viernes, 7 de marzo de 2014

La ladrona

En el Parque de los Arbustos Lúgubres. Mil estrellas; pero si uno desiste en su empeño, se confunde por un momento, y las estrellas desisten también y se revelan como postes de luz, alineados simétricamente y el cielo es opaco y las estrellas no existen. Pero nosotros persistimos y nos encontramos en el pequeño Parque de los Arbustos Lúgubres, y esta es una noche saturada de estrellas que centellean por todo lo alto.

Una señora marcha tranquilamente con su carrito de compras a través del parque. Llega a la avenida y detiene un carro. Mete sus bolsas dentro del vehículo; es un poco brusca esta señora. Ella, al cabo de un rato, entra también.

El vigilante maneja una radio, la radio suena, el vigilante escucha, mira hacia su objetivo y duda. Es inevitable que dude, pero la labor manda y el vigilante, al fin, atraviesa el Parque de los Arbustos Lúgubres y corre a detener a la señora.

En este parque los arbustos están muy enfermos. El parque está entre el cine, el centro comercial, la playa de estacionamiento y la granja; alberga unas cuantas banquitas y unos árboles realmente enfermos; el parque no mide más que el patio de la casa.

El vigilante ha llegado a tiempo para detener a la señora. No le permite arrancar al chofer; abre la puerta del taxi y le solicita a la señora que salga del carro, o si lo prefiere, le devuelva las bolsas. El taxista saca un trapo de su guantera y aprovecha para limpiar el parabrisas y las ventanas, que se hallan un poco sucios.

Aquí vinimos una vez, huyendo del tedio de las clases, y nos sentamos a esperar la hora de la película. ¡Y de qué manera pasaba el tiempo aquí! Era la tarde y comenzamos a revisar los arbustos que parecían tan vigorosos, tan fuertes. Eso fue cuando descubrimos que los arbustos estaban muy enfermos, y aquella película fue un desastre y ambos estábamos emocionados porque acabábamos de conocer a Vallejo.

Ahora hay más policías tratando de hacer bajar a la señora. Como ella se resiste, y ha comenzado a gritar, el vigilante le da sigilosamente la vuelta al vehículo, abre la puerta y le arrebata las bolsas. El vigilante las devuelve al carrito, pero la señora sale del taxi y se aferra nuevamente a sus bolsas y nadie sabe qué hacer.

Se empieza a diluir la atención de la gente. Ya el enfrentamiento ha durado lo que tenía que durar. La señora no cede, y grita que las cosas son suyas y que estos malditos le quieren robar. Los policías le dicen que será peor, que traerán más gente, pero eso no le importa a la señora.

Los arbustos, aunque verdes, brillantes y esponjosos por fuera, estaban podridos por dentro. Y la terrible maleza avanzaba desde el tronco hasta las múltiples ramas y despedía un olor nauseabundo y repelente. 

El vigilante, quizás cansado de la señora, de todo esto, de la vida misma, se vale de su fuerza y le arrebata las cosas de un solo tirón. Ahora se marcha con el carrito, donde rebotan pacíficamente los productos con sus empaques roídos. Los policías abandonan dignamente la escena y el chofer termina de limpiar su carro. La señora permanece aferrada a unas cuantas bolsas que ha logrado retener. Pide justicia, porque junto con las cosas se han llevado también su cartera y sus documentos; pero al siguiente instante desaparece, y yo estoy aquí sentado mirando a cualquier parte para no ver el interior de estos arbustos lúgubres.

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