miércoles, 19 de marzo de 2014

Mi viaje a París

Es ruido. Los transeúntes conversan, quizás alguno pide un favor, a lo mejor alguien necesita ayuda; pero es ruido. Hay bocinas, hay neumáticos, hay motores y hay fricción sobre la pista; pero solo es ruido. Y viento que corre, y perros que ladran, y palomas que agitan sus alas, nubes libres que viajan; pero para mí no es más que ruido.

Y de entre todos estos ruidos o todo el ruido, hay uno que no lo es propiamente, que divaga, que conversa, que argumenta, que convence, y si no te convence, te obliga. Pero, ¿te obliga a qué? A seguir a su pista. Y uno la sigue, quiero decir que uno se incorpora y sale del parque —porque a todo esto primero hay que hallar un parque—, lo siente otra vez y empieza su búsqueda siguiendo los rítmicos sones de su propia alma. 

¿Es una marcha hacia el futuro? Pero el futuro está muy lejos aun, oculto detrás de situaciones que no hemos enfrentado todavía, lleno de gente irreconocible, en lugares inesperados hacia donde seguramente nos dirigimos.

¿Es acaso un retornar al pasado? Pero el pasado no ha pasado todavía, y a veces nos alcanza y ya no somos libres sino prófugos de ese pasado, el cual tenemos que cumplir para seguir con vida y yo solo actuaré basándome en mi pasado, porque sencillamente no puedo escapar de él.

Y ahora no sabemos por donde iba ese ruido, que propiamente no es un ruido. Caminamos en círculos, quizás visitamos unos amigos, tomamos unos cuantos carros, vagamos por unas horas —un poco excéntrico es nuestro viaje— tratando de hallar la misteriosa pista de este sonido diferente a todo ruido.

Pero nos es difícil recordar la ruta que habíamos tomado. Y es imposible regresar, ¿a dónde, por otra parte, regresaríamos? Pero estamos llegando, lo sentimos; y ha sido un viaje muy cansado; dentro de poco llegaremos, tú lo dices, y ya ha sido aplazado tantas veces este encuentro. Tú me dices que estoy cerca, que no dude, que si ha sido arduo el camino es delicioso el llegar, y yo te sigo, porque no conozco otra manera de buscar. 

Abre tus puertos, ciudad extraña, y cuéntanos tu historia, muéstranos tu antigua ciudad, tus monumentos, las rarezas de tu aire, tu cielo mejor que el que nunca hemos visto, tus bibliotecas, tus esculturas, tu deliciosa lengua, tu modo de vivir y cómo es esa melancolía de la que hablan aquellos que fueron tus habitantes; pero antes, enséñanos tu vino, que es ley de los pueblos del mundo recibir a los viajeros exhaustos y brindar con ellos a la salud de la mujer amada.

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