lunes, 29 de septiembre de 2014

Debate municipal

—Tony, usted no sé qué hace con su tiempo.

Es verdad, y yo tampoco lo sé. Salí tarde del salón de clases, maltratando el mobiliario, azotando las sillas y torciendo las puertas, y porque ya escuchaba los reproches:

—Pero Tony, ¿qué cosa hace usted con su tiempo?

Pero al llegar el debate aun no había comenzado. Los candidatos ya se habían apoderado de sus asientos, así que pensé : ¿por qué yo no puedo hacer lo mismo?, y busqué el mío. No creía que hubieran tantos candidatos. A los extremos de la mesa estaban los de Acción Popular y Somos Perú. No parecían los mismos que en su propaganda. Un periodista no puede estar desinformado ni decir que no conoce a un candidato. Pero son tantos, que yo me digo que lo mejor será que vote por quien exponga las mejores propuestas y se muestre más sincero esta noche.

Ya sospechaba que no tiene sentido que hayan tantos candidatos. Apenas han tocado uno que otro punto, cuando un timbre sin educación, un timbre que no conoce las buenas costumbres, interrumpe la lectura del plan de gobierno, las arengas o la apelación a los sentimientos de la población. Y como a los candidatos les quitan el micrófono, no les queda más que farfullar de indignación, que sonrojarse o terminar su discurso dignamente, aunque ya nadie los esté escuchando. Lógicamente, es imposible enviar un mensaje a los ciudadanos en tres minutos. Los candidatos tendrían que ser sobresalientes, cultos, tendrían que estar preparados. Nuestros candidatos, claro está, no son ni lo uno ni lo otro. Y ya que parece imposible escuchar aquí soluciones para los sempiternos problemas de Lima —que acaso sean irremediables— yo me digo que acaso sea lo mejor votar por quien me inspire más confianza.

Yo creo; no, yo estoy convencido de que todos votamos por quien nos parece más fiable. Las promesas son hojas de hierba y los planes y proyectos casi nunca llegan a concretarse. Al menos, no como se concibieron inicialmente. Yo querría votar por el más preparado, por el más honesto, por el que haya demostrado mayor capacidad de gestión; pero siguiendo ese camino inevitablemente después me asaltará la duda y pensaría en el qué hubiese sido, porque todos los argumentos palidecen ante al don de inspirar fe, de mover a las personas únicamente con la confianza.

Volviendo a este triste salón, donde por tantas cámaras y equipos casi no se puede ver nada, el moderador ha declarado tiempo muerto. Y los asesores —¡que eran casi la mitad de la audiencia!— han subido a la palestra a guardar a sus candidatos. Los asesores piden agresividad y los candidatos aseguran que esta vez sí serán agresivos, piden claridad y los candidatos afirman que esta vez serán más claros, piden, por último, audacia, y los candidatos coinciden en que ha llegado el momento de ser audaces.

El moderador reinicia el debate. Ha de estar de un pésimo humor, ha de haber tenido un día horrible, porque ha declarado que ya no serán tres sino dos los minutos para los candidatos. El auditorio se subleva y un espectador, un hombre serio y corriente, eleva su voz y afirma que un modelo en una pasarela dispone de más tiempo. Y mientras los modelos salen una vez más yo caigo en la cuenta de que fue un error venir aquí. Y me arrellano en la silla para echar un sueñecito.

Más tarde, durante la cena familiar, hemos visto las noticias, y nos alegró la comida comprobar que nuestro candidato, según todos los especialistas, ha triunfado en el debate. Yo tengo mis dudas sobre lo qué significa triunfar en un debate. Yo pienso que nadie triunfa jamás en las discusiones, en los altercados, y sobre todo, en los debates. Pero claro está que esto no lo digo.

—Primo, ¿quién piensas tú que ganará las elecciones?

Yo no sé qué responder, así que yo le digo a mi prima que creo ganará el hombre que han pronosticado los especialistas.

—Primo, ¿por quién piensas votar?

Yo de ordinario no contestaría esta pregunta. Yo pienso que esta pregunta esconde siempre otras intenciones, y que la gente lo que menos quiere saber es por quién voy a votar. Pero como mi prima aun es una niña, y siempre debemos responder las dudas de los niños, yo le contesto:

—Votaré por el que me parece el más preparado, pero no por esta razón, sino porque confío en él.

Y mi prima se ve obligada a escuchar, por varios minutos, los argumentos que voy exponiendo y que imagino que ella ya ha escuchado otras veces.

—¡Pero primo! —responde mi prima—¿Acaso no has leído su plan de gobierno?

Yo le respondo que este periodista no ha tenido tiempo.

—¡Ay, primo! Yo no sé qué haces con tu tiempo.

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