jueves, 11 de abril de 2013

Ha muerto el papá de la novia

Ha muerto el papá de la novia, mi mamá me lo dijo. La novia tenía cincuenta y tres años, un nieto, dos hijas. El novio sesenta y cuatro: mi tío. La novia venía a ayudar a mi mamá en la cocina. Gracias a ella mi mamá podía mantener ordenada la casa. Seguro por eso hoy estaba tan apenada, cuando me levantó para decirme que había muerto el papá de mi tía.

Mi primera reacción fue de alivio. Es que mi mamá entró a mi cuarto diciendo que algo grave había pasado. Yo pensé en una mayor tragedia, o en algo de mí revelado. Mi mamá, viendo que no compartía su pena, se marchó susurrando: «Tu tía es buena persona». Pero, ¡yo no dudo que lo sea!

Cuando mi mamá me dejó pensé en que este sábado no habría ya fiesta. Yo me apené porque ansiaba asistir y divertirme junto a mi familia. De otro modo no la paso tan bien: el alcohol vuelve más interesante a las personas. Entonces dije: «¡Oh, Dios, se murió el papá de mi tía!», y al fin pude sentir un poco de pena.

¡Qué triste no poder llorar con lo demás! ¡Qué triste no ser capaz de sufrir sus penas! Mi tía no era mi madrina, ni mi nodriza ni mucho menos mi tía favorita. Pero siempre estaba alegre, gorda y alegre, como un trompo, o como una olla casera. Yo no me atrevo a afirmar que nunca pasó por tragedias. Y si las tuvo, solía dejarlas en casa, para no andar echándole la culpa al mundo de sus desgracias.

El papá de mi tía se llamaba Pancho. Don Pancho, oí que le decían. Yo, la verdad, casi nunca lo traté. Una leyenda familiar dice que cuando no teníamos donde vivir, él se fue con sus perros a invadir un terreno para nosotros. Y dicen que lo defendió varias semanas: él solo, con sus perros. Yo no sé si esto sea cierto. Pero un día, mientras volvía del colegio, Don Pancho salió de una tienda y me invitó caramelos.

Y sin embargo, ha muerto el papá de mi tía: ha fallecido Don Pancho. Lo siento más por mi tía. La verdad, su comida sabía mal y siempre repetía los mismos platos. Seguro por eso no lloré junto a ella. Aunque dentro de mí, hubo alguien que sí lloró. Fue un niño que un día se ganó una canasta de víveres en el colegio y no sabía qué hacer con tanto peso. Por esa razón, fue donde su tía que casualmente vivía cerca a su colegio— y le pidió que por favor lo ayudara a llevar la canasta hasta su casa. Ese niño sí lloró mucho. En cambio yo, lo único que puedo ofrecer a mi tía, a Don Pancho y a su buena familia, es ser sincero.

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