sábado, 8 de diciembre de 2012

Un gato encerrado



Ricardo miró una vez más por la ventana. Calculó que era una caída de diez metros. No se animaba debido a que no reconocía el verde del pasto ni sabía lo que era. Imaginaba un duro golpe contra el pavimento. Pensaba en el dolor. Terminó por desanimarse y retrocedió una pata, después otra, hasta caer dentro de la casa. Estaban su manta, sus juguetes, su caja de arena y varios muebles. También había un ratón en la mesa, erguido sobre sus patas traseras. Con ayuda de sus otras patas devoraba un trozo de pollo. Lo odió por eso, pero no intentó atraparlo. Hubiera sido imposible. Lo abultado de los vientres de ambos animales así lo demostraba: el de Ricardo, por la vida sedentaria, y el del ratón, por ser, a estas alturas, un inquilino más de la casa.

Dejó de mirar al ratón. Le producía asco, al igual que la casa. La comida era mala (el ratón le hacía un favor devorándola), y los hombres, numerosos. Ya no lo molestaban como cuando le decían minino pero aún eran seres desagradables. Lentos, molestos, lerdos, incapaces de apreciar lo bueno de la vida. Siempre moviéndose, incapaces de entregarse a los placeres del sueño y el acicalamiento. Solo de oscuro se podía estar bien en esa casa. Aunque desde la llegada del hombre Fermín, con su costumbre de quedarse a dormir en la sala viendo televisión, ya hasta la noche había dejado de ser tranquila. Sin embargo, hoy estaba solo. El hombre Fermín junto con toda la familia se habían marchado a una reunión. En la casa quedaban Ricardo, el ratón y esa ventana inusualmente abierta.

Afuera, el tiempo era bueno. De vientos frescos, leve humedad y una luna que sobresalía de entre las nubes. No llovería en este oscuro. Ricardo había saltado a la ventana y de nuevo miraba hacia fuera. Veía las copas de los árboles repletas de nidos de aves. El pasto tenía un aspecto salvaje por lo descuidado que estaba (lo que a él le parecía genial). Habían hombres descansando al resguardo de los árboles, pero eran pocos y dormían. Definitivamente era mejor afuera que adentro. Otra vez quiso saltar y no pudo. Se alejó de la ventana y se dispuso a atrapar al ratón, pero tampoco logró encontrarlo.

Se acurrucó sobre los cojines que servían de almohada al hombre Fermín. A Ricardo le agradaba que estuvieran rellenos de plumas de ganso. Eran cálidos, como Aurora. Ella fue quien lo crió: una gata fuerte y aguerrida, que mientras estuvo en la casa nunca dejó que nadie se acercara a su pequeño. Un día, Aurora se paró sobre el marco de la ventana, le dirigió una mirada llena de calma en señal de despedida, y se marchó de la casa. Desde ese día las cosas cambiaron: Ricardo se convirtió en amo y señor de todo; a cambio, tuvo que acostumbrarse a las frías manos de los hombres. Pero la vida era buena y apostó a que nunca se iría. De todos modos, nunca más dejaron la ventana abierta.

Él nunca había experimentado el recuerdo de Aurora tan fuerte como esta noche. Sus sentidos se agudizaron. Detectó al ratón sobre la mesa, medio oculto detrás de una taza. Saltó sobre él y con una pata lo aplastó contra la mesa. Sus garras lo tenían amenazado del cuello. El ratón se movía y Ricardo tuvo que introducirlo en su boca y matarlo antes de que encontrara la salida. No lo comió de inmediato, sino que lo mantuvo en el paladar y se puso a brincar por toda la casa hasta que se le terminó la adrenalina. Se recostó sobre los cojines de plumas de ganso y lo engulló lentamente.

Tuvo un sueño en el que habían doscientas, trescientas Auroras lamiéndole el cuerpo. Primero lo sintió agradable, luego empalagoso y finalmente incómodo. Las lengüitas eran indiscretas y lo habían alcanzado en sus partes más sensibles. Se despertó sobrecogido e intrigado. Intentó lamerse aquellas partes pero su lengua no llegaba hasta más abajo de su panza. Se arremolinó contra el sillón para que este lo tocara pero no era lo mismo que en el sueño. Molesto, volteó y le clavó las garras a uno de los cojines. Las plumas salieron disparadas y Ricardo huyó hacia la ventana.

El mismo panorama, por última vez. Desde luego que Ricardo no lo supo hasta que detectó un aroma en el aire. Era amargo y dulzón, refinado y vulgar, distinto de todo lo que había experimentado en el pasado. Sintió un escozor en aquellas partes inalcanzables y eso fue todo. No supo que más hacer y saltó por la ventana. No volvió la mirada como Aurora porque no había de quién despedirse, a menos que hubiera pensando en los otros ratones que en ese momento empezaban a hacer suya la casa.

...

Su cuerpo se comportó como nunca antes. Algunos músculos y huesos se contraían a la vez que otros se expandían para dejar correr el aire y eliminar la fricción. Era como masticar en el sentido de haber dominado esa función desde toda la vida. En efecto fueron dos segundos de descenso, los cuales conformaron una caída limpia y armoniosa, que terminó con las patas de Ricardo aferradas al suelo.

Todo se vio más pequeño delante de él y todo se vio más grande arriba suyo. Comprendió que no podría alcanzar jamás las copas de los árboles. Pero había mucho que hacer allí abajo. Iba a empezar por correr para hacer suya esa tierra cuando el aroma volvió. Ricardo trató de encontrar un indicio del lugar de donde provenía, pero le fue imposible. El olor estaba en todos lados. El mismo olor era el aire. No encontró nada que desgarrar y así expresar su desesperación, por lo que abrió la boca y maulló como nunca antes. Un sonido particular, agraviante, extraño, pero suyo, nació de su garganta hacia el mundo. Se estremeció la totalidad del parque. Las aves volaron, los arbustos se movieron y una gata emergió de algún misterioso lugar. Ricardo la contempló y su desesperación se transformó en rencor hacia ella. No supo cuando salió disparado pero se percató de inmediato de lo ágil que era su enemiga, de lo bien que conocía el terreno y del esfuerzo que exigía la operación.

La gata corría, brincaba y se escabullía con avidez. Ricardo no podía atraparla. Tampoco detenerse y echar a perder su vida. Porque en esos momentos, atraparla era su vida. Encontró la oportunidad perfecta cuando la gata saltó para esquivar un arbusto, el cual estaba desnudo y lleno de huecos traspasados por ramas filudas. Ricardo no dudó y lo atravesó directamente, inmolando su cuerpo. La gata se vio sorprendida y quiso correr pero Ricardo ya le había puesto las garras sobre el lomo y desde allí solo tuvo que derribarla con su peso. Mientras la ultrajaba, creyó sentir que las garras de la gata lo llenaban de heridas y que su cuerpo sangraba, pero lo ignoró. También, por un instante, intuyó, no, mejor dicho, tuvo la certeza de que se trataba de Aurora, pero igualmente rechazó esta sospecha. Solo tenía que eyacular antes de que los hombres regresaran. Ricardo aún pensaba que vendrían a buscarlo para llevarlo nuevamente a la casa.  

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