud que era toda la suerte que creía que podía necesitar un hombre, tanto en Pacopampa como en cualquier parte.

Al volver, Karlo me mostró una piedra llamada Lumbre, que tenía propiedades curativas y que le había entregado el chamán para que realizara un ritual de tres días. Yo le contesté:

— En este momento iré a comprar seis cervezas para que veas lo que un hombre necesita para arreglar cualquier asunto. Luego tú pondrás seis cervezas más, Ricardo seis más, nuevamente yo seis más, y al final de la noche tu único problema será devolver esos envases.

Lo cierto es que ya en el viaje de regreso pude comprobar que mi suerte se terminaba, al romperse el bastón que me había obsequiado T.S. y que me había acompañado en casi todo el viaje. Y aquí me tienes nuevamente, sin suerte y sin nadie que haya guardado un poco de suerte para mí, sin nadie que pueda socorrerme ahora que la fortaleza y el entusiasmo me han abandonado. Yo trato de encontrarle gracia al asunto, pero lo único capaz de reconfortarme sería encontrar al sujeto que se ha llevado mi buena suerte. Lo último que supe de ella fue que esperaba algún día volver a querer y cuidar de alguien como lo había hecho conmigo.


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