martes, 14 de enero de 2014

Estela

Os digo, pues, que sois unas descaradas y unas bribonzuelas, etc. Etcétera: Jonathan Swift era, como todo inglés, un hombre muy abocado a las labores mundanas; nunca terminaba de contarle a Estela cuantas cosas había hecho durante el día; por eso, solía terminar sus cartas con un etcétera.

A diferencia, por ejemplo, de Napoleón, quien le rogaba a Josefina que se dignara a escribirle, Jonathan Swift no podía aceptar que Estela estuviera sobre él en su correspondencia. Llevo cinco, y tú apenas dos. No esperes ganarme, le recordaba.

Para no turbarle demasiado los ojos, animaba a Estela a dejarse leer las cartas por la criada, ocasión que aprovechaba para colocar mensajes que debían permanecer ocultos a su amada: He olvidado deciros que compré seis libras de chocolate para Estela, o para amonestarle su curiosidad: No leas esto, bribonzuela.

Jonathan Swift era mayor que Estela por unos quince años: una diferencia tentadora para cualquiera. Pero su pasión no declinó en la madurez; se volvió serena y prudente: No, no prometo mandaros una carta cada semana, pero escribiré todas las noches y cuando vuelvas, te mostraré.

Sabemos que lo ordinario y lo extraordinario de un hombre provienen siempre de su pasión amorosa. Acabamos de mencionar la tragedia de Napoleón. Es lo de menos. Porque Napoleón, mientras conquistaba las costas italianas, al mando de treinta mil hombres, sacrificaba una hora de su descanso para escribirle a Josefina, que se entretenía allá en París entregándose a jóvenes y atractivos militares: Ojalá que el destino concentre todas las penas y todos los dolores sobre mi corazón y dé a mi Josefina días prósperos y felices. Y es que ¿cómo dominar, pues, los destinos de naciones enteras, sin un alma a la cual rendirle cuentas?


Napoleón, con todo su genio, tardó un matrimonio, una infinidad de sufrimientos y acaso toda una vida en descubrir lo que Jonathan Swift columbrara tan pronto. En Los viajes de Gulliver descansa este pasaje: Pues es máxima aceptada que entre gentes de buena crianza una esposa debe ser siempre una compañera agradable y juiciosa, ya que no puede conservarse joven toda la vida. Y habiendo alcanzado, como pocas veces sucede, algo similar a una respuesta, damos fin a estas disquisiciones, que ya llevaban algunos días alborotando nuestros pensamientos.

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