lunes, 17 de diciembre de 2012

La marcha de los marginados

Yo estoy a punto de colocar las botellas en el piso y decir:

— Aquí está bien.

En lugar de eso, continúo caminando y escapo de las personas que bailan, bromean, beben y comen. Me encuentro aterrado. Avanzo. Solo quiero llegar hasta donde seamos nosotros mismos. Pero me cierran el paso a cada instante. Termino por abandonar el camino que me dejaría a salvo y me hago a un lado. Hay arbustos, algo de pasto y unos bancos que nadie ha visto, así que digo:

— Mejor aquí.

La facultad de Psicología es estrecha y acogedora, como la casa de una tía lejana. Ha sido acondicionada con motivo de la verbena  Lo más resaltante es el estrado. Aunque pequeño, domina el lugar con sus luces y parlantes. Los músicos y sus instrumentos tienen que acomodarse como pueden. Parece que todo fuese a venirse abajo en cualquier instante. Pero la gente le tiene mucho respeto al estrado y no dejan de mirarlo.

Todos tienen prisa por emborracharse. Apuran los tragos en competencias. Un único puesto de cerveza se encuentra sobre la vereda. Allí, un vendedor apenas logra contener el ejército de manos que se cuelan en su dependencia. Extrae la cerveza de una llanta en cuyo interior flotan grandes trozos de hielo. Coloca las botellas en una mesa, las destapa y las entrega a quien alcanza a darle el dinero. El sonido de las botellas siendo destapadas excita a la gente, quienes pelean por ser atendidos. Vende mucha cerveza aunque pocos cigarros.

Al lado, un grupo de señoras ofrece anticuchos. Su puesto es chico, al igual que su parrilla. Apenas si pueden preparar unos cuantos palitos a la vez. Más temprano, las señoras casi no fueron requeridas. Pero luego de unas horas, el mismo ejército ahora de bocas hambrientas abarrota el puesto. Los anticuchos se terminan en una hora. Las señoras tardan demasiado en desarmar su puesto. Mientras, tienen que decir varias veces que se les terminaron los anticuchos.

En la acera del frente, una fila de baños ha sido instalada. Su uso es gratuito. Las colas son largas, atestadas de impaciencia y de fricción entre los impacientes señores. Durante la espera, muchos claudican y se van a orinar detrás de los baños. Se forma un río apestoso con sus orines, el cual impacienta aún más a las filas, que jamás dejan de estar repletas.

Las personas se divierten porque sí y les daría lo mismo reemplazar toda esta organización por una vieja radio y un trago barato. Necesitan divertirse, tanto como se requiere comer y dormir. Son indiferentes a las orquestas que se suceden en el escenario. Todo lo bailan igual, todo lo cantan con el mismo entusiasmo. En su afán por divertirse, cada cierto tiempo hacen alguna estupidez.

En su mayoría, estas gentes que beben de forma desastrosa y bailan peor, son buenos alumnos. Han estudiado de manera responsable durante todo el ciclo y probablemente han dejado de hacer muchas cosas por priorizar sus cursos. Todos pertenecen a la misma familia, todos son unos marginados en una sociedad que premia el facilismo, promueve la ignorancia y exige las pensiones más altas. Se merecen una noche como esta y yo intento no juzgarlos. Pero la cerveza nunca me pareció tan amarga.

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