domingo, 23 de febrero de 2014

Amores de Fernando y Sofía

¿Ya viste a Fernando y Sofía? De seguro los has visto: temprano, en la puerta de la Facultad, a la espera uno del otro; al mediodía, despidiéndose de los amigos para ir a comer; en la tarde, amodorrados en el jardín, difícilmente recuerdas dos seres más entrelazados sobre un jardín; de noche, despidiéndose nuevamente de los amigos —¡qué seres más molestos son los amigos!— para volver a sus casas, un poco tristes y un poco desolados por tener que tomar caminos distintos.

Es un hecho que has visto a Fernando y Sofía. Pero apuesto a que no conoces su historia: yo te la contaré, de muy buen agrado, si permaneces unos minutos conmigo, ¡que tampoco serán muchos!, porque la vida es demasiado corta para andar prestando atención a los amores ajenos.

Cosa extraña es el corazón. Las mujeres, como a estas alturas ya se sabe, nacen sin un corazón y solo lo obtienen al cabo de un tiempo de sufrimiento y de dolor, y el tamaño de este corazón es lo que han tenido que pagar para conseguirlo. De esta pequeña filosofía se entiende que hay corazones grandes y corazones pequeños. 

Sofía aun no tenía un corazón, ignoraba cómo conseguirlo y tampoco había oído hablar de él.

Fernando quería un corazón para Sofía. Pero no cualquier corazón: este tenía que ser grande, tenía que ser fuerte, ¡tenía que ser sano! Pero Fernando enfrentaba un problema: no quería que Sofía sufriera. 

¿Qué plan no concibió Fernando? ¿Qué precio no estuvo dispuesto a pagar por un corazón para Sofía?

Pero ella permanecía ajena a las intenciones de Fernando, abocada a sus cosas. No sabía por supuesto que las cosas realmente importantes son aquellas que no hay que considerar demasiado. Porque la consideración sobrestima las cosas, y lo único verdaderamente importante es aquello que no vale demasiado, por lo mismo que está al alcance de todos.

Y sucedió que de tanto pensar Fernando halló el origen de su problema, de uno de los más grandes problemas de nuestro mundo, ¡y se sorprendió como cualquiera! El problema no era filosófico, tampoco religioso, y muchos menos social; era una cuestión de aritmética: habían cien pobres diablos detrás de cien mujeres bellas. ¡Cada una de ellas era pretendida por los cien pobres diablos!, y como se sabía deseada no prestaba mucha atención a ninguno. Así que los pobres diablos, al tratar de abarcar más de una mujer, las repelían a todas. 

¡A pesar de que él se resistiera todavía quedarían noventa y nueve pobres diablos detrás de su bella! ¡Qué dilema fue para Fernando! ¡Cuánto no quiso acabar con cada uno de los noventa y nueve pobres diablos!

Entonces Fernando descubrió lo que cada cual descubre a determinada hora, de determinado día, de determinado tiempo; porque así lo ha querido una presencia superior: descubrió que la vida es dura con todos los hombres.

A fin de cuentas, ¡qué se podía hacer! Fernando cogió sus cosas y se fue, dejando a Sofía a merced de los noventa y nueve sujetos, que la estaban esperando ebrios de placer.  Porque no iban a ser rechazados siempre; alguno rompería el equilibrio y abriría el camino por donde entrarían los otros.

¿Fue grande el sufrimiento de Sofía? Fue, verdaderamente, grande. Noventa y nueve sujetos atravesaron su naciente corazón, lo vapulearon, lo tuvieron sujeto, lo deformaron, y lo repararon para volverlo a utilizar cuantas veces fue necesario para saciar a todos. 

Una gran masa de cariño y misericordia y abnegación fue lo que quedó después del paso de los noventa y nueve sujetos. ¿Qué se puede hacer?, pensaba Fernando, la vida es dura con todos los hombres.

Ya pudo volver Fernando a cuidar de Sofía, ya pudo remachar los contornos de su nuevo corazón, que sería inmenso, y con el tiempo crecería lo suficiente para darle vida a otros corazones. 

—Veo que en su vida tuvo que pasar muchas dificultades. ¿No cree que el mundo es un lugar duro para todas las personas? —preguntó Fernando.

—No. Yo no he tenido suerte. Pero el mundo es un lugar hermoso por lo que me dicen. Quizás algún día, con la persona correcta, pueda disfrutarlo; de verdad que cuento con ello —contestó Sofía.

Y esa fue la historia de Fernando y Sofía. Y esa es la historia de los amores de hoy; porque ya no pueden prosperar de otra manera en el mundo. Sin embargo, aquellos que creen que el espíritu del amor reina y gobierna, guardan el mismo consuelo que Fernando: que a mayor el sufrimiento, ¡más grande el corazón!

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